Capítulo 23
Querían llegar al hotel antes de que Dolores se levantara, así que el amanecer puso fin a su escapada.
Recogieron las mantas y las volvieron a colocar en su sitio con la esperanza de utilizarlas de nuevo esa noche.
Cerraron el faro con llave y lucharon contra el viento durante el camino de regreso.
A mitad de trayecto, Teo se paró en seco y miró a Rosa a los ojos.
—Estás muy callada desde que hemos salido del faro. ¿Te encuentras bien? ¿He hecho algo mal?
—Ha sido la noche más especial de mi vida, pero…
—¿Qué pasa?
—Pues que no puedo dejar de pensar en que estás casado. Acabas de serle infiel a tu mujer y eso está mal. Quizá deberíamos haber esperado a que aclararas la situación con ella antes de…, bueno, antes de lo que ha sucedido esta noche.
—No he hecho las cosas bien. Lo mejor habría sido hablar antes con Teresa.
Entiendo tu preocupación y siento de veras que tengas que pasar por esto.
Tengo claro que quiero estar contigo. En cuanto vuelva a casa, voy a decirle lo que ha pasado.
Quiero empezar una nueva vida y la quiero aquí y a tu lado.
—¿Y quién me asegura que cuando vuelvas se lo vas a contar? ¿Cómo puedo saber que la vas a dejar? Le has sido infiel a tu mujer, también me lo podrías hacer a mí. Entiende que no puedo fiarme de tu palabra tan fácilmente.
Teo suspiró. Ella tenía razón. Se sintió culpable al ver cómo una lágrima discurría por la mejilla de Rosa. El biólogo se metió la mano en el bolsillo para coger un pañuelo y notó algo extraño al tacto. Lo sacó. Era su anillo de casado. Los dos se quedaron mirándolo. Entonces Teo tuvo una idea.
—Ven.
Cogió a Rosa de la mano y cambiaron de rumbo. Hacia el mar. Cuando llegaron a las rocas que delimitaban la isla, Teo se puso delante de ella.
—Sé que es solo un símbolo y que lo que voy a hacer no va a suplir ni tu dolor ni tus dudas, pero al menos espero que te sirva para comenzar a confiar un poco más en mis sentimientos por ti.
Teo lanzó con todas sus fuerzas el anillo al mar. En la lejanía los dos vieron cómo se sumergía en el Mediterráneo.
—Quiero empezar una nueva vida a tu lado. Lo tengo muy claro.
A Rosa le gustó ese gesto, pero le gustó todavía más la mirada de Teo. Sabía que no le estaba engañando, aunque seguía teniendo dudas. El biólogo la besó. Poco a poco esas dudas se fueron disipando.
Al llegar al hotel, abrieron la puerta con sigilo.
Rosa fue directa a la cocina a preparar el café.
Teo, a su habitación para simular que había dormido allí.
Funcionó. A los pocos minutos la madrastra fue a desayunar.
El biólogo se dio una ducha y bajó. Para entonces las tres mujeres ya degustaban sus tostadas.
Las miradas cómplices entre los dos jóvenes los delataron.
Sus sonrisas y el leve rubor de los pómulos de ella fueron la constatación para Amparo de que habían dormido juntos. Eso la hizo inmensamente feliz.
Las horas pasaron a ritmo de procesión. Un particular viacrucis para Rosa y Teo, desesperados con la parsimonia del minutero, que parecía moverse con pereza por la esfera del reloj.
El único atajo que encontraron al sopor del pausado paso del tiempo fue la lectura.
Los dos leían en sus respectivas habitaciones con el silbido del aire colándose por las ventanas como banda sonora.
La distracción les duró una hora. Ambos cerraron el libro.
Rosa abrió la puerta y se asomó por la escalera sin hacer ruido.
Vio a Dolores sentada en su sillón. Cerró con cuidado y fue hasta el final del pasillo.
Justo cuando iba a tocar con los nudillos, se abrió la puerta de Teo.
Rosa le apagó la risa poniéndole la mano en la boca y le empujó de nuevo al interior.
—¿Dónde ibas? —le preguntó ella.
—A hacer lo mismo que tú, ir a buscarte. Es una tortura estar a pocos metros de ti y no poder verte. No me conformo solo con dormir contigo en el faro por la noche. Necesito más.
—Y yo… —Rosa suspiró—. Por eso he venido. Estoy harta de que el miedo me limite. No sé cuánto tiempo vas a estar aquí, pero pienso aprovechar cada segundo a tu lado.
Los dos estaban de acuerdo y comenzaron a ponerlo en práctica.
Se disfrutaron en silencio. Primero con besos, le siguieron las caricias, hasta que acabaron desnudos acompasando sus jadeos convertidos en susurros.
Era el único límite que impusieron a su pasión.
No querían que Dolores los escuchara, así que contuvieron sus ganas de gritarse lo mucho que les gustaba fundirse en uno solo.
Canalizaron sus gemidos apagados con la mirada.
Su piel condensaba la pasión que lubricaba cada centímetro de su cuerpo untado en deleite.
Cada vez les costaba más acallar la excitación que iba en aumento.
Hasta volverse incontrolable. Los ojos en blanco de ambos fue la antesala de una explosión de gozo que contrajo sus músculos durante unos segundos en los que se les cortó la respiración.
Necesitaron varios minutos para volver a relajar sus pulsaciones.
—Lo único que le falta a esta cita perfecta son las vistas que teníamos en el faro. —Rosa miraba al techo agarrada de la mano de Teo.
—Eso tiene fácil solución. Esta noche volveremos a tener las estrellas sobre nosotros. Si tú quieres, claro.
Ella le respondió con un beso.
—Ni mil palabras más.
—Pero antes habrá que comer. —Rosa se levantó de la cama y se vistió—. Nos vemos en un rato en el salón. Voy a ver qué queda en la despensa.
—Espera, toma. —Teo cogió un papel de la mesita de noche—. Es la fotocopia del periódico. Se me olvidó dártela.
—Gracias.
Rosa leyó por encima de nuevo la noticia. Se detuvo en el nombre del individuo. «El detenido es Aziz Ward, de origen tunecino». Volvió a leerlo varias veces. «¿De qué me suena este nombre?». Y entonces lo visualizó.
—¡No puede ser!
—¿Qué pasa?
—¡Ya sé dónde lo he visto antes! Vuelvo enseguida.
Dobló el folio por la mitad y salió de la habitación. Fue directa al despacho de su padre. Dejó la noticia sobre el escritorio, cogió de la estantería uno de los archivadores y lo puso sobre el escritorio. Comenzó a pasar páginas hasta que se detuvo en una.
—¡Te encontré!
Lo cerró de nuevo y subió corriendo a la habitación de Teo, que estaba sentado en la cama. Se puso a su lado y colocó la carpeta en el regazo.
—Mira —señaló—. Aziz Ward. ¡Este tipo fue huésped del hotel!