La isla de las flores amarillas Capítulo 36
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Capítulo 36

—¡Me he dormido!

Julia se levantó como un resorte del regazo de Samy al ver el sol fuera. Entonces miró el faro. Estaba apagado.

—Anoche estuvimos hablando hasta las tres de la madrugada, así que no te he despertado para que descansaras un poco más. Quince minutos antes de la salida del sol, he cerrado la llave de paso del petróleo.

Julia comprobó de nuevo que el faro ya no brillaba y sonrió.

—Qué rápido has aprendido.

—Ahora estoy en deuda contigo. Tú me has enseñado cómo funciona el faro y yo… —Samy tuvo una idea—. Pero eso tiene solución.

—A ver… cuéntame.

—Tendrás que esperar a esta noche. —Bostezó—. Es mi hora de dormir. Así son las reglas, ¿no?

—Practicaré mi paciencia durante todo el día, entonces. Voy a preparar el desayuno. Nos vemos en unas horas, aprendiz de farero.

—Gracias, maestra. Buenas noches.

Bajaron por las escaleras de caracol. Samy se quedó en su habitación. Julia continuó hasta la planta principal.

Según el libro de tablas del Observatorio Astronómico, el sol se ponía a las 20:38. A Julia la espera se le hizo eterna. Tenía curiosidad por saber qué iba a enseñarle Samy. A las ocho subió a la cima del faro, antes que de costumbre. Ella también tenía una sorpresa para él.

—Buenos días, aprendiz de farero.

—Buenas noches, maestra.

—Te he dejado comida en tu habitación, pero antes de que sacies tu hambre voy a comprobar si estuviste atento a mi lección de ayer. Hoy vas a ser tú el encargado de encender el faro, pero tendrás que hacer todo el proceso completo. ¿Te ves capaz?

—¡Por supuesto que sí!

Samy fue completando con diligencia cada uno de los pasos que Julia le había enseñado la víspera hasta que la luz del faro comenzó a girar sobre sus cabezas. Los dos sonrieron al ver el haz adentrarse en el mar.

—Bien hecho —aplaudió Julia—. Ahora te toca a ti enseñarme a mí. Estoy intrigada.

—Todavía tiene que hacerse un poco más de noche para eso. Mientras, si te parece, voy a comer algo, que me rugen las tripas.

Samy bajó a su habitación. Julia se reencontró con él media hora más tarde.

—Ya estoy listo. Gracias por la comida, todo muy bueno. Espero que hayas cenado bien, vas a necesitar energía.

—Pues apenas he probado bocado para que tú pudieras comer algo.

—No te habrás quedado con hambre…

—Estoy bien, no te preocupes. Por la noche no suelo comer mucho.

—Bueno, en ese caso haré yo el esfuerzo. Pero tendrás que guiarme tú.

—¿Dónde quieres que vayamos?

—A donde nos lleven las estrellas.

Samy la cogió de la mano y bajaron las escaleras. Cruzaron la estancia principal hasta llegar a la puerta del faro.

—Sé que esto va en contra de las normas, pero, créeme, va a merecer la pena. Además, a donde vamos no nos va a ver nadie.

Julia le siguió sin decir nada. Caminaron por el sendero rumbo al cementerio. Lo bordearon y bajaron con cuidado al mar. Allí seguía varada la barca en la que había llegado Samy a la isla. Entre los dos la empujaron al agua y se subieron. Comenzó a remar hasta situarse a varios metros de la orilla.

—Bienvenida a tu primera clase de navegación.

—Pero hemos venido sin nada. Si me hubieras avisado, habría traído una brújula que tengo en casa y un catalejo.

—Todo lo que necesitas está ahí arriba.

Samy señaló el cielo repleto de estrellas. Durante varios segundos los dos contemplaron el manto de puntos brillantes.

—Lo primero que hay que localizar es la Osa Mayor. Es muy fácil, mira.

Con el dedo índice Samy fue uniendo las siete estrellas que conforman el famoso cazo en el firmamento.

—¿Lo ves?

Julia tardó unos segundos en responder mientras trataba de localizar la forma.

—Sí, ahí está.

—Pues cogiendo como referencia las dos estrellas más alejadas del mango del cazo, si trazas una línea recta imaginaria vas a encontrar la estrella más importante de todo el firmamento, la estrella polar, la única que no se mueve, porque su situación coincide con el eje de rotación de la tierra.

Ese punto brillante marca el norte. Y a partir de ahí ya te puedes guiar sin necesidad de tener una brújula. Y hacia allí vamos, rumbo al norte.

Samy viró la barca hasta situarla en dirección a la estrella polar y comenzó a remar.

A la media hora de perseguir aquel destello fijado en el cielo, sacó los remos del agua.

Frente a ellos, a bastante distancia, se vislumbraban algunas tímidas luces.

Era la ciudad de Alicante. Sobre ella, una inmensa masa negra, el monte Benacantil con el castillo de Santa Bárbara en la cúspide.

