Capítulo 28
Julia descendió todo lo rápido que pudo por la escalera de caracol.
Cuando llegó a la planta baja procuró no hacer ruido para no despertar a su padre, que roncaba en el camastro.
Su madre dormía en el sofá. Abrió la puerta con cuidado y salió del faro rumbo al este.
Corrió durante tres eternos minutos por el camino de tierra que conducía al cementerio.
Detrás, el mar. La imagen de aquella persona en la barca le venía una y otra vez a la mente.
Llegó al extremo de la isla, tras el camposanto, con la respiración agitada.
Buscó con la mirada la embarcación. Sin luna, el mar era una enorme masa negra.
Difícil ver algo sobre el agua. Entonces la luz del faro se alió con ella e iluminó el pequeño bote a unos metros de la orilla.
Sin pensarlo se metió al agua y nadó hacia allí.
Se asomó y vio a un joven tendido sobre uno de los dos maderos que hacía las veces de asiento.
No se movía. Julia agitó la barca para intentar que reaccionara.
Nada. Entonces vio cómo su pecho se hinchaba levemente.
—¡Sí que respira!
Pensó qué hacer. Concluyó que lo mejor era llevar la barca a la orilla y sacarle a tierra firme.
En la proa había una cuerda enganchada. La cogió y se la ató a la cintura.
Comenzó a nadar hasta que hizo pie y siguió caminando.
Encalló el bote en la cala de piedras y subió.
Frente a ella, un joven de piel morena y melena por los hombros que acababa de estrenar la mayoría de edad.
En los brazos tenía quemaduras por el sol.
En uno de ellos, bajo la manga hecha jirones, se asomaba un tatuaje de lo que parecía ser una brújula.
Una bolsa de rafia y varias latas de conserva vacías era todo cuanto había en la embarcación.
Julia subió y se puso al lado de aquel desconocido.
Le dio unos golpecitos en el hombro, pero no reaccionó.
Entonces intentó cogerle en brazos para sacarle de la barca.
Justo cuando le asió por la espalda para incorporarle, se despertó.
Abrió los ojos lentamente. En cuanto vio a Julia se revolvió y se zafó de ella.
Cogió la bolsa de rafia y la apretó contra el pecho.
Después, sacó un cuchillo del bolsillo del pantalón y con la mano temblorosa lo digirió hacia Julia, que de un salto bajó del bote.
El joven miró a su alrededor, nervioso. No sabía dónde estaba ni quién era esa chica.
Entonces alzó la vista y vio el faro. Sonrió tímidamente.
Lo había conseguido. Dirigió la vista a la joven.
Pero Julia, asustada, se dio la vuelta y comenzó a correr rumbo a casa
—¡Espera, por favor! ¡Ayúdame!
Ella le escuchó, pero siguió sin mirar atrás. El chico intentó bajar de la barca, pero estaba tan flojo de fuerzas que tropezó y cayó fuera. Julia oyó el golpe y se detuvo.
—Por favor, necesito tu ayuda —volvió a suplicar con la voz entrecortada.
Julia se giró. Vio al muchacho tendido sobre las piedras de la cala y se acercó despacio con la mirada clavada en el cuchillo que todavía sostenía con la mano derecha.
Cuando estaba a tan solo unos metros, el joven se percató de que ella no le quitaba ojo al cuchillo.
Entonces lo lanzó al mar. Con dificultad se puso de pie.
—Te lo suplico. Mi vida corre peligro. Necesito ocultarme durante un tiempo.
Los ojos del muchacho no mentían. Al menos era la sensación que le daba a Julia.
Vio en su mirada miedo, angustia, cansancio y compasión.
No tenía claro qué hacer. Por un lado, sentía que tenía que ayudarle.
Se había desprendido del cuchillo y en esas condiciones no representaba un peligro para nadie.
Hasta un leve soplido de viento podría comprometer su precaria estabilidad y hacerle caer de nuevo.
Pero, por otra parte, no le conocía de nada.
El chico vio las dudas en la mirada de la joven. Entonces se giró, sacó de la bolsa de rafia una moneda de oro, dio un par de pasos hacia ella y se la ofreció. A pesar de la oscuridad por la ausencia del reflejo de la luna, aquel trozo de metal brillaba con intensidad. Julia lo tuvo claro.
—Guárdate eso y vente conmigo.
Él volvió a ofrecerle la moneda, pero ella de nuevo la rechazó.
—Vamos, hay que ponerte algo en esas heridas.
Estaba tan deshidratado que ni siquiera pudo expresar su gratitud con lágrimas.
Un escueto y sentido «Gracias» fue todo lo que la emoción le permitió pronunciar.
El chico siguió a Julia a paso lento. Hacía varios días que no comía nada y se movía con torpeza.
