Capítulo 33
Mientras Dolores confesaba su pecado ante el sacerdote, Felipe, su cómplice, salió de casa poco después de que ella le hubiera visitado.
Era muy peligroso lo que iba a hacer. Y, además, las consecuencias para los dos implicados serían nefastas.
Pero, aunque no lo supieran, era lo mejor para ellos.
El día llegaba a su fin, así que debía darse prisa.
El viento tampoco ayudaba. Tras unas horas de tregua, el mal tiempo había regresado a la isla.
De hecho, temió que eso frustrara el plan de Dolores.
Aceleró el paso rumbo a su barco. Nada más llegar abrió un arcón que tenía con llave en el pequeño camarote.
Apartó varios enseres y cogió el fusil de pesca submarina.
Comprobó que estaba cargado con el arpón y se fue caminando con dificultad por el intenso viento hacia Punta Falcón.
Cuando le quedaban solo unos metros, vio a Aziz con una pistola.
Y no estaba solo: Teo hablaba con él. Reconoció a Aziz porque no era la primera vez que le plantaba cara.
Años atrás ya le había amenazado con ese mismo arpón para que abandonara la isla después de cometer una atrocidad.
Se acercó un poco más para no errar el disparo.
Sabía que si no acertaba, o Teo o él acabarían con una bala dentro del cuerpo.
El fusil de pesca submarina solo era efectivo si se accionaba a pocos metros de la presa.
Su alcance era limitado, así que debía estar más cerca.
Colocó el dedo en el gatillo y apuntó mientras seguía caminando hacia ellos a paso ligero.
El viento le impedía escuchar lo que hablaban.
Teo estaba con los brazos hacia arriba. Aziz empuñaba la pistola con firmeza.
Felipe ya le tenía a tiro. Justo cuando iba a apretar el gatillo una rama crujió bajo sus pies y el tunecino se giró hacia él.
El pescador disparó. El arpón se clavó en la pierna derecha de Aziz, que cayó al suelo al tiempo que apretaba el gatillo de su arma. La bala impactó en Teo.
Los gritos del biólogo y de Aziz paralizaron a Rosendo, que llegaba a Punta Falcón justo en ese momento.
Había tenido una corazonada. Confirmó sus peores temores al toparse con aquella escena.
Felipe lanzó el fusil con rabia y fue hacia Teo, que se retorcía de dolor.
El disparo de Aziz le había acertado en el abdomen.
La sangre salía a borbotones cerca del ombligo.
Felipe cogió la toalla que había junto a la bolsa negra, la colocó sobre la herida e hizo presión para intentar cortar la hemorragia.
Ató el cinturón con fuerza para mantener la toalla sobre el orificio de bala.
Aziz buscó con la mirada la pistola que se le había caído. Felipe se dio cuenta y se apresuró a encontrarla. Localizó un bulto oscuro entre los matorrales. El tunecino también lo vio. Intentó ponerse de pie, pero no pudo. El pescador cogió la pistola y le apuntó.
—¡No! —Rosendo gritó mientras corría para colocarse entre ellos—. Por favor, bastantes desgracias tenemos ya.
Felipe vaciló. Aziz tenía que pagar por lo que le había hecho a la mujer de la que estaba enamorado desde que era un adolescente.
Aunque su amor nunca fuera correspondido, sentía que debía resarcir todo el dolor que ella sufría desde entonces.
Colocó el dedo en el gatillo. Iba a disparar, lo tenía decidido.
Los gritos de Teo le sacaron de sus pensamientos.
Tenía que ayudarle. Se guardó la pistola en el bolsillo y atendió al biólogo.
Aziz cerró los ojos y se arrancó el arpón.
Se quitó la chaqueta y se hizo un torniquete. Se marchó arrastrando la pierna.
—¡Ayúdame! —le pidió Felipe a Rosendo—. ¡Tenemos que llevarle a que le vea un médico!