Allí se quedaron hablando durante más tiempo del que Julia podía aguantar despierta.

—Deberíamos regresar para que descanses, si no mañana se te cerrarán los ojos, y te recuerdo que aquí el que duerme durante el día soy yo. —Samy le guiñó un ojo y metió los remos al agua—. Y ahora… dime tú hacia dónde tenemos que ir para volver a Tabarca.

Julia vio la luz de un faro y la señaló.

—Hacia allí.

—¿Estás segura?

—Déjame que lo compruebe.

Comenzó a contar el tiempo que transcurría entre destellos de luz.

—Veinte segundos —concluyó—. Ese no puede ser.

—Es el faro de Santa Pola. Tendrás que probar con otro.

Se fijó en la otra luz que se veía en el mar y volvió a contar.

—Siete segundos y medio. ¡Ese es mi faro!

—Para que veas lo importante que es tu trabajo. Los días nublados sois nuestra única referencia en el mar. Me sé de memoria la firma de los faros de casi toda la costa mediterránea. Solo con ver cada cuántos segundos brilla su luz sé dónde me encuentro, aunque no tenga ninguna otra referencia.

—Me alegra saber que somos tan útiles para los marineros.

—No te puedes imaginar hasta qué punto. De hecho…, se puede decir que yo no vine a Tabarca, sino que tú me trajiste hasta aquí. El latido de tu faro cada siete segundos y medio me guio hacia ti.

La luz completó el giro completo hasta en cuatro ocasiones sin que ninguno de los dos dijera nada.

Se miraban y sonreían en silencio. Hasta que sucedió.

Julia notó como si alguien le empujara por la espalda hacia Samy.

No pudo evitarlo. Sus labios se encontraron por primera vez y ya no pudieron separarse hasta quince minutos antes de la salida del sol.

Aquella escapada nocturna se convirtió en rutina.

Tras poner en marcha el faro, cogían la barca para navegar por el Mediterráneo y por sus cuerpos desnudos.

Rumbo al placer. Daba igual dónde estuviera la Osa Mayor o la estrella polar.

No querían buscar el norte, sino perderlo.

Dejarse llevar por la pasión, tocarse, disfrutarse, quererse sin pensar en nada más que en ellos.

Sin preocuparse por un mañana incierto, sino por el apasionante presente.

Una noche sin luna y con las estrellas escondidas tras una manta de nubes, algo llamó la atención de Samy minutos antes de que el sol se ocultara por completo. Un sudor frío recorrió su espalda.

—No puede ser… —murmuró con la mirada fijada en el punto más lejano del mar que era capaz de distinguir.

—¿Qué pasa, Samy? ¿Estás bien?

—Déjame el catalejo, por favor.

Había pasado un mes desde que Samy llegó a Tabarca. La misión que le llevó hasta allí ya no era su motivación principal. Julia era su nueva pulsión vital. Pero el pasado se asomó por el horizonte para recordarle que seguía siendo esclavo de sus acciones de antaño.

Julia salió del faro con el catalejo y se lo entregó.

Samy lo usó para confirmar lo que ya temía.

Comenzó a andar de un lado a otro del pequeño balcón, pensando qué hacer.

Pero todo lo que se le ocurría pasaba por marcharse de allí, salir de Tabarca y llegar a la costa.

Lejos del mar estaría a salvo. El problema era que lejos del mar también era lejos de ella.

—Me estás poniendo muy nerviosa. ¿Se puede saber qué pasa?

Samy se paró delante de Rosa.

—Vienen a por mí y si me encuentran… sería el final. Tengo que marcharme. Si me descubren aquí contigo tú también estarás en peligro y eso es lo último que quiero.

—¿Cómo que te vas a ir? ¿Adónde? ¿Quién viene a por ti? ¿Por qué?

Las preguntas le salían atropelladas, pero Samy no respondía. Reanudó su recorrido por el balcón hasta que, de repente, se paró de nuevo frente a ella.

—Apaga el faro —le pidió.

—¿Qué?

—Es lo único que se me ocurre para ganar tiempo. Apágalo, por favor.

—Pero ¿cómo quieres que haga eso? ¿Estás loco?

—Mira el cielo —le pidió Samy—. No hay luna, no hay estrellas, la única forma que tienen para llegar aquí es por la luz de tu faro. Si la apagas, se despistarán y cambiarán de rumbo. Con suerte, se alejarán el tiempo suficiente para escapar.

—Escapar ¿de quién?

—De mi familia.

Silencio.

Julia vio el miedo en la mirada vidriosa de Samy. Cogió el catalejo y escudriñó el horizonte para comprobar si había más barcos. Solo ese, así que no había peligro para otras embarcaciones.

—Vas a tener que darme una razón de peso para que apague de forma deliberada el faro. Me juego el sustento de mi familia.

Samy se quedó pensativo unos segundos. Decirle la verdad era la única opción que tenía para intentar alejar el barco de Tabarca. Pero contarle quién era también podría alejarle de ella. Finalmente sucumbió.

—Son piratas.