Capítulo 25
El viento dio una pequeña tregua y calmó su furia durante unas horas, aunque el mar seguía embravecido. Dolores aprovechó entonces para salir de casa rumbo a la iglesia. Golpeó la puerta lateral con fuerza para que Rosendo la escuchara. Al cuarto intento, el cura abrió.
—Dolores, ¿qué hace en la calle con este tiempo tan desapacible? Pase, pase.
—Gracias, padre.
—Venga a la sacristía, tengo el calefactor puesto.
Rosendo cogió del brazo a Dolores. Los pasos de ambos resonaron con eco por la iglesia vacía. Antes de subir al altar y acceder al despacho del cura, los dos hicieron una genuflexión y se santiguaron.
—Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarla?
Dolores sacó del bolso el papel doblado por la mitad que había hallado en la mesa del escritorio de su difunto marido.
—Necesito que me lea lo que pone aquí, por favor.
El sacerdote desdobló la hoja. Nada más leer el titular ya sabía de qué se trataba. Siguió leyendo con la mirada hasta que sus ojos se clavaron en un nombre: Aziz Ward.
—Este folio está en blanco —mintió.
—¿Cómo?
—No hay nada escrito.
La madrastra se quedó en silencio unos segundos.
Había escuchado cómo Rosa iba al despacho a coger algo de la estantería.
Dolores entró después y comprobó que faltaba un archivador.
También había dejado un folio en el escritorio que no estaba allí antes de la visita apresurada de Rosa.
«¿Para qué habrá puesto ahí una hoja en blanco? », se preguntó.
—¿Se encuentra bien? —Rosendo la sacó de sus pensamientos.
—Sí, sí.
Dolores extendió la palma de la mano para que le devolviera el papel. El sacerdote, con un movimiento rápido, cogió un folio en blanco de su escritorio, lo dobló sin que se diera cuenta y se lo entregó. Nada más tocarlo Dolores supo que no era el mismo.
—Creo se ha equivocado al devolverme el papel, parece que es otro distinto.
—¿Insinúa que le estoy engañando? —respondió Rosendo con vehemencia.
—Disculpe, padre. Me habré confundido.
Dolores salió de la iglesia con más interrogantes de los que tenía antes de la visita.
Rosendo le había mentido. Pero ¿por qué motivo?
¿Qué contenía ese papel? ¿Estaba protegiendo a Rosa de algo?
Las preguntas se le agolpaban en la mente mientras caminaba de regreso.
Un suave aroma a merluza la recibió al llegar al hotel.
Comieron los cuatro en el salón compartiendo una banal conversación sobre el tiempo.
Los dos jóvenes se dirigieron miradas cómplices y gestos de cariño de los que solo Amparo fue testigo.
Dolores se mantuvo callada mientras sus pensamientos se centraban en el misterioso papel.
Necesitaba una excusa para preguntarle a Rosa sin que se delatara.
Se le ocurrió una idea durante el postre.
—Antes he abierto la ventana del despacho porque había una mosca que no paraba de incordiar y se ha volado un papel que se ve que estaba sobre el escritorio. Espero que no fuera ningún documento importante. ¿Sabes qué era?
Por un momento, Rosa se quedó perpleja. Primero porque Dolores se dirigiera a ella con tanta naturalidad. Y segundo por la pregunta en sí.
—Pues la verdad es que ahora mismo no sé… —Entonces cayó en la cuenta—. Ah, sí. La fotocopia de la noticia.
—¿Qué noticia?
Rosa dudó si contárselo o no, pero entonces pensó que quizá Dolores le dijera algo más sobre el robo.
Decidió explicarle qué era ese papel, aunque obvió que ella misma había ido a Alicante.
Un guiño a Teo bastó para que el biólogo tomara la palabra y completara el resto de la historia sin revelar la escapada de Rosa.
El rostro de Dolores palidecía por momentos conforme Teo relataba su descubrimiento en el archivo y el contenido de la noticia.
—Me alegro de que no fuera nada relevante —contestó la madrastra cuando el biólogo concluyó su explicación.
Sin más se levantó de la mesa y fue hacia su habitación. Nada más cerrar la puerta, se desahogó:
—¡Joder!
