Capítulo 40
En cuanto comenzó a clarear el nuevo día, Samy se levantó, cogió el catalejo y oteó el horizonte. Sonrió al comprobar que su idea de apagar el faro había surtido efecto: ni rastro del barco de su familia. Feliz, regresó al lado de Julia y volvió a colocarle la cabeza en su regazo.
Cuando Julia se despertó, sonrió por duplicado. Primero, por tener a Samy a escasos centímetros de su rostro. Y segundo, por ver el mar despejado. Se besaron menos de lo que ambos deseaban y Julia bajó a desayunar con sus padres.
Esperanza le pidió a su hija que le acompañara a comprar.
Desde que su padre estaba impedido, prácticamente no había salido del faro.
Sus únicas escapadas eran nocturnas y eso había cambiado su rutina.
Se encontraba muy cansada. El día solía alargarse hasta bien entrada la madrugada hablando con Samy, navegando y disfrutándose mutuamente.
Así que por la mañana muchas veces se quedaba dormida en el sofá.
Madre e hija se despidieron de Vicente y caminaron por el sendero hasta la puerta de San Rafael, el principal acceso a la ciudadela. Nada más pasar bajo el arco empedrado, Julia vio a su mejor amiga.
—Dichosos los ojos —dijo Amparo con retintín—. Hace semanas que no apareces por aquí. ¿Te encuentras bien?
—Sí, solo que estoy muy cansada. Tenía ganas de verte. —La abrazó.
—Desde que se encarga de poner en marcha el faro yo creo que se queda mirando toda la noche para comprobar que la luz sigue encendida —bromeó Esperanza—. Se le ha quitado hasta el apetito.
—Qué exagerada eres, madre. No estoy toda la noche despierta mirando el faro. Aunque sí que es verdad que me levanto a veces de madrugada y subo a lo alto para quedarme tranquila —mintió para tratar de justificar su modorra.
—Si me encargara yo del faro, no podría dormir —confesó Amparo—. Es mucha responsabilidad. De ti depende que los barcos no encallen cerca de nuestra traicionera isla. Así que entiendo tu preocupación.
—Está haciendo un gran trabajo —apostilló Esperanza—. Ha aprendido muy rápido y tiene mucha habilidad para manejar la maquinaria. Su padre está muy orgulloso de ella.
—Y no es para menos. Seguro que es la farera más joven de España.
—Para mí es un honor seguir los pasos de mi padre.
—Por cierto, llevo varios días viendo a un hombre en lo alto del faro justo al amanecer. ¿Tenéis algún pariente de visita?
A la pregunta de Amparo le siguieron unos incómodos segundos de miradas cruzadas.
—¿Qué hombre? Desde que mi marido está en cama al faro ahora solo sube mi hija.
Julia intentó captar la atención de su amiga abriendo mucho los ojos y negando levemente con la cabeza. Pero Amparo miraba a Esperanza.
—Cuando voy al puerto pronto por la mañana a ayudar a mi padre a descargar el pescado, suelo verlo allí arriba, contemplando el paisaje.
En ese momento Amparo vio el gesto de su amiga y entendió su mensaje.
—Le confundirías conmigo —intervino Julia—. A esas horas tan tempranas y con tan poca luz podrías haber visto al mismísimo Jesucristo en mi faro.
—Será eso, sí.
Amparo sabía perfectamente lo que había visto, estaba convencida de que era un hombre el que se asomaba al balcón del faro.
Su silueta se fundía con los tonos anaranjados del cielo al amanecer y a ella le encantaba contemplar esa imagen.
Pero no quiso incomodar a Julia y menos delante de su madre.
Optó por cambiar de tema y dejarlo pasar.
Esperanza también vio el gesto que le hizo su hija a Amparo. Sabía que Julia había mentido y estaba dispuesta a averiguar qué ocultaba.
Cuando Julia subió a lo alto del faro después de cenar, se encontró a Samy dentro de la óptica.
Ya había realizado todos los pasos previos al encendido, solo quedaba el último.
Julia sonrió y asintió con la cabeza. Samy abrió la llave de paso del petróleo y con una cerilla prendió fuego a la cabeza del quemador.
Esa noche el cielo estaba despejado y, sobre el mar Mediterráneo, había otro mar de estrellas.
Solo con mirarse los dos supieron qué querían hacer.
Bajaron sin hacer ruido, salieron del faro y caminaron hacia la cala de detrás del cementerio.
Subieron a la barca y eligieron una estrella al azar.
Remaron durante unos minutos en esa dirección hasta que se cansaron y se detuvieron.
Les gustaba estar allí, en un lugar indeterminado, rodeados de agua y, sobre todo, lejos de miradas ajenas.
Regresaron a la isla tras una larga noche de confidencias y placeres.
Cogidos de la mano recorrieron el sendero que unía el cementerio con el faro.
Aceleraron el paso porque el horizonte ya empezaba a clarear.
Julia abrió la puerta a cámara lenta para evitar que las bisagras hicieran ruido.
De frente se encontraron a Esperanza, que estaba esperándolos.