Capítulo 32
— Hija, no has cenado casi nada. ¿Es que no te gusta el pescado? Lo he preparado como siempre.
—Estaba muy bueno, madre, pero me encuentro un poco hinchada. Serán gases, imagino. Prefiero no comer más por si me sienta mal.
—Si es por eso, vale. Pero ahora que estás al frente del faro tienes que coger fuerzas.
—Qué orgullo siento cuando veo esa luz brillar cada noche, hijita. —Vicente le guiñó un ojo.
—He aprendido del mejor, padre.
—Siento que te hayas tenido que ocupar tan pronto del faro. Maldita caída.
—Así descansas, que llevas toda la vida trabajando. Además, a mí me gusta. Bueno, voy a recoger la mesa, que ya es tarde.
Esperanza se levantó de la silla.
—Madre, siéntate, me encargo yo. Bastante que has cocinado tú.
Julia llevó los platos a la cocina. Tiró los restos de comida a la basura y apartó el pescado que se había dejado para Samy junto con un trozo de pan y algo de fruta.
Fregó la loza para hacer tiempo y encendió el faro.
Después comprobó que sus padres ya se habían dormido.
Subió con sigilo con el plato de comida y tocó en la puerta de la habitación. Esta vez sí que abrió.
—¿Todo eso es para mí?
—Me hubiera gustado traer más, pero…
—¡Muchas gracias! —le interrumpió—. Qué buena pinta tiene.
Cogió el plato, lo puso encima de la mesita y comenzó a devorar la comida. Julia observaba la cara de felicidad de Samy al comer.
—Mientras terminas voy a ir a por una palangana con agua caliente para que puedas asearte. También te traeré algo de ropa.
Julia bajó a la cocina a calentar agua en una olla. Después fue a la habitación de su padre y cogió unos pantalones y una camisa.
—Te he dejado la palangana en el aseo. Y aquí tienes la ropa. —La puso sobre la cama—. Yo estaré arriba un rato.
Veinte minutos más tarde Samy salió al balcón del faro con una camisa varias tallas más grandes que su atlético cuerpo. La melena mojada la tenía recogida tras las orejas, lo que dejaba al descubierto sus marcadas facciones.
—Gracias por todo lo que estás haciendo por mí. No tenías por qué tomarte tanta molestia. No sé cómo recompensar tu hospitalidad.
—Ya me regalaste un ramo de flores.
—Eso no es nada comparado con la comida, la ropa, el agua caliente…
—Tampoco te iba a dejar morirte de hambre. Además, te hacía falta pasarte el jabón.
Julia se dio cuenta de lo mal que había sonado su comentario.
—A ver, quería decir que…
Julia intentó suavizar sus palabras. Samy se adelantó.
—Después de tantos días a la deriva, sí, lo necesitaba. Tenía la piel llena de salitre del mar.
—¿De qué estás huyendo?
—De mi pasado —respondió lacónico.
—Imagino que también de alguien, ¿no? Porque del pasado no se defiende uno con un cuchillo.
—Siento haberte asustado. Desperté sin saber dónde estaba y pensé que eras uno de mis dos hermanos. Huyo de ellos.
Julia esperó a que Samy siguiera contándole, pero con su silencio supo que no quería hablar más del tema.
—Y ¿de dónde eres? No tienes aspecto de ser de por aquí.
—Mi familia es de Túnez, pero yo nunca he vivido allí. ¿Puedo hacer yo ahora las preguntas?
—Adelante.
—¿Cómo es que una chica tan joven está a cargo del faro? Siempre me he imaginado a los fareros como hombres mayores con camisas a cuadros como esta. —Samy la señaló.
—Un accidente casero mantiene a mi padre apartado de momento de su pasión. Así que es pasajero. No sé cuándo volverá a estar aquí arriba, pero volverá.
—Tienes un trabajo muy bonito, Julia.
—Gracias. No sabes la de barcos que se han salvado de encallar desde que construyeron este faro a mediados del siglo pasado.