Entre los dos le cogieron en brazos. El camino se les hizo eterno. Tuvieron que parar varias veces para presionar la herida. Con dificultad llegaron al hotel. Los gritos de Teo alertaron a Rosa, que bajó a la recepción. Cuando vio al biólogo ensangrentado tendido en el suelo, se abalanzó sobre él.
—¡Teo! ¡¿Qué ha pasado?!
—¡No hay tiempo para explicaciones! —respondió Felipe—. ¡Corre, trae una toalla y llama a Ramón! Tiene que verle un médico urgente.
—¡Estamos en temporada baja, Ramón no está ahora en la isla! ¡Hay que llevarle a Santa Pola!
—Con este viento es imposible salir a la mar. Además, él tampoco lo aguantaría. Está perdiendo mucha sangre —advirtió el pescador.
Rosa le cogió la mano.
—¡Aguanta, por favor! —le suplicó entre sollozos.
Amparo salió de su habitación al escuchar el jaleo.
—¡Dios bendito!
—¡Necesitamos un médico urgente! —dijo Rosendo mientras presionaba la herida.
—¿Qué es este alboroto? —Dolores bajó alterada a la recepción al escuchar los gritos.
—¡Han disparado a Teo! ¡Tiene que verle un médico ya! —suplicó desesperada Rosa.
—Coge la guía telefónica y llama al hospital de Alicante —le pidió Amparo.
—¿Y qué van a hacer ellos? —se lamentó su nieta—. El mar está imposible.
—¡Hazme caso y llama! —insistió la abuela—. Si no pueden venir en barco que lo hagan en helicóptero.
Rosa marcó el teléfono.
—¡Necesitamos un helicóptero medicalizado en la isla de Tabarca!
—¿Cuál es la emergencia? —preguntó la operadora.
—Herido de bala. ¡Tienen que trasladarlo en helicóptero ya!
—Pero en Tabarca no hay helipuerto y encima ya es de noche.
Por la cara que ponía Rosa, su abuela supo que algo no iba bien. Se acercó donde estaba su nieta y le cogió el auricular.
—De usted depende que este joven que no llega a los treinta años viva o muera.
Hay que trasladarle a un hospital urgentemente.
Tiene una herida en el abdomen que sangra mucho.
Le han disparado. Solo hay una forma de que este hombre salga de la isla y es en el helicóptero que tienen ahí.
Si no lo mandan ya, no habrá nada que hacer y se lamentará toda la vida por no haberle ayudado.
—Ya, pero…
—Dígame qué necesita para mandar el helicóptero.
—Pues una zona plana e iluminada donde aterrizar.
—La tendrá. ¿Cuánto tardarían en llegar?
—Espere un momento.
La operadora consultó con su superior. Los gritos de Teo se colaban por el teléfono. Rosendo, Felipe y Rosa estaban a su lado tratando de calmarle y taponando la herida para que no sangrara tanto.
—Se está preparando ya el equipo para salir. En unos quince minutos estarán en Tabarca. Pero si al llegar el piloto no ve un lugar seguro donde aterrizar, se dará media vuelta.
—¡Gracias! El piloto tendrá un helipuerto bien iluminado en la isla.
Amparo colgó.
—¡Rápido! Dolores, coge las linternas que haya en el hotel. Rosendo y Rosa, salid a la calle y llamad a todos los vecinos que podáis. Que vayan a la puerta de San Gabriel con una linterna. Formad allí un círculo e iluminad el suelo para que el helicóptero sepa dónde tiene que aterrizar.
Felipe se quedó con Teo mientras el resto corrió a buscar ayuda y linternas.
Rosendo y Rosa salieron del hotel. Comenzaron a tocar los timbres de los vecinos y a explicarles la situación.
En cuestión de minutos, más de treinta tabarquinos caminaban en medio de la noche rumbo al extremo oeste de la isla.
