La isla de las flores amarillas Capítulo 39
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Capítulo 39

Desde que el doctor le había dado la noticia unas semanas atrás, Rosa no había sido capaz de asimilarlo.

Siempre quiso ser madre, pero no en esas circunstancias.

No sin Teo. Se veía incapaz de traer al mundo a un hijo mientras se encargaba del hotel, gestionaba las reservas, recibía a los clientes, atendía a su abuela y soportaba a Dolores.

Todo eso ella sola. No quería más que llorar.

No se lo había contado a nadie, pero a Amparo no le hizo falta que se lo dijera. Lo supo nada más verla y le quitó de la cabeza la idea de no seguir adelante con el embarazo.

—Teo tiene que saberlo.

—No responde a mis cartas y no tengo otra forma de contactar con él, abu.

—Escríbele de nuevo y, si no, ve a su casa. Me parece muy raro que no haya dado señales de vida.

—Y a mí, pero…

—No pierdas la fe. Tiene que haber alguna razón de peso para que no te haya contestado. Mándale otra carta. Quizá no le hayan llegado las anteriores.

Rosa le hizo caso. Por cuarta vez volvió a escribirle.

Y por cuarta vez se quedó sin respuesta.

Ya habían pasado más de tres meses desde la última vez que estuvo con Teo.

Amparo le insistió en que fuera a verle.

Para cuando se convenció, el médico se lo impidió, viajar y hacer cualquier tipo de esfuerzo.

Varios sangrados en los últimos días habían hecho saltar las alarmas.

El embarazo era de alto riesgo. Por primera vez tuvieron que cerrar el hotel.

Con Rosa en la cama no podían mantenerlo abierto.

Intentaron contratar a alguien, pero en Tabarca no encontraron el perfil que necesitaban.

La vida, de nuevo, le daba la espalda en el peor momento. Apenas podía moverse, no sabía nada de Teo y en pocos meses tendría un bebé ella sola.

Diciembre de 1991

La mayoría de los partos de las tabarquinas eran en casa.

En muchos casos ya no daba tiempo a salir de la isla cuando comenzaban con las contracciones o era demasiado peligroso embarcarse en un pequeño pesquero para llegar a Santa Pola y después coger un coche hasta el hospital.

Así que en Tabarca ya estaban acostumbrados a que los bebés nacieran allí.

Una vecina hacía las veces de matrona. No tenía titulación, pero sí experiencia.

Y mucha. Pero, casualmente, la noche del parto de Rosa esa vecina no estaba en la isla.

Y, casualmente, había dos monjas de visita en la iglesia.

Ninguna de las dos circunstancias fue fortuita.

Las hermanas se presentaron en el hotel con Rosendo y ofrecieron su ayuda. El cura las presentó. Según aseguraron, habían asistido en multitud de partos. Eso era cierto. Lo que no contaron fueron sus verdaderas intenciones.

Sobre una pequeña mesita auxiliar al lado de la cama, prepararon unas toallas, una palangana con agua y unas tijeras desinfectadas con alcohol.

Las contracciones eran cada vez más intensas y seguidas.

El único alivio de Rosa era la mano de su abuela, que canalizaba sus gritos de dolor.

A Amparo la desgarraba ver a su nieta así, ya no solo por el sufrimiento físico, sino también por lo que significaba tener el bebé sin Teo a su lado.

Una de las monjas permanecía junto a Rosa. De vez en cuando le secaba el sudor y le daba algo de beber para que no se deshidratara. La otra parecía inquieta. Apenas prestaba atención a la parturienta, solo deambulaba por el pequeño habitáculo murmurando lo que parecía una oración.

Rosa apenas podía pensar, el dolor no le dejaba más que concentrarse en las contracciones. Cuando intentaba evadir su mente y relajarse, llegaba otra más punzante que la anterior.

—¡Ya viene! ¡Le veo la cabeza! ¡Empuja con todas tus fuerzas! —le pidió eufórica una de las religiosas.

Enseguida la otra mujer se acercó a los pies de la cama y se asomó bajo la fina sábana que cubría las piernas de Rosa.

Los nervios se convirtieron en una amplia sonrisa.

Entonces ella también se unió a los gritos de su compañera.

Pero Rosa no las escuchaba. A ninguna de las dos.

Solo quería que el bebé saliera cuanto antes para dejar de sufrir.

Y solo la mano firme de su abuela le transmitía las fuerzas que necesitaba.

—Lo estás haciendo muy bien, cariño. Un par de empujones más y ya estará fuera —la animó Amparo.

Escuchar esa voz calmada frente a los gritos de las religiosas la tranquilizó.

