La isla de las flores amarillas Capítulo 38
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Capítulo 38

—Piratas…

Esa palabra se repetía una y otra vez en la mente de Julia.

Ella no los había sufrido, pero en la isla se contaban muchas historias de ataques de corsarios.

Tabarca estaba rodeada por una muralla construida precisamente para protegerse de ellos.

Julia pensaba que las incursiones piratas eran cosa del pasado, pero ahora, frente a ella, tenía uno.

Precisamente la persona de la que estaba enamorada.

—No soy como ellos, Julia.

—Pues vas a tener que explicármelo bien, porque son tus hermanos, llevas su misma sangre y hasta hace poco viajabas en ese mismo barco. ¿Me equivoco?

Samy negó con la cabeza.

—¿Por qué te fuiste y qué estás haciendo aquí? Quiero que seas sincero.

—Nunca he sido como ellos, a pesar de ser familia.

Siempre he querido vivir lejos de ese barco, dejar atrás una vida de saqueos que odiaba.

Así que hace unos meses decidí cambiar de rumbo, huir y comenzar de cero.

Pero para eso necesitaba resarcirme del mal causado.

Por eso vine a Tabarca, a devolver lo que yo mismo robé cuando apenas tenía trece años.

—¿Las joyas de la Virgen?

—Sí, ya están de nuevo en su sitio. La segunda noche que pasé aquí salí de madrugada del faro para dejarlas en la iglesia.

—¿Es lo que llevabas en la bolsa de rafia?

—Entre otros tesoros que todavía tengo que devolver a sus legítimos dueños. Pero para eso tengo que salir de la isla y no quiero.

—¿Por qué?

—Ya sabes la respuesta.

Samy la besó.

—Mi plan era parar en Tabarca para devolver las joyas y seguir hacia Alicante.

Allí tengo que entregar otros objetos que mi familia robó años atrás.

Pero entonces apareciste tú y todo cambió.

El problema es que durante las semanas que he permanecido aquí contigo ellos se habrán dado cuenta de lo que he hecho y han venido a buscarme.

Bueno, a por las joyas. A mí solo querrán matarme.

Y por eso necesito tiempo. Para huir, para deshacerme de las joyas y para volver a estar contigo.

Julia se le quedó mirando. Sus ojos no mentían. Se metió en el faro y cerró la llave de paso del petróleo. En segundos, la oscuridad. Samy le recibió con lágrimas en los ojos.

—Gracias. —La emoción no le dejó decir nada más.

Samy se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared cilíndrica del faro. Julia se puso a su lado y le cogió la mano.

—Me da igual tu pasado. Tienes buen corazón, lo supe desde que te vi en aquella barca medio moribundo.

Y por eso te ayudé. Te honra lo que estás haciendo con las piezas que robaste.

Me quedo con eso. En Tabarca fue muy comentada la desaparición de las joyas de la Virgen.

Mi madre es muy creyente, de misa diaria, y le afectó mucho.

Hace poco me comentó que habían aparecido.

«¡Es un milagro!», me dijo. Ahora que sé que en realidad fuiste tú, me parece todavía más especial lo que has hecho.

—He puesto mi vida en peligro al escapar, pero no me arrepiento.

No bastaba con irme y olvidarme de lo que había hecho.

Para afrontar un nuevo presente tenía que romper del todo con el pasado y eso significaba reparar el daño ocasionado.

Así que, después de meditar mucho, un día, de madrugada, decidí marcharme.

Pero antes me llevé algunos objetos que yo mismo había robado.

Aunque, ya de paso, cogí otros que sustrajo mi familia.

—Hay una cosa que no comprendo. ¿Por qué tenías todavía las joyas de la Virgen si las robaste hace años? Podríais haberlas desmantelado y vendido por piezas para enriqueceros, ¿no?

—Eso es lo que se suele hacer, pero, por suerte, mi madre siempre se ha opuesto.

Nunca le gustó que robáramos en iglesias.

Aunque ella no es cristiana, ninguno en la familia lo somos, respeta profundamente las creencias religiosas.

Así que, cuando entrábamos en una iglesia, nos pedía que solo sustrajéramos dinero, no joyas, y menos despojárselas a las vírgenes.