La tarde fue muy diferente a las habituales en el hotel.
Amparo, Rosa y Teo aprovecharon para jugar a las cartas en el salón.
Las partidas al cinquillo y al chinchón se sucedían entre risas.
De pequeña, Rosa solía jugar con su abuela y su padre.
Pero conforme se hizo mayor había dejado de hacerlo.
Volver a tener los naipes en las manos y pasar horas en torno a la mesa camilla la transportó a un pasado en el que había sido feliz.
Cuando su padre estaba vivo. Cuando su única preocupación era pasárselo bien.
Cuando no tenía que regentar un negocio.
Cuando Dolores no había aparecido en sus vidas.
Con tan solo veinte años, Rosa había tenido que madurar a contrarreloj.
No cabía otra opción. Dejó de lado lo que se supone que tiene que hacer una adolescente que acaba de cumplir la mayoría de edad.
La vida tenía otros planes para ella. Adiós sueños, adiós estudios, adiós viajes, adiós a su felicidad.
Hasta entonces. Conocer a Teo le había devuelto la ilusión.
Disfrutar con él y su abuela de esos juegos de cartas suplía todos los anhelos que su realidad había frustrado durante años encerrada en la isla.
Unos simples naipes fueron suficientes para darse cuenta de que el viaje más apasionante se podía disfrutar sin salir de casa. Junto a su familia.
Esa tarde el reloj corrió una maratón en la esfera. Rosa preparó algo sencillo en la sartén y los tres cenaron entre risas.
Después del postre siguieron un rato más jugando hasta que Amparo se durmió con los naipes en la mano.
Su nieta la acompañó a su habitación. Rosa y Teo se quedaron solos en el salón.
No hizo falta articular palabra. Los dos estuvieron de acuerdo con solo mirarse en que querían pasar la noche en el faro, su nuevo rincón favorito de la isla.
Se abrigaron y salieron hacia el punto más alto de Tabarca.
Se cobijaron de la brisa del Mediterráneo bajo las mantas.
Minutos después el calor fue sofocante. Sus cuerpos desnudos brillantes por la pasión del otro fueron el mejor remedio contra el frío.
Sobre ellos, las estrellas. Lo más cerca del cielo que ambos habían estado jamás.
En todos los sentidos. Aquel techo infinito de luces titilantes era su paisaje ideal.
Sintieron la paz más absoluta. «Los destellos del pasado llegan a nuestro presente y se quedarán ahí para guiar tu futuro».
Rosa recordó las palabras de su padre. Miró a Teo y sonrió.
Entonces buscó las dos estrellas más resplandecientes de aquel firmamento.
El brillo de sus padres en la inmensidad del cielo le dio serenidad, algo que no tenía desde la muerte de Luis.
El día amaneció casi sin viento. El mar ya no quería devorar la isla.
Lo primero que vio Rosa nada más despertar fue la silueta de Teo.
De pie, apoyado en la barandilla y con la mirada perdida en el crisol de tonalidades anaranjadas del cielo.
Ella se quedó varios minutos contemplando esa imagen para grabarla en la retina.
El biólogo le hizo un gesto con la cabeza para que fuera con él.
Los primeros rayos del sol iluminaron su último beso en el faro.
Rosa se agachó para recoger las mantas y algo llamó su atención. Casi a ras del suelo, sobre la pared cilíndrica que albergaba la potente luz, había algo escrito.
—¿Has visto esto? —le dijo a Teo, que se agachó a su lado.
El hormigón tenía unas hendiduras que formaban lo que parecían letras, pero que apenas eran reconocibles. Rosa pasó el dedo índice por encima de esos pequeños trazos rebanados a la superficie para tratar de descifrarlos.
—Tengo una idea. —Teo se puso de pie y abrió la pequeña mochila que había dejado junto a la improvisada cama y cogió una botella de agua.
Desenroscó el tapón y fue derramando con cuidado el líquido sobre las ranuras. El agua se coló por esas diminutas grietas y las oscureció. Poco a poco, los trazos se fueron revelando. Leyó en voz alta la frase que apareció ante ellos:
—«Tú serás el faro que ilumine mi camino hacia la eternidad, a siete segundos y medio de ti. S. Ward, 1927».