Capítulo 31
Rosa y Teo clavaron la mirada en aquella roca de unos treinta centímetros de largo con una pequeña cruz de metal oxidada en la parte superior.
—Es el pisapapeles de mi padre —dijo ella sorprendida.
—¿Desde cuándo lo tenía?
—Pues no sabría decirte seguro.
—Pero ¿lo recuerdas desde que eras pequeña o más reciente?
—No sé a dónde quieres llegar.
—Mira bien la roca.
Teo se la acercó a los ojos.
—¿Ves todo esto? Son restos de vida marina: moluscos y algas. Esta roca ha estado mucho tiempo bajo el mar. No es un simple pisapapeles. Fíjate en esta cruz.
Rosa la inspeccionó de cerca.
—Por el nivel de corrosión que tiene, debió de estar sumergida en el agua salada decenas de años.
El que colocó esta cruz quería señalar algo.
Así que estoy convencido de que tu padre encontró lo que había debajo y se lo llevó junto con esta roca, que desde entonces utiliza para que los documentos no se vuelen de su mesa.
Y por eso Aziz entró al hotel dos veces.
—Hay algo que no cuadra en tu teoría. Si dices que mi padre lo encontró, ¿por qué Aziz te robó el carrete de fotos?
—A lo mejor él no sabe que Luis recuperó del mar lo que se ocultaba bajo la roca y piensa que aquí, en el despacho, hay alguna pista para localizarlo. Un mapa, quizá.
—Pero ¿qué dices de un mapa?
—Es la única explicación que se me ocurre al «no robo» —enfatizó Teo—. Porque, en teoría, no sustrajeron nada. O quizá se llevaron algo que ni siquiera sabías que estaba aquí.
Rosa cogió un portarretratos del escritorio.
En la foto salía ella con ocho años junto a su padre.
Los dos sonrientes, abrazados, felices. Entonces pensó en todo lo que había ocurrido esos días atrás.
«¿Por qué no me contaste nada, papá? ¿Por qué te llevaste el secreto a la tumba?
». Las preguntas se agolpaban en su mente.
Para ninguna tenía respuestas. Su impotencia se convirtió en lágrimas.
—¿Estás bien? —Teo le dio un pañuelo.
—Sí, han pasado muchas cosas últimamente y me gustaría que él estuviera aquí… —Le dio un beso a la foto y volvió a dejarla en el escritorio—. Deberías ir a trabajar antes de que se haga más tarde.
—¿Seguro que no quieres que me quede?
—No te preocupes, vete tranquilo.
Teo insistió. Rosa agradeció su preocupación, pero le volvió a pedir que se marchara.
—Esta noche nos vemos. Aprovecha ahora que ha vuelto a salir el sol. Estas aguas son traicioneras y no se sabe cuánto tiempo van a estar en calma.
El biólogo cogió su mochila y salió. Sorprendió a Dolores caminando cerca de la puerta. Les había estado escuchando, lo supo nada más verla. Ella asumió que la había descubierto. Ninguno de los dos dijo nada. Teo se fue del hotel. Dolores meditó un plan.
Se colocó el neopreno nada más llegar a Punta Falcón. A lo lejos el cielo arrastraba un mar de nubes con lentitud hacia Tabarca. Teo no sabía cuánto iba a durar la tregua, pero necesitaba avanzar el trabajo. Localizó en el mapa la zona que tenía que analizar ese día y se metió en el agua.
Teo hizo un pequeño descanso para comer un bocadillo.
Terminó de coger fuerzas y regresó a un mar que se agitaba cada vez más.
Salió para cambiar el carrete de la cámara de fotos y comprobó que las nubes estaban muy cerca.
El viento de levante las empujaba con rapidez.
Parte de la isla ya estaba cubierta. Era cuestión de minutos que llegaran hasta él.
Bucear en aquellas aguas era cada vez más peligroso.
El tiempo se agotaba ese día, pero quería aprovechar hasta que las condiciones climáticas se lo permitieran.
Aziz intentó pasar lo más desapercibido posible en el barco que le devolvió a la isla.
Por suerte, apenas llevaba pasajeros. Esperó a que desembarcaran todos para no cruzarse con nadie.
Fue directo a la antigua escuela junto a la iglesia, su refugio desde su llegada a Tabarca.
Levantó el colchón del suelo y sacó la pistola que había escondido bajo una baldosa suelta.
Cargó el tambor con seis balas y se guardó el arma en la chaqueta.
Rosendo estaba inquieto. Hacía varios días que no tenía noticias de Aziz y no sabía cómo interpretar su repentina huida.
Si es que realmente se había marchado. De ser así, solo significaría una cosa: que había encontrado aquello que vino a buscar y que le había traicionado.
Se maldijo por haberle ayudado todo este tiempo.
Se sintió engañado, utilizado y despreciado.
Pero entonces cayó en la cuenta de la tormenta que les había mantenido incomunicados.
«Quizá se quedó atrapado fuera de Tabarca y por eso no le he visto desde entonces».
Ese pensamiento le tranquilizó. Todavía había esperanza de conseguir aquello que tanto anhelaba, el motivo por el cual había propiciado situaciones impropias para un sacerdote.
Rezó un padrenuestro, se santiguó y continuó con sus quehaceres.
Dolores salió de casa de Felipe con una sonrisa triunfal.
Le había costado menos de diez minutos convencer al pescador.
Pero aún necesitaba algo más: calmar su culpa con la venia divina.
Sus profundas convicciones religiosas le impedían dar un paso adelante sin antes explicar sus motivos a Dios y pedir su indulgencia.
La puerta de la iglesia estaba abierta. El sonido de sus tacones alertó a Rosendo, que se asomó desde la sacristía.
Nada más verla supo que quería redimir sus pecados.
Fue hacia el confesionario y se colocó tras la rejilla de madera.
Dolores se acercó hasta allí y se arrodilló en el reclinatorio.
—Ave María Purísima —dijo el cura.
—Sin pecado concebida. Padre, vengo a pedir perdón por lo que Felipe y yo estamos a punto de hacer.