La isla de las flores amarillas Capítulo 27
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Capítulo 27

Los dos volvieron a leer la frase en voz baja y clavaron la mirada en la firma y el año.

—No puede ser una casualidad —afirmó Teo.

—No creo que haya muchos extranjeros en nuestro país con el apellido Ward y que justo hayan estado en Tabarca. Así que Aziz y el que ha escrito ese mensaje tienen que ser familia.

—Yo he pensado lo mismo nada más verlo, pero han pasado…

—Sesenta y cuatro años —calculó Rosa.

—Es mucho tiempo. A lo mejor Aziz es su hijo.

—Yo creo que no. Por la foto que vimos en el periódico, me pareció más joven, no llegará a los cuarenta.

—A ver, que el tal S. escribiera el mensaje en 1927 no quiere decir que fuera ya padre en esa fecha. Quizá lo fue años después y Aziz sí que es su hijo. O su nieto.

—Tienes razón. Lo que está claro es que son familia.

—De eso no hay duda. Nos falta por saber su parentesco y, sobre todo, por qué Aziz vino a Tabarca tanto tiempo después de que su antepasado estuviese aquí.

—No sé quién nos podría ayudar…

—Solo se me ocurre el farero que se encargaba de mantener este lugar en funcionamiento.

—Hace tiempo que este faro no está habitado…

—Ya sé quién nos puede ayudar. —Teo se puso de pie.

—Sorpréndeme.

—¿Qué edad tiene Amparo?

—Acaba de cumplir los ochenta y ocho.

—Entonces tenía veinticuatro en 1927, cuando S. Ward escribió esa frase. Ella también conocería a la familia que vivía aquí en el faro.

—¡Buena idea! Mi abuela es de las personas más mayores de Tabarca. Seguro que sabe qué pasó con ellos.

Guardaron las mantas y regresaron al hotel. Esperaron a terminar de desayunar para hablar con Amparo a solas. Rosa le hizo una señal y se fueron los tres a su habitación tras tomarse el café.

—Abu, hemos descubierto algo y necesitamos tu ayuda. ¿Conoces a un tal S. Ward?

La anciana se quedó un rato pensando.

—No tengo ni idea de quién es. Ese apellido no es de aquí. Podría ser un turista.

—Hemos encontrado una frase escrita allí arriba. «Tú serás el faro que ilumine mis pasos hacia la eternidad, a siete segundos y medio de ti. S. Ward, 1927».

Amparo abrió los ojos de par en par. Nada más escuchar ese año, su memoria la trasladó a la Tabarca de su adolescencia. Entonces se acordó de su amiga, de las tardes jugando juntas y del día en que todo cambió.

—El chico del faro —suspiró.

—¿Quién es ese? ¿Vivía allí? —preguntó la nieta.

Una lágrima afloró la tristeza que Amparo tenía clavada desde la última vez que vio a su amiga. Rosa le dio un pañuelo.

—Abu, si no quieres, no hace falta que…

—Estoy bien —la interrumpió—. Ha pasado mucho tiempo de aquello…

—Sesenta y cuatro años —apuntó Teo.

—Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Perder a tu mejor amiga de un día para otro y sin saber por qué es muy duro.

—¿Se murió?

—No. Al menos que yo sepa. Simplemente desapareció. Ella y sus padres. Sin dejar rastro, sin despedirse. Se marcharon sin más.

—¿Nunca supiste nada más de ellos?

Amparo negó con la cabeza.

—Y ¿quién era el chico del faro?

—No lo sé, pero le vi. Eso lo tengo claro, a pesar de que me quisieran convencer de que era el farero. Pero no. Era un chico joven. Tengo esa imagen grabada en mi retina. Y no fue solo un día.

—Abu, no entiendo nada de lo que me estás contando.

—En los años veinte casi todos los tabarquinos se dedicaban a la pesca.

De madrugada salía de casa para ir al puerto y ayudar a mi padre con las capturas.

Como no sabía a qué hora exacta iba a llegar, procuraba estar allí cuando todavía era de noche.

Me encantaba ver amanecer. Y a él también, porque durante varias semanas ese chico se asomaba en lo alto del faro a ver los primeros rayos del sol.

Su silueta se perfilaba en el cielo anaranjado.

Era una estampa preciosa. El faro, él y la luz de un día recién estrenado.

Llegó a obsesionarme hasta el punto de levantarme de la cama deseando verle.

No porque estuviera enamorada de él ni nada por el estilo.

Simplemente me gustaba comenzar el día así, contemplando la postal más bonita de Tabarca. Me relajaba.

Hizo una pequeña pausa y bebió un poco de agua del vaso que había en la mesita.

—¿Cómo se llamaba ese chico?

—Me lo acabas de decir tú: S. Ward.

—¿Cómo estás tan segura de que es él? —se extrañó Rosa.

—En ese faro solo entraban tres personas: Vicente, Esperanza y Julia. La familia Parodi. Nadie más. Así que ese tal S. Ward tiene que ser el chico que veía yo cada amanecer.

—¿No te acercaste a hablar con él?

—Nunca. Tuve la tentación de hacerlo varias veces, pero al final siempre me arrepentía. No quería hacer nada que distorsionara esa imagen onírica que me llenaba de paz.

—Pero antes has dicho que te hicieron creer que era el farero. Así que sí lo hablaste con alguien.

—Sí, muy al principio. Se lo pregunté a Julia.

Dijo que sería imaginación mía, que allí no subía nadie más que su familia.

Noté en su mirada que me estaba mintiendo, pero ya no insistí.

No sé por qué lo hizo, sus razones tendría, aunque no las quiso compartir conmigo.

Yo estoy segura de lo que vi y cada mañana seguía acudiendo a mi cita en la distancia con aquel desconocido hasta que un día desapareció.

Sin más. Me sentí huérfana. A pesar de no conocerle, ni saber su nombre, ni haber hablado nunca con él.

Pero me gustaba ver su silueta en lo alto del faro. Tengo esa imagen grabada en la retina.

Siguieron hablando un buen rato de la adolescencia de Amparo en la isla, de cómo era la vida allí sin luz, ni teléfono ni agua corriente.

Más que vivir era sobrevivir. Al tiempo que les contaba anécdotas del pasado, a pocos kilómetros de allí, en Santa Pola, Aziz Ward se subía al primer barco que puso rumbo a la isla tras la tormenta.