Capítulo 34
Julia trataba de averiguar qué había pasado para amanecer así, con las piernas de Samy como almohada. Durante unos segundos fue incapaz de articular palabra, su mente solo la bombardeaba a preguntas.
—Ya es hora de apagar el faro. —Samy señaló el horizonte teñido de naranja.
Ella se levantó y atravesó la portezuela. Cerró la llave de paso del petróleo y la luz se desvaneció en segundos. Volvió a salir.
—Gracias por avisarme. No sé en qué momento me quedé dormida anoche.
—Me estabas contando cómo eran las fiestas en honor a san Pedro y san Pablo. Se te cerraban los ojos. Te tumbaste sobre mis piernas y así te quedaste. Y yo he estado despierto toda la noche con las mejores vistas de la isla.
—Desde aquí arriba se ven muy bien las estrellas.
—Bueno, no me refería a esas vistas…
Julia se sonrojó.
Samy no pudo controlar un bostezo.
—Perdón, para mí ya es hora de dormir. Recuerda que me tienes que enseñar a encender el faro.
—Nos vemos aquí veinte minutos antes de la puesta de sol.
Samy se pasó el día durmiendo. Julia, esperando a que llegara la noche.
Después de cenar poco con sus padres, recogió la mesa, apartó lo que se había dejado para Samy y fregó la loza. Fue a su habitación, pero no había nadie. Subió por la escalera de caracol. Allí estaba esperándole.
—Te traigo la cena.
—Para mí es el desayuno —rio—. ¡Buenos días!
—Qué raro tiene que ser vivir al revés del mundo. —Julia le dio el plato.
—Antes de comer tenemos algo que hacer. —Samy señaló el faro—. Estoy deseando saber cómo se prende esa luz que siempre veo desde el mar.
—Espero no defraudar tus altas expectativas.
Julia se metió dentro del faro seguida de Samy. Fue explicándole el procedimiento. Samy observaba en silencio aquel ritual. Llegó el momento de abrir la llave de paso del petróleo.
—Solo queda encender la cabeza del quemador. —Julia sacó una cerilla de la caja y se la dio a Samy.
—¿En serio?
Ella asintió.
—Por primera vez en la historia de este faro, lo va a poner en marcha una persona que no es el farero.
—¿De verdad? —insistió él.
—Enciéndelo antes de que me arrepienta.
Samy sonrió y deslizó con rapidez la cerilla por el lateral de la caja.
Acercó la llama a la cabeza del quemador y la prendió.
La intensidad de la luz le obligó a entrecerrar los ojos.
Julia accionó el engranaje para que las lentes comenzaran a girar y así dirigir el foco en todas direcciones.
Salieron al balcón y observaron cómo el faro latía cada siete segundos y medio.
—Gracias por este privilegio.
—Me alegra que te haya gustado. Sé que es pura ciencia, pero me maravilla que la chispa de una cerilla se convierta en esta luz capaz de adentrarse hasta quince millas en el mar.
Los dos se quedaron hipnotizados siguiendo con la mirada el haz en su pausada travesía circular.
—Voy a echar de menos estas vistas —suspiró nostálgica Julia.
—¿Por qué dices eso? ¿Es que os vais a ir de aquí?
—Algún día, imagino. Pero no sé cuándo. El caso es que se rumorea que quieren instalar un tambor dióptrico de trescientos milímetros con destellador de acetileno accionado por válvula solar con acumuladores.
Samy se le quedó mirando con el ceño fruncido.
—¿Me lo puedes traducir?
—Pues básicamente eso quiere decir que en un futuro nos vamos a quedar sin trabajo y tendremos que marcharnos de Tabarca.
—¿Por qué? ¿Quién va a prender el faro entonces?
—Nadie, quieren automatizarlo. Ese sistema ya lo han puesto en otros lugares y funciona sin necesidad de que un farero lo manipule. Utiliza la luz solar.
—Pero ¿cómo van a hacer eso? Una máquina jamás podrá suplir al hombre. Hará falta que alguien supervise que todo está bien, ¿no?
—La ciencia avanza y el ministerio se ahorra muchas pesetas con el nuevo sistema.
Imagino que habrá alguna persona que vendrá de vez en cuando, pero no hará falta que viva aquí.
La profesión de mi familia desaparecerá.
No sé cuándo ocurrirá, pero sucederá, de eso no tengo ninguna duda.
Por eso no pienso en el mañana. ¿Y tú? ¿Dónde te ves en un futuro?
—He leído mucho sobre el Nuevo Mundo y me encantaría visitar esas inmensas ciudades.
América era la excusa. En realidad, le servía cualquier lugar alejado del mar Mediterráneo.
Quería empezar una nueva vida sin las ataduras del pasado y sin tener que huir eternamente.
Vivir sin preocupaciones y con la conciencia tranquila.
Tabarca era su primera parada. Pero en su plan no contó con desmayarse en plena travesía ni con necesitar ayuda para salir del barco y curar sus quemaduras.
Y, sobre todo, en su plan no estaba ella.
Su misión en la isla ya estaba cumplida y el peligro ya había pasado, al menos eso creía él.
Pero no quería irse. Necesitaba seguir hablando con Julia, compartir noches en vela a la luz del faro.
Lo que Samy no sabía era que su improvisada estancia en Tabarca iba a poner en peligro su vida.