Capítulo 26
— Ya voy, padre.
Julia bajó por la escalera de caracol todo lo rápido que pudo. Los gritos de Vicente se escuchaban por todo el faro. La joven llegó a la planta baja, donde habían instalado una cama para que el farero pudiera dormir, ya que era incapaz de subir al primer piso, donde estaba su habitación.
—¿Otra vez el dolor?
—Sí, hija. Ya se ha pasado el efecto de la pastilla. He intentado aguantar un poco, pero es como si la pierna me hirviera por dentro.
—Es normal, padre. Ya escuchaste al doctor. Estas fracturas son muy dolorosas y tardan en curarse. Por eso es importante que no muevas la pierna.
—Pero si no me puedo ni levantar.
—Mejor. Antes se soldará el hueso. Voy a traerte una aspirina.
Julia fue al aseo y abrió el botiquín que tenían colgado de la pared. Cogió una pastilla de ácido acetilsalicílico y volvió con su padre.
—Toma. Pronto te encontrarás mejor.
Vicente se la tragó y bebió agua del vaso que había sobre la mesita de noche.
—Gracias, hijita.
—Padre, tengo dieciséis años, ya no soy una niña.
—Para mí siempre serás mi hijita —sonrió.
Julia le dio un beso en la frente y le rellenó el vaso de agua.
—Si me necesitas, estaré en la cocina con mamá. Estamos preparando un caldero que te va a hacer andar de nuevo, ya verás.
—Ojalá fuera así. Por cierto, recuerda que hoy es luna nueva, la noch…
—La noche más importante para un farero —le interrumpió—. Sí, padre. Lo sé, lo tengo presente.
—Tiene que brillar esa luz…
—Como si el mismísimo sol estuviera en lo alto de nuestro faro.
Julia completó la frase que llevaba escuchado cada mes desde que tenía uso de razón. Esa cantinela de su progenitor se le había grabado en la cabeza. Era como el padrenuestro, pero de los fareros.
—Ya he limpiado el cristal tras la linterna. Y el mecanismo giratorio de la luz está bien engrasado. Todo preparado para la noche más importante para un farero —repitió con cierta sorna Julia.
—Qué orgulloso estoy de ti, cariño mío.
—He tenido al mejor maestro enseñándome el oficio desde que era una niña. Así que no te preocupes, porque esa luz va a brillar tal y como lo lleva haciendo los últimos setenta y tres años.
Para Vicente era su primera luna nueva sin estar a cargo de su querido faro.
Esa torre circular era su vida. Había nacido allí mismo, en la planta baja de aquella construcción de mediados del siglo XIX que desde entonces fue, primero su hogar y, poco después, su medio de subsistencia.
Aunque era algo más que un trabajo. Allí se sentía realizado.
Tenía una relación muy especial con el faro, era como una extensión de su propio cuerpo.
Con la luz que él mantenía encendida cada noche ayudaba a los barcos a guiar su rumbo y, sobre todo, a no quedar encallados cerca de Tabarca.
Por eso le dolía tanto no estar en el punto más alto de la isla precisamente aquella oscura noche en la que la luna estaba apagada.
Las horas se sucedían con desgana para Vicente, que solo podía guardar reposo en el improvisado camastro.
El aroma del caldero le sacó de su estado de hastío.
La hora de la comida era uno de los pocos alicientes que tenía en su día a día.
Al menos durante ese rato podía evadirse de su realidad y dejar de lamentar el absurdo tropezón al bajar por las escaleras de caracol del faro que le había costado la rotura del fémur.
—¿Está puesta la mesa, Julia? —voceó Esperanza desde la cocina.
—Sí, madre —respondió la hija desde su habitación en la primera planta—. Bajo ya y lo llevo todo al salón.
Minutos más tarde los tres conversaban en torno al plato humeante de caldero que Vicente fue el primero en devorar. Pidió repetir. Desde que estaba con la pierna rota sin poder moverse tenía más apetito.
