La isla de las flores amarillas Capítulo 29
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Capítulo 29

Mientras Teo cogía lo necesario para seguir con sus inmersiones en el Mediterráneo, pensó en todo lo que había ocurrido desde que llegara a la isla.

Hacer las fotos y el informe sobre la posidonia había pasado a un segundo plano de sus prioridades, que ahora se centraban en Rosa.

Estaba decidido a cambiar de vida y en cuanto llegara a casa iba a hablar con su mujer.

Pero antes tenía que acabar el trabajo que le había mandado el ministerio.

El parón del temporal había sido más largo de lo previsto, así que iba a necesitar más tiempo.

Cogió la mochila y bajó a la recepción. Pidió permiso a Dolores y usó el teléfono.

Le extrañó que tardaran tanto en descolgar.

Al séptimo tono escuchó una voz al otro lado del auricular.

—¿Quién?

No era su contacto. Teo pensó que se había equivocado al marcar.

—¿Hola? —insistió aquel desconocido.

—¿Anselmo Expósito? —preguntó el biólogo.

—Soy su jefe. No ha venido hoy a trabajar, está enfermo. Nada grave. ¿Quién le llama? ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Teodoro Sigüenza, el biólogo que está haciendo el trabajo de la posidonia en la isla de Tabarca.

Un silencio incómodo interrumpió la comunicación durante cinco eternos segundos.

—¿De qué trabajo me está hablando?

—¿Estoy llamando al Ministerio de Agricultura y Pesca?

—Sí.

—Disculpe, ¿y usted es…?

—Francisco Palacios, director general de Investigación Científica y Reservas Marinas del ministerio.

—¿Quién es entonces Anselmo Expósito?

—El subdirector del departamento.

—Pues quizá usted me pueda ayudar. Le llamo porque necesito más días para terminar el informe sobre la reserva de posidonia de Tabarca que me pidió Anselmo. Ha habido un temporal en la isla y no he podido bucear estos días…

—Perdone, Teodoro. Nosotros no hemos solicitado ningún informe externo sobre la reserva marina de Tabarca. Tenemos nuestro propio equipo de científicos que realiza un seguimiento periódico.

El biólogo se quitó lentamente el auricular de la oreja.

La conversación con ese tal Francisco le había hecho dudar hasta de sí mismo.

Necesitaba confirmar que era real el motivo por el que estaba en Tabarca.

Cerró los ojos y recordó la llamada que le hizo Anselmo semanas atrás, la documentación que le envió por correo con los mapas de la reserva para realizar el informe, el primer pago por adelantado que ingresaron en su cuenta bancaria al aceptar el trabajo…

Entonces colgó el teléfono. No estaba loco. Él había recibido ese encargo.

«¿Por qué el jefe de Anselmo no sabe que me ha mandado a Tabarca para este trabajo?», se preguntó.

En ese momento Rosa pasó por delante de él y se paró de golpe al verle la cara.

—¿Qué ocurre? Parece que hayas visto a un fantasma. —Él seguía con la mirada perdida—. ¿Estás bien? —insistió Rosa.

—No lo sé.

Teo le contó la conversación que acababa de tener por teléfono. Dolores lo escuchó todo desde su sillón.

—¿Qué vas a hacer? —Rosa señaló la bolsa que llevaba Teo con todo el material para bucear.

—A mí me han contratado para hacer un trabajo y tengo que acabarlo. De hecho, ya me pagaron un porcentaje del total. Aunque no sepa muy bien quién me mandó el dinero, pero lo recibí. Así que tengo que cumplir

—En el contrato debe de aparecer una firma, o un nombre, o el departamento del ministerio que…

—No tengo contrato —le interrumpió.

—¿Cómo te van a llamar para hacer un trabajo sin un contrato?

—Me dijeron que lo enviarían por correo para que lo firmara. Y ahora entiendo por qué nunca llegó.

Rosa levantó la ceja.

—Es evidente que el ministerio no ha contratado mis servicios, sino Anselmo Expósito a nivel particular valiéndose de su condición de subdirector del departamento de Investigación Científica y Reservas Marinas.

—Y ¿por qué iba a pagar él de su bolsillo ese informe que te pidió?

—Pues porque el estado de la posidonia de Tabarca no le importa un bledo. Me di cuenta cuando le llamé la otra vez y solo se interesó por las fotos. Ahí abajo debe de haber algo que es lo que de verdad le interesa a Anselmo. ¿Qué? No lo sé. Pero me ha pagado para que lo descubra.

—Esto es una locura.

—Espera. —Teo se dio cuenta de que Dolores estaba atenta a todo lo que estaba contando.

Le hizo una señal y le indicó que fueran al despacho de su padre. Con sigilo entraron y cerraron la puerta. Rosa se sentó en el escritorio. Teo se quedó de pie.

—Perdona, pero no me fío de ella —dijo el biólogo.

—No tienes que disculparte por eso. Dime.

—El robo en el hotel y en mi habitación.

—¿Qué tiene que ver con esto?

—¡Todo está relacionado! Piénsalo. ¿Qué cogieron de aquí del despacho?

—Aparentemente nada.

—Exacto. Y ¿qué me robaron a mí?

—El carrete de fotos y la libreta.

—¿No te das cuenta? Aziz quiere algo que hay en el mar y piensa que yo también lo estoy buscando. Por eso me quitó el carrete y dejó la cámara.

— Pero no sabemos seguro que Aziz robara ambas cosas…

— ¿Qué otra persona podría a ser? No hay más sospechosos.

—No lo sé… ¿Y qué hay de la libreta? ¿Por qué querría llevársela?

—Creería que tendría algo importante anotado ahí. Lo que está claro es que tu padre también sabía algo. ¿Para qué revolvió Aziz su despacho sino?

Rosa se puso de pie y comenzó a caminar en círculos para intentar pensar con más claridad. Teo vio algo en el escritorio que le llamó la atención. Se acercó y lo observó con curiosidad. Entonces lo tuvo claro.

—Fuera lo que fuese que había en el lecho marino, tu padre lo encontró. Y estaba debajo de esta roca.