Capítulo 37
El cartero tenía trabajo acumulado ese día.
Cuando el puerto estaba cerrado, las cartas se le amontonaban en la oficina.
Llegó a Tabarca con el primer barco que salió de Santa Pola.
Debía entregar varios certificados sin más demora.
Con su carrito amarillo cargado hasta arriba fue recorriendo las calles encharcadas del pueblo.
Uno de los primeros lugares que visitó fue el hotel.
—¡Cartero! —voceó nada más entrar a la recepción. Dolores se levantó del sillón y fue a su encuentro. Rosa estaba en la cocina fregando tazas y platos del desayuno y no le escuchó.
—Aquí tienes la correspondencia, Dolores. Perdona el retraso.
—No te preocupes. ¿Puedes hacerme un favor? ¿Me dices a quién van dirigidas y quién las manda?
—Claro. —El cartero volvió a cogerlas y las revisó—. Todas son para Rosa. Hay una factura de la luz, un certificado del ayuntamiento y una carta de… —giró el sobre y leyó el remitente— un tal Teodoro Sigüenza.
—Muchas gracias. Que tengas un buen día.
—Igualmente.
Nada más escuchar la puerta cerrarse, Dolores se guardó la carta de Teo en el bolsillo y dejó las otras dos en el mostrador. Después avisó a Rosa. Se quitó el delantal y fue directa a la recepción a por las cartas. Le entristeció que ninguna fuera del biólogo.
Dolores salió del hotel y fue a casa de Felipe.
—Tienes que hacerme un favor —le dijo nada más entrar.
Sacó del bolsillo la carta de Teo y se la entregó.
—Necesito saber lo que pone.
El pescador vio el nombre de la destinataria y del remitente y se quedó pensativo.
—¿Qué pasa? —insistió Dolores—. ¿La puedes leer en voz alta?
—Es que… —titubeó—. No me siento cómodo leyendo correspondencia de otra persona. Es su intimidad. Además de ser un delito.
—Sabes que no te lo pediría si no fuera importante. Si pudiera, lo haría yo misma, pero… —Dolores se levantó sus inseparables gafas de sol.
—Está bien. Que Dios me perdone.
Felipe abrió el sobre y sacó la carta manuscrita. La desdobló y comenzó a leer.
Mi querida Rosa:
Fuiste la última persona que vi antes de desmayarme en el helicóptero y la primera en la que pensé nada más despertar tras la operación.
He vuelto a casa a recuperarme. Todavía me quedan por delante varias semanas de reposo.
Si no fuera por la prescripción del doctor, ya estaría allí contigo en la isla.
Estos días lejos de ti me han servido para confirmar lo que ya sabía: quiero estar a tu lado.
Estoy decidido a cambiar de vida. Pero necesito saber que tú sientes lo mismo que yo, necesito que me digas si lo que vivimos en el faro y en nuestro mirador de las estrellas no fue algo pasajero.
Para mí no lo ha sido y por eso estoy dispuesto a dejarlo todo atrás, a pesar de las consecuencias.
Solo tengo una vida y no quiero arrepentirme de no haberla aprovechado cuando sea un anciano.
Me imagino allí en Tabarca, viendo amaneceres a tu lado, contemplando las estrellas por la noche, buceando juntos para ver el fondo marino, paseando tranquilos mientras todos duermen. No sé a ti, pero a mí no se me ocurre un plan de vida mejor.
Espero ansioso tu respuesta. Ojalá que pronto reciba noticias tuyas. Pensar en un mañana junto a ti me alivia el intenso dolor que todavía siento en el abdomen. Por cierto, dale un beso a tu abu, si no fuera por ella y su idea del helicóptero, yo no estaría en este mundo.
Te quiere,
T EO
Felipe volvió a doblar la carta y la metió en el sobre.
—Quémala —le pidió Dolores.
—¿Qué?
—¿Tienes un mechero?
—¿Cómo vamos a quemarla? Rosa debe leerla. No puedes ocultarle la carta. Si ya me parecía mal abrirla, destruirla…
—Sabes las consecuencias que podría tener que Teodoro vuelva a la isla. Es mejor que Rosario no sepa que le ha escrito. Ella sigue su vida, él también, y aquí no ha pasado nada.
—Pero…
—¡Préndele fuego! —insistió con vehemencia—. Por favor —suavizó el tono.
El pescador fue a la cocina y abrió un cajón. Cogió una caja de cerillas y se dirigió al salón. Encendió una. El olor a papel quemado alivió a Dolores.
—Gracias, Felipe. Siento haberte puesto en este compromiso. Pero créeme que es por la tranquilidad de todos. Tú lo sabes mejor que nadie.
Felipe se dejó caer en el sofá y observó con frustración cómo su amiga salía de casa.
Sintió impotencia y tuvo la tentación de contárselo a Rosa.
La conocía desde que nació. Era como una hija para él.
Y por eso quería que supiera que Teo le había escrito esa carta tan bonita.
Pero también entendía que podía ser peligroso.
Así que, por el momento, optó por no decirle nada.
Con el buen tiempo la normalidad regresó a la isla.
Tras el obligado aislamiento los barcos trajeron de nuevo víveres y turistas.
También al cartero, que volvió a recuperar su habitual ruta varias veces a la semana.
Ese era el único aliciente para Rosa, esperar a que llegara con su carrito amarillo.
Nada más escuchar su inconfundible voz avisando a los vecinos de su presencia, salía a la calle para preguntarle si tenía algo para ella.
Con cada visita del cartero la ilusión se transformaba en tristeza y desasosiego.
Facturas y más facturas. Rosa no entendía por qué Teo no le escribía ni le llamaba.
Recordó las noches en Punta Falcón y en el faro.
Y también las palabras del biólogo en el helicóptero.
«Volveré a por ti. Eres lo mejor que me ha pasado».
Esa promesa era a lo que se había aferrado Rosa para mantener la esperanza de volver a verle, pero ya había pasado demasiado tiempo desde que se marchó.
«¿Le habrá ocurrido algo? ¿Habrá empeorado tras la operación?
». No tenía forma de saberlo. Volvió a escribirle dos cartas más. Tras un mes sin respuesta, se resignó.
Sus días en la isla volvieron a ser una rutina. Preparar el desayuno, atender a los pocos turistas que iban a Tabarca en esa época del año, comprar en el ultramarinos, leer, cuidar de su abuela e intentar no pensar mucho en Teo.
El posoperatorio del biólogo iba más lento de lo esperado.
Una infección le obligó a alargar el reposo.
Aunque el dolor por no tener noticias de Rosa era más intenso que el de la cicatriz del abdomen.
El único esfuerzo que hacía a diario era bajar al buzón para comprobar si tenía correspondencia de ella.
Rosa también tuvo que pasar por el médico, también por un dolor en la barriga. El diagnóstico ahondó más su desazón: estaba embarazada.