Dolores cogió las tres linternas que encontró en el despacho de Luis y volvió a la recepción. Se agachó junto a Felipe y le susurró al oído.
—Pero ¿qué has hecho? Solo tenías que asustarle, que el arpón cayera al agua cerca de Teo para que se sintiera amenazado y se marchara de aquí.
—Yo no he sido. Le ha disparado Aziz.
Nada más escuchar ese nombre, Dolores notó un sudor frío por la frente. Las piernas le temblaron. Recordó la primera vez que vio al tunecino, justo antes de quedarse ciega, y sintió el mismo miedo de entonces.
—¡Vamos! —gritó Rosa desde el umbral—. Los vecinos ya están de camino. ¡Hay que llevar a Teo!
Felipe y Rosendo cogieron al biólogo en brazos.
Rosa le agarró de la mano y no paraba de hablarle para mantenerle despierto.
A lo lejos comenzaron a escuchar el ruido del helicóptero.
En apenas un minuto llegaron a una explanada de tierra que había entre las viviendas y la muralla que rodeaba la isla.
—¡Hay que hacer un círculo lo más grande que podamos con las linternas apuntando hacia abajo! —gritó Rosa para que le escucharan todos.
Los vecinos formaron una cadena de luces que dibujó en el suelo un improvisado helipuerto.
El sonido de las aspas era cada vez más intenso.
El helicóptero se acercó al extremo oeste de Tabarca.
El piloto vio con claridad la zona donde podía aterrizar.
Era una maniobra arriesgada. Soplaba viento de levante y esas diminutas luces que veía desde la cabina eran personas.
Una ráfaga imprevista o un movimiento en falso y aquello podía acabar en tragedia.
La tierra comenzó a levantarse por la rotación de las aspas.
Los vecinos se protegieron los ojos con la mano que tenían libre.
Poco a poco el helicóptero fue descendiendo hasta posarse en el suelo.
Entonces Felipe y Rosendo corrieron hacia el aparato junto con Rosa, que no soltaba a Teo.
La puerta de la cabina se abrió y un sanitario ayudó a que subieran al biólogo.
Rosa quiso ir con él, pero el copiloto negó con la cabeza.
—Te quiero, Teo —le gritó entre lágrimas.
—Volveré a por ti, Rosa. Eres lo mejor que me ha pasado —le susurró él—. Te quie…
Los ojos del biólogo se pusieron en blanco.
—¡Noooooo! —gritó Rosa.
—¡Tenemos que marcharnos! —urgió el médico.
La puerta del helicóptero se cerró ante la desesperación de Rosa.
Las aspas giraban cada vez más rápido. De nuevo, el remolino de polvareda.
El perfecto círculo de linternas se desvaneció en cuanto el aparato comenzó a elevarse.
Los vecinos regresaron a sus casas. Arrodillada en el suelo Rosa miraba en el cielo las luces parpadeantes del helicóptero, que se movían con rapidez hacia el hospital.
Felipe se acercó y la ayudó a levantarse.
Apoyada en él, los dos llegaron a la puerta del hotel.
En la recepción esperaba Amparo. La duración del abrazo que se dieron fue proporcional a la pena que sentía Rosa.
Le faltaba el aire. Era como si sus pulmones hubieran menguado en un instante y apenas recibieran oxígeno.
Solo el calor de su abuela consiguió mitigar un poco su angustia.
—Se va a poner bien —dijo Amparo con firmeza.
—¿Me lo prometes?
—Te doy mi palabra.
Escuchar a su abuela hablar con tanta convicción la serenó. Amparo le secó las lágrimas.
—Vete a la cama a descansar. Teo ya está en las mejores manos. Mañana seguro que tendremos buenas noticias.
Como un zombi subió las escaleras hasta su habitación. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Teo con los ojos en blanco. Tras varias horas de desvelo consiguió dormirse mientras el biólogo se debatía en una camilla entre la vida y la muerte.