Conforme se acercaba el verano, las tardes se alargaban y Julia podía disfrutar de su pasión por el mar.
Le encantaba sumergirse en las múltiples calas de la zona deshabitada de la isla.
Casi nunca había nadie por allí. Le gustaba contemplar bajo el agua el rico ecosistema marino.
Cuando veía una nueva especie de pez, memorizaba sus colores y después lo pintaba en una cartulina.
Esos dibujos decoraban las paredes de las estancias del faro.
Ese día el sol se ponía a las 20:37. Desde que estaba a cargo del faro por el accidente de su padre, cada mañana revisaba el libro de tablas del Observatorio Astronómico de Madrid.
Ahí podía consultar la hora exacta en la que el astro rey se ocultaba por el horizonte.
Ese dato era crucial porque la puesta en funcionamiento debía ser en un momento preciso, en concreto «un cuarto de hora antes de la puesta de sol, a fin de que en este tiempo pueda tomar la luz su completo desarrollo, y se apagará un cuarto de hora antes de la salida del sol».
Julia comenzó con el ritual de encendido.
Primero bombeó el aire contenido en dos bombonas hasta conseguir la presión adecuada que indicaba el manómetro.
La joven se metió dentro de la óptica para encender la lamparilla de alcohol que calentaba el vaporizador interno.
Antes de seguir con el proceso, cogió las gafas protectoras.
La luz era tan potente que algunos fareros, con el paso del tiempo, se quedaban casi ciegos después de manipular durante años el mecanismo.
Julia se colocó las gafas, abrió la llave de paso del petróleo y prendió fuego a la cabeza del quemador.
La intensidad de la luz fue aumentando por segundos.
Para hacerla rotar accionó una manivela que hizo subir unos pesos hasta lo alto de la torre.
Las lentes comenzaron a girar y el haz de luz barrió el horizonte con parsimonia.
Varios metros más abajo, desde su obligado confinamiento, Vicente sonrió al ver a través de la ventana cómo su faro iluminaba aquella noche cerrada sin luna. Con la tranquilidad de saber que su hija había hecho bien el trabajo, se recostó en el camastro y comenzó a roncar minutos después.
Los fareros solían acostarse pronto. Nada más encender la luz instalada en lo alto de la torre, se iban a la cama porque madrugaban mucho al día siguiente.
Antes de que amaneciera ya tenían que estar despiertos para cerrar la llave de paso del petróleo y así apagar el haz.
Pero a Julia le gustaba quedarse un rato asomada al pequeño balcón del faro.
Era su momento favorito del día. A lo lejos se vislumbraba a duras penas el pueblo.
Solo había un par de casas iluminadas. La mayoría de los tabarquinos vivía de la pesca y solían salir a faenar de madrugada, cuando había más capturas.
Así que casi toda la isla dormía a esas horas.
Menos ella. Julia disfrutaba de aquella tranquilidad tras poner en funcionamiento el faro.
Contemplaba las estrellas, escuchaba las olas del mar o simplemente dejaba su mirada perdida en el Mediterráneo mientras la luz que había encendido ella misma servía de punto de referencia para los barcos que navegaban en las inmediaciones de la isla.
Julia percibía una profunda quietud en esos primeros minutos de la recién estrenada noche.
Estaba orgullosa de su trabajo, se sentía útil.
Al ver los barcos dispersos por el mar, sonreía al pensar que estaban seguros gracias a su faro, que les alertaba del peligro de acercarse a él por la multitud de pequeños islotes alrededor de Tabarca.
La luz de las estrellas y la del faro eran las únicas que iluminaban la oscuridad de aquel jueves cualquiera de abril.
De repente, vio algo en el mar cerca de la costa.
Dudó si había sido un espejismo, así que esperó a que el haz llegara de nuevo a ese punto.
Lo volvió a ver. Quiso cerciorarse una tercera vez.
No tenía dudas: había una persona tendida sobre una pequeña barca a la deriva.