Pero es difícil no caer en la tentación cuando estás delante de un collar o una corona valiosísima.

Aun así, si al final lo cogíamos, nos pedía que antes de desmontar una pieza de arte y estropearla nos gastáramos el dinero de las monedas de oro, por ejemplo.

Y por eso guardamos las joyas de vuestra Virgen.

Y no es el único objeto de valor que conservamos intacto.

De hecho… —Samy se puso de pie—. Espera un momento, voy a enseñarte algo.

Se metió por la portezuela, fue a su habitación y cogió la bolsa de rafia. Volvió a subir y se sentó de nuevo al lado de Julia.

—Aquí tengo lo que me llevé para devolver a sus dueños. Hay monedas de oro, algunas joyas y esto… —Samy abrió la bolsa y sacó un objeto.

Julia se quedó mirando con la boca abierta lo que sostenía en la mano.

—¡Es preciosa!

—La tiara de santa Bárbara. Es la posesión más valiosa que tenía mi familia, lo más preciado. La robó mi bisabuelo a mediados del siglo pasado. Desde entonces la conservamos intacta.

—Pero esto debe de valer muchos millones de pesetas. Eso son… —Julia se acercó para ver mejor las piedras preciosas engarzadas.

—Zafiros y esmeraldas.

—Impresionante… —Julia seguía embelesada.

—Esta tiara tiene un valor incalculable. Si la vendiéramos, podríamos vivir como reyes cien vidas. Pero jamás lo haríamos. Mi bisabuelo siempre decía que la tiara estaba maldita y por eso nadie quiere deshacerse de ella ni tampoco quedársela a no ser que se cumpla un único requisito.

—¿Me estás diciendo que lleváis desde el siglo pasado con esta tiara que vale más que toda la isla de Tabarca y que no la habéis vendido por una supuesta maldición? ¿Sois tan supersticiosos?

—Los piratas siempre lo han sido. Y sí, la conservamos por eso. Cuando mi bisabuelo la robó, dijo que se la regalaría a la primera hija que tuviera.

—Pues si tu familia todavía tiene la tiara…

—Quiere decir que todos los descendientes de los Ward han sido hombres.

—¿En serio?

—Entre hijos, nietos y bisnietos…, diecisiete varones.

Ni una sola mujer. Por eso todavía tenemos la tiara.

Y por eso mi madre no quería que les quitáramos las joyas a las vírgenes.

Ella siempre quiso tener una hija, pero decía que Santa Bárbara había castigado a su familia por haber robado su tiara.

Si algún día tengo la fortuna de ser padre de una niña, le pondré Bárbara.

Julia rio.

—He escuchado tantas veces la historia de la maldición que acabó por gustarme el nombre. Además, creo que ha sido simple casualidad. Yo no soy supersticioso.

—Bueno, diecisiete varones…, demasiada casualidad. ¿No crees?

—El caso es que aquí se acaba esa supuesta maldición. Esta tiara va a volver al lugar del que nunca debió salir.

—Entonces, si tienes una hija, ¿no vas a cumplir con los deseos de tu bisabuelo? ¿No le vas a regalar la tiara?

—No. Cuando decidí que iba a empezar una nueva vida tuve muy claro que la tiara sería uno de los objetos que iba a devolver. Si tengo una hija, le regalaré algo mucho más valioso que esa tiara de zafiros y esmeraldas: la honradez.

—Aunque tú no seas creyente, yo sí lo soy. Y estoy convencida de que el Señor te hará padre de una niña. Tu historia me recuerda mucho a la parábola del hijo pródigo. Dios te va a recompensar por restituir las joyas y la tiara.

A pesar de no ser cristiano, a Samy le gustó escuchar de boca de Julia aquel pasaje de la Biblia del hijo arrepentido.

Siguieron hablando durante horas, bajo una capa de nubes que ocultaba cualquier atisbo de luz, hasta que el cansancio cerró los ojos de la joven.

Samy permaneció despierto con la incertidumbre de saber si aquel faro en penumbra había conseguido alejar de Tabarca el barco de su familia.