Nuestra luz es vital para que los capitanes nos vean en la distancia.
Tabarca es muy traicionera, porque hay muchos peñascos alrededor y las aguas que la rodean no tienen mucho calado.
Además, no es fácil verla en noches oscuras porque es muy llana.
La conocemos cariñosamente como Isla Plana.
—¿Podrías hacerme un favor?
—Claro, dime.
—Me encantaría saber cómo se encienden los faros. Siempre los veo en la distancia y ahora que estoy en uno de ellos me gustaría ver cómo son por dentro y la puesta en marcha.
—Pues esta noche tendrás una clase práctica.
Samy sonrió.
—Antes de mi lección voy a contarte una curiosidad.
Los faros son como un corazón. Cada uno late a un ritmo diferente.
Bien por destellos, bien por rotación como este, la luz que emiten ilumina el horizonte con una cadencia constante.
Así que basta con contar el tiempo entre brillo y brillo para saber de qué faro se trata.
Por ejemplo, este hace un giro completo cada…
—Siete segundos y medio —sentenció Samy.
Julia se le quedó mirando extrañada.
—¿Cómo lo sabes?
Pensó unos segundos la respuesta.
—Digamos que en mi familia somos expertos navegantes.
Samy temía que si le contaba toda la verdad le echaría de allí, así que optó por decirle lo justo para no mentirle.
—Me parece muy complicado navegar por el inmenso mar y no perderse —reflexionó Julia.
—Es más fácil de lo que te piensas. Nos guiamos por las estrellas.
—¿Y no usáis brújula?
—También, pero la mejor brújula son siempre las estrellas. Esas nunca fallan y siempre las tienes a mano.
—A no ser que esté nublado.
—Esos días, si estamos lo suficientemente cerca de la costa, nos guían los faros. Nos ayudan a saber dónde estamos y fijar el rumbo.
Siguieron hablando durante horas. Ella, de su día a día en la isla.
Él, de la vida en el mar. Navegaron entre anécdotas y vivencias hasta que Julia encalló en un profundo sueño acomodada en su regazo.
Con cuidado de no despertarla, Samy se levantó del suelo y bajó por la escalera de caracol hasta su habitación.
Cogió un cojín y una sábana, y volvió a subir.
Tapó a Julia y colocó el cojín bajo su cabeza.
Se dirigió de nuevo a su habitación y sacó la bolsa de rafia de debajo de la cama.
En el interior había un pequeño hatillo hecho de un trozo de camisa antigua.
Era como una pequeña bola que contenía varios objetos.
Se la guardó en el pantalón y fue a la planta baja.
Allí dormían Vicente y Esperanza. Caminó con sigilo hasta llegar a la puerta de entrada. La abrió con sumo cuidado y salió.
Siguió el camino que llevaba del faro hacia las casas.
Aunque hacía más de cinco años de su última visita a Tabarca, se acordaba perfectamente de cómo llegar a la iglesia.
Aunque era muy tarde y no esperaba encontrarse con nadie, llevó cuidado de no ser visto.
Tras unos minutos andando vio la fachada lateral del templo.
Llegó a la puerta principal. Cerrada. La otra, también.
Pensó en dejar lo que ocultaba en el pantalón sobre el último escalón, junto a la pared, pero tenía que cerciorarse de que llegaba a la persona indicada.
Así que optó por golpear con fuerza tres veces la puerta.
Samy se colocó tras una palmera. Al rato se abrió la puerta y salió el cura ataviado con una bata.
Miró a su alrededor, pero no vio a nadie.
Cuando se iba a meter de nuevo en la iglesia se percató del hatillo que había en el suelo.
Lo cogió y regresó adentro. Los gritos de euforia reverberaron por cada rincón del templo.
—Una cosa menos —se felicitó Samy.
Regresó al faro y subió al balcón. Allí continuaba durmiendo ella. Él se colocó a su lado y le acomodó la cabeza en su regazo. Julia despertó cuando el horizonte empezó a clarear. Al abrir los ojos se descubrió recostada sobre las piernas de Samy.