Los últimos metros hasta llegar al faro los hizo del brazo de Julia.
—Por favor, no hagas ningún ruido ahora. Mis padres duermen. Tendremos que subir varias escaleras. ¿Podrás?
Él asintió.
Julia abrió la puerta con delicadeza, procurando que las bisagras no los delataran.
Ella entró primero. Comprobó que su padre seguía roncando.
Esperanza yacía a su lado en el sofá. Desde el accidente optó por acostarse con él también en la planta baja, por si necesitaba algo durante la noche.
Julia le hizo una señal para que pasara.
Pisó con los pies descalzos el frío suelo del faro.
Cuando se giró para cerrar la puerta, la bolsa de rafia que tenía colgada a la espalda cochó contra la pared.
Un sonido metálico les aceleró el corazón.
Vicente dejó de roncar por un instante. A los pocos segundos retomó su sinfonía.
Julia le indicó que le siguiera. Fueron hasta el final de la estancia, donde estaban las escaleras que conectaban con la planta superior.
Julia se quitó los zapatos para no hacer ruido.
Los dos llegaron descalzos al primer piso.
Había varias habitaciones. Una de Julia, otra de sus padres y varias que siempre estaban vacías. Abrió una de ellas y encendió la luz.
—Espérame aquí sin hacer ruido. Vengo enseguida.
Obedeció.
Julia bajó de nuevo las escaleras y entró en la cocina.
Cogió una jarra de agua, un vaso, un par de plátanos, pan, galletas y unos tomates.
Volvió a subir y le dejó toda la comida sobre la mesita de noche.
Lo primero que hizo el chico fue beberse la jarra de agua entera.
Después devoró los plátanos. Julia se ausentó unos minutos y regresó con unos paños mojados en agua y vinagre.
Se los colocó en los brazos sobre las quemaduras del sol.
Notó alivio al instante. Mientras, seguía comiendo.
—Gracias por salvarme —dijo entre bocado y bocado.
—Espero no arrepentirme de esto.
Él dejó de masticar.
—Estaré en deuda contigo toda la vida. Pídeme lo que quieras y lo haré por ti.
—Solo te pido que mis padres no se enteren de que estás aquí, porque si no seré yo la que corra peligro. Dormirás durante el día y harás vida por la noche. Eso sí, dentro de estas cuatro paredes. A lo sumo puedes salir al balcón que hay arriba.
—Lo que tú me digas.
—Me llamo Julia, por cierto.
—Yo soy Samy. Encantado.
Se estrecharon las manos.
Después de comérselo todo, Samy notó que su cuerpo volvía a responder.
—Bueno, yo me voy a dormir, que madrugo mucho. Por la mañana te tocaré en la puerta a ver qué tal estás. Por favor, no hagas ruido ni bajes a la planta baja.
—No te preocupes. Me quedaré aquí arriba.
—Si quieres, puedes subir por esas escaleras de caracol. Hay unas vistas muy bonitas de la isla desde el balcón del faro. Y así te dará un poco el aire.
—Muchas gracias por todo.
Julia se dispuso a salir de la habitación. Cuando iba a cerrar la puerta, se giró de nuevo.
—No te conozco de nada y te he metido en mi casa. Me fío de mi instinto y de tu mirada. Creo que me dices la verdad. No me defraudes.
Samy tragó saliva. «Todavía no te he dicho toda la verdad», pensó.
—Solo quiero que pase el peligro y recuperarme para llegar a mi destino. Mientras esté aquí no te vas a enterar de mi presencia. Puedes estar tranquila —Samy sacó de nuevo la moneda de oro—. Por favor, quédatela en compensación por las molestias y en agradecimiento por tu hospitalidad.
Ella negó con la cabeza.
—Tu mirada sincera y esa moneda te han abierto las puertas de mi casa. Intuyo que tienes más en ese saco, así que al menos sé que no me vas a robar —rio—. Buenas noches, Samy. Descansa.
Julia cerró la puerta y se marchó a su habitación. Comprobó en el libro de tablas del Observatorio Astronómico la hora de la salida del sol del día siguiente.
—A las 7:27.
Ajustó el despertador que tenía sobre la mesita de noche a las siete y diez y se metió en la cama.
Al principio le costó dormirse pensando en lo que había sucedido con Samy, pero el cansancio fue más perseverante que su curiosidad.
Aunque el sueño duró poco. A las tres de la mañana le sobresaltó un ruido.
Se levantó y subió por las escaleras de caracol para comprobar que la luz del faro seguía encendida.
Todo en orden. Bajó de nuevo y fue a ver si Samy se encontraba bien.
Tocó en la puerta. Sin respuesta. Volvió a golpear con los nudillos.
Nada. Abrió con cuidado. La cama estaba vacía.