Capítulo 22
Antes de ir a la recepción, Teo pasó por su habitación para apuntarse el teléfono de su contacto en el ministerio. Cuando bajó no había nadie, ni Dolores ni Rosa. Aprovechó para hacer la llamada. Al tercer tono, su interlocutor descolgó.
—¿Anselmo Expósito?
—Presente. ¿Quién llama? —respondió una voz áspera y grave moldeada a base de puros habanos.
—Soy Teodoro Sigüenza, el biólogo que…
—Por fin sé algo de ti —le interrumpió—. ¿Tienes ya las fotos del fondo marino?
—Bueno, todavía no he terminado el trabajo. He tenido un par de contratiempos y…
—¿Qué ha pasado? ¿No tienes las fotografías? —volvió a interrumpirle con vehemencia.
—Me robaron el carrete de la cámara el primer día, pero…
—¿Cómo que te robaron? —Tosió mientras una bocanada de humo salía de su boca—. ¿Quién? ¿Qué está pasando, Teodoro?
—Si me deja explicarme…
—Disculpa, cuéntame.
—No sé quién me lo robó. Pero también me quitó la libreta donde tenía las anotaciones para el informe sobre la reserva marina.
—¡Joder! —Anselmo dio un puñetazo en la mesa.
—No se preocupe, que me acordaba de mis notas y realicé de nuevo las fotos.
—Entonces ¿las tiene ya?
—¿Las fotos?
—Sí, Teodoro. ¿Qué va a ser? Estamos hablando de las fotos, sí. ¿Las tienes?
—Las de ese día y los dos siguientes, sí, las tengo. Pero ahora mismo hay una tormenta y no puedo bucear.
—Te doy una semana. Ni un día más. Necesito esas fotos cuanto antes.
—Vale. En teoría, pasado mañana se aleja la tormenta y podré reanudar las inmersiones. En cuanto regrese, mandaré las fotos a revelar. En un par de días estarán. El informe tardaré un poco más en hacerlo. Tengo que analizar todos los datos.
—No hay problema. Tómate el tiempo que necesites con el informe, pero las fotos las necesito cuanto antes. Y recuerda que no puedes tocar nada del fondo. Solo