Capítulo 30
A Julia no le gustaba madrugar. La única recompensa era ver amanecer cada día. Un espectáculo visual desde un lugar privilegiado: lo alto del faro.
Apagó el sonido metálico del despertador de un manotazo y se levantó.
Se cambió de ropa y salió de la habitación.
Por inercia iba a subir directa por la escalera de caracol, pero entonces se acordó de Samy.
Tocó a su puerta. La abrió después de varios intentos sin respuesta.
Seguía vacía. Echó un vistazo rápido por la planta baja.
Sus padres seguían durmiendo. Todo estaba en su sitio.
No entendía por qué había desaparecido así, después de curarle las heridas y darle de comer.
Se sintió engañada, Samy había traicionado su buena fe.
Le solía pasar. Daba más de lo que recibía.
Le gustaba ayudar a los demás, aunque no siempre era correspondido.
Aun así, estaba orgullosa de su forma de ser.
A pesar de todo no se arrepintió de haberle ayudado.
Subió por la escalera de caracol a cámara lenta.
No estaba acostumbrada a dormir tan poco.
La noche había sido movida. Tras varios bostezos llegó a la parte más alta del faro.
El horizonte ya comenzaba a adquirir las tonalidades anaranjadas que anunciaban que el sol estaba a punto de asomarse.
Cerró la llave de paso del petróleo y, en segundos, la luz se apagó.
—¡Qué puntualidad! —Julia se asustó al escuchar esa voz a su espalda.
—Justo quince minutos antes de la salida del sol —continuó Samy.
—Pero ¿tú qué haces aquí? —preguntó mientras trataba de controlar la respiración tras el susto.
—Me dijiste que podía subir al mirador, ¿no?
—Ya, sí…, pero… pensaba que te habías marchado. De madrugada escuché un ruido y vi tu habitación vacía.
—Vaya, mira que llevé cuidado para no despertarte. Siento si te asusté.
—No pasa nada. Tengo el sueño ligero. Pero tampoco estabas aquí arriba. Subí a comprobar si el faro seguía encendido y no había nadie.
—Lo sé…, perdona por haber incumplido una de tus reglas. Pero te prometo que no volverá a ocurrir. Además, fueron solo unos minutos. Salí un momento al camino por el que vinimos para traerte una cosa.
Samy sacó la mano que tenía oculta tras la espalda y le dio un ramillete de flores amarillas.
—Esto sí que lo vas a aceptar, ¿no?
Julia se quedó callada. No podía apartar la mirada de la mano de Samy.
—¿Estás bien? —insistió Samy.
Ella asintió.
—Cuando anoche veníamos hacia el faro me fijé en estas flores silvestres que estaban por los márgenes del sendero. Pensé que sería un bonito gesto de agradecimiento. Espero que te gusten.
—Me encantan —acertó a decir emocionada.
—Iba a comprarte unas rosas, que son más bonitas, pero no le quedaban a la florista —bromeó.
—Muchas gracias por el detalle. —Julia sonrió, cogió el ramillete y olió las flores—. Estas sí que me las quedo. No tenías por qué molestarte.
—Ni tú que acogerme en tu casa, y lo has hecho.
—Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis —recitó ella de memoria.
Samy le miró con extrañeza.
—Lo dice la Biblia —aclaró Julia.
—Perdona por mi ignorancia. Es la primera vez que lo escucho, no profeso tu religión. Pero si tu Dios dijo eso, le doy gracias por haberte hecho partícipe de su palabra. Disculpa un momento.
El joven se dirigió al otro lado del pequeño balcón y se quedó mirando fijamente el horizonte.
—Qué amanecer más bonito tenéis aquí en la isla.
Julia se colocó a su lado.
—Es uno de los privilegios que tengo como farera. Cada mañana veo despertar un nuevo día.
Los siguientes minutos los pasaron en silencio contemplando cómo el cielo iba adquiriendo diferentes tonalidades anaranjadas mientras el sol superaba la línea del horizonte.
—Qué envidia poder ver esto cada día.
Samy se giró y descubrió que Julia estaba mirlándole a él. Avergonzada, desvió la vista hacia los brazos del joven.
—Esas quemaduras hay que refrescarlas de nuevo. Espérame aquí un momento, que voy a por las gasas.
Sin darle tiempo siquiera a responder, salió del balcón y fue al baño.
Mojó los paños con agua y vinagre y volvió a subir.
Se los colocó con cuidado sobre las rojeces de los brazos y con delicadeza hizo una leve presión con las manos para que el líquido empapara bien la piel.
En ese momento escuchó un ruido en la planta baja.
—Creo que mis padres se han despertado. Tengo que bajar. Por favor, ve a tu habitación y no salgas de allí hasta la noche. En cuanto se duerman iré a llevarte algo de comida.
—Bajo enseguida, no te preocupes. —Samy bostezó—. Me he quedado despierto para acostarme ahora, tal y como me dijiste. Dormirás durante el día y harás vida por la noche. Esas son las reglas, ¿no?
Ella asintió.
—Ahora te dejaré en la mesita unas galletas y rellenaré la jarra de agua. Te veo en unas horas.
Julia fue hacia la escalera. Samy se acercó por la espalda y le tocó en el hombro. Ella se volvió hacia él.
—Gracias por todo.
Se sonrieron mutuamente. Los dos se quedaron con más ganas de conversar. Ninguno lo dijo. Pero el mensaje les llegó a ambos con las miradas.
Julia abrió la portezuela que comunicaba con la escalera y bajó a la planta baja. Samy aprovechó unos minutos más para terminar de ver el amanecer de su nueva vida.
Mientras, en el puerto, Amparo aguardaba a que su padre regresara de pescar.
Lo hacía cada mañana. Poco antes de que saliera el sol ya estaba esperándole para ayudarle a sacar las capturas del barco.
Ese día algo llamó su atención: la figura de un chico espigado contemplando el amanecer desde lo alto del faro.