Esperó a que llegara la siguiente contracción y concentró la poca energía que le quedaba en su entrepierna.

El pico de dolor se transformó en un alivio instantáneo al salir el bebé.

Pocos segundos después, el llanto de la criatura, la señal de que todo había salido bien.

Una de las religiosas cortó el cordón umbilical y lo pinzó con una cuerda. Entonces ocurrió algo inesperado.

—Tenemos que llevarnos al bebé urgentemente al hospital —advirtió una de las monjas, que iba camino de la puerta de la habitación.

—¿Cómo? —dijo Amparo.

—No respira bien, tiene que verle un médico —explicó la otra religiosa mientras giraba el pomo.

Amparo se puso de pie y, apoyada en el andador, fue a la puerta lo más rápido que le permitían las piernas.

—¡Ese bebé no sale de aquí! —gritó decidida.

—Pero, señora…

—¡Ponga el bebé en el pecho de su madre ahora mismo! —le ordenó con vehemencia.

—Tiene que verlo un médico —insistió la monja.

—He ayudado en muchos partos en esta isla y el bebé está perfecto.

Tiene buen color y está llorando, que es lo que tiene que hacer.

Así que, por última vez se lo digo, déjelo sobre la madre y váyanse de aquí ahora mismo.

Por esa puerta van a salir dos personas.

Nadie más. ¡Tendrán que matarme si quieren llevarse a mi bisnieto!

La bisabuela bloqueaba la puerta con su cuerpo. Estaba decidida a impedir que se fueran con el bebé. Mientras, Rosa seguía aturdida. No entendía qué pasaba. Los gritos de Amparo y de las religiosas se mezclaban con el llanto del bebé. Ni siquiera había podido verle.

Tras unos segundos de tensión verbal en aumento, las dos mujeres se resignaron y entregaron el bebé a su madre. Solo entonces Amparo dio un paso a un lado y dejó que salieran.

—Ni se os ocurra volver por aquí.

Cerró la puerta con fuerza y se acercó a la cama donde estaba su nieta con el bebé en brazos.

—¿Qué ha pasado, abu? ¿El bebé está bien?

—Claro que sí, mi niña. Acércala al pecho para que coma. Ya verás como se calma enseguida.

La pequeña comenzó a succionar en cuanto notó el pezón entre sus diminutos labios.

Entonces dejó de llorar y la habitación se quedó en silencio por primera vez en todo el día.

Bisabuela, bisnieta y nieta. Solas. Dolores ni siquiera hizo el amago de entrar.

Tampoco le habrían dejado. Necesitaban tranquilidad.

Las tres. Disfrutaron de ese momento de paz tras la tensión vivida.

La noche fue tranquila para madre e hija, pero Amparo apenas pudo descansar. No paraba de darle vueltas a lo que había ocurrido con las dos monjas y lo que pretendían hacer. «¿Quién las ha mandado? Y ¿por qué? ¿Tiene algo que ver Rosendo?». Las preguntas sin respuesta no le dejaron dormir.

Los sollozos del bebé despertaron a Rosa.

El pecho enseguida silenció su llanto. Tenía una sensación muy rara con aquella criatura en brazos.

Sentía un amor indescriptible por esa personita que acababa de conocer, pero cada vez que la miraba notaba una profunda pena.

En sus planes de vida nunca había estado ser madre sola.

No se veía capaz. Y, además, su hija le recordaba a Teo.

No había vuelto a saber nada de él. Las cartas nunca tuvieron una respuesta y el teléfono tampoco sonó con su voz al otro lado. Al menos que ella supiera.

Rosa se levantó de la cama tras muchas horas sin poder moverse del cansancio físico y mental.

Por la tarde encontró fuerzas para despegarse las sábanas.

Preparó un baño para el bebé. Puso agua caliente en una zafa y con una esponja limpió los restos de sangre que tenía en la piel.

Cuando enjuagó el jabón vio una zona oscura en el tobillo derecho.

Frotó con suavidad, pero no salía. Era una mancha de nacimiento.

Cuando vio la forma que tenía, sonrió. Era como el ancla de un barco.

Le recordó a Luis. En ese instante decidió el nombre de su hija.

Se iba a llamar como el pesquero de su padre, Martina, un homenaje a su primera hija, que falleció a los cinco meses de gestación.

Semanas después del nacimiento de Martina, volvieron a abrir el hotel tras seis meses cerrado.

Rosa no se sentía preparada para tomar de nuevo las riendas del negocio, pero no tuvieron más remedio, no podían estar tanto tiempo sin ingresos.

A los pocos días recibieron a la primera huésped.

Su llegada iba a cambiar la vida de Rosa para siempre.