La isla de las flores amarillas Capítulo 35
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Capítulo 35

Un intenso dolor de cabeza despertó a Rosa pasadas las diez de la mañana.

Lo primero que hizo fue asomarse por la ventana.

Llovía mucho. Se vistió y bajó con premura las escaleras.

Abrió la puerta del hotel y confirmó lo que ya temía: el temporal había vuelto con fuerza.

Con ese viento no podría salir de la isla en barco.

Se dirigió al mostrador y cogió el teléfono. Dolores estaba sentada en su sillón.

—¿Ha llamado alguien para decir cómo está Teo?

La madrastra negó con la cabeza. Rosa buscó en la guía el número del hospital y lo marcó. Le costó varias llamadas conseguir que alguien descolgara.

—Buenos días. Me gustaría saber cómo está Teodoro Sigüenza. Se lo llevaron anoche en helicóptero desde Tabarca y quisiera…

—Lo lamento, pero por teléfono no puedo informarle del estado de salud de ningún paciente. Solo los familiares pueden tener acceso a esos datos y siempre que se personen aquí en el hospital.

La operadora colgó sin opción a réplica.

Rosa se quedó unos segundos mirando el teléfono, impotente.

No tenía forma de saber siquiera si Teo estaba vivo o no.

Hasta que no pasara el temporal era imposible comunicarse con él.

A no ser que Teo llamara al hotel. Eso ocurrió tres días después, justo cuando Rosa había salido a comprar al ultramarinos. Dolores descolgó el teléfono.

—Hotel Isla Plana, ¿en qué puedo ayudarle?

—Soy Teo. ¿Me pasas con Rosa, por favor? —dijo con un hilo de voz.

Dolores suspiró aliviada al escucharle.

—Me alegra que te hayas recuperado. ¿Cómo te encuentras?

—Muy débil, pero estoy vivo. Perdí mucha sangre, me han tenido que hacer varias transfusiones. Me he salvado de milagro.

—Gracias a Dios.

—¿Se puede poner Rosa? —insistió.

—Ha salido a comprar. ¿Qué quieres que le diga?

—La llamaré dentro de un rato. Me acaban de dar el alta y me vuelvo a Pontevedra, pero antes me gustaría hablar con ella.

—Eh…, vale —titubeó—. No creo que tarde mucho en volver.

—Hasta pronto, pues.

Dolores colgó. Se santiguó y se agachó tras el mostrador.

Palpó la pared hasta encontrar el cable del teléfono y lo sacó un poco de su clavija.

Lo justo para que el aparato no funcionara.

Al rato volvió Rosa. Pensó si decirle la verdad u ocultarle la llamada.

Al final se decantó por una opción intermedia.

A pesar de todo, no quería que sufriera.

—Ha llamado Teodoro.

—¡¿Qué?! ¿Cómo está? ¿Ha salido ya del hospital? ¿Han tenido que operarle? ¿Va a venir?

Las preguntas salían atropelladas de su boca.

—Se encuentra bien. Le han dado el alta y ya se iba a su casa.

—Pero…

—Es todo cuanto me ha dicho.

—¿No viene hacia aquí?

—No. Y aunque quisiera tampoco podría. Ya has visto cómo está el tiempo, Rosario. Todos los barcos están amarrados a puerto.

Era cierto. Le había costado regresar al hotel por el intenso viento. Amparo salió de su habitación y se encontró con su nieta en la recepción.

—¡Abu! ¡Está vivo!

Rosa corrió a sus brazos.

—¡Te dije que se pondría bien! ¡Cuánto me alegro!

—¡Sí! Qué rabia que justo haya llamado cuando estaba comprando.

—Seguro que volverá a comunicarse contigo pronto.

Hasta en cinco ocasiones lo hizo, pero el teléfono no daba señal.

Resignado, salió del hospital. Un taxi le esperaba en la puerta.

Tuvo el impulso de decirle al conductor que le llevara a Santa Pola para coger un barco a la isla, pero intuyó que con ese temporal el puerto estaría cerrado.

Además, no creía que pudiera soportar la travesía hasta Tabarca.

Se encontraba demasiado débil y el médico le había pedido reposo absoluto un par de semanas.

Se prometió volver cuando estuviera recuperado.

Los días pasaron ante la desesperación de Rosa por no saber nada de Teo. No volvió a recibir una llamada suya en el hotel. Y ella tampoco tenía forma de comunicarse con él. Solo podía esperar a que él volviera a la isla.

—O quizá no…

Rosa se levantó de la cama como un resorte.

Había tenido una idea. Bajó las escaleras, fue al mostrador y abrió el libro de registro.

Cuando un cliente cogía las llaves de la habitación al llegar al hotel, dejaba sus datos, incluida la dirección de su casa.

Al menos podría escribirle una carta. Fue pasando las hojas para buscar los datos del último huésped, Teo.

Llegó al final de la página. El corazón se le aceleró al leer el nombre de la clienta que había estado en el hotel dos semanas atrás: Estefanía Climent.

—No puede ser.

Se humedeció el dedo por si se habían quedado dos hojas unidas. Por la esquina intentó separarlas, pero solo había una. Entonces se fijó en la pequeña tira de papel rasgada en el lomo. Alguien había arrancado la siguiente hoja. Un nombre le vino a la cabeza.

—Dolores.

Solo podía haber sido ella. Su respiración se agitó.

Le faltaba el oxígeno. Sentía que iba a desmayarse.

Quiso gritar, pero la voz no le salía. Se sentó en el suelo y trató de calmarse.

De nuevo le vino a la cabeza la imagen de la hoja arrancada.

La impotencia y la rabia se transformaron en lágrimas.

Imposible contenerlas. Demasiadas emociones en tan poco tiempo.

Estaba desbordada. Y encima no podía contactar con Teo.

Cuando consiguió calmar su angustia, se levantó.

La primera opción que sopesó fue ir a hablar con Dolores, necesitaba preguntarle por qué lo había hecho.

Y, sobre todo, intentar recuperar esa hoja.

Quizá todavía la conservaba. Enfrentarse a ella era lo que menos le apetecía, pero no tenía otra opción.

—Un momento…

Rosa se detuvo de golpe a los pies de las escaleras.

Regresó al mostrador y volvió a coger el libro de registro.

Lo abrió por la página arrancada. Acarició la hoja en blanco y notó los surcos en el papel.

Recordó cuando, de pequeña, calcaba las monedas extranjeras en una hoja.

Era su forma de coleccionarlas. Siempre que su padre conseguía una de algún cliente, se la dejaba a Rosa para que la inmortalizara en su libreta.

La colocaba bajo el papel y con un lápiz la rayaba por encima hasta que quedaba «impresa».

Lo mismo iba a hacer con la dirección de Teo.

Rosa tenía la manía de escribir muy fuerte, presionando mucho con el boli para que la tinta se adhiriera bien.

Eso provocaba que los trazos formaran un pequeño surco en la hoja siguiente.

A simple vista era imperceptible, pero las hendiduras estaban ahí.

Con un lápiz comenzó a rayar suavemente en la zona donde debía estar la dirección.

Poco a poco empezaron a revelarse las primeras letras. «Teodoro Sigüenza».

—Aquí estás —murmuró satisfecha.

Continuó cubriendo de grafito la hoja hasta que quedó al descubierto la dirección completa.

La apuntó en un papel y después borró con una goma aquella mancha gris del libro de registro.

Fue al despacho de su padre y se sentó en el escritorio.

Cogió un folio y plasmó con una perfecta caligrafía cursiva sus sentimientos hacia Teo y su deseo de volver a verle.

Se guardó la carta en el bolsillo y subió a su habitación.

Hasta que no amainara el temporal no podría enviarla.

Dos días después el cartero pasó por el hotel a llevar la correspondencia que no había podido repartir por el mal tiempo.

Rosa le dio el sobre para enviarlo a la dirección de Pontevedra.

Cuarenta y ocho horas después, ese mismo cartero regresó al hotel.

Esa vez tenía una carta para entregarle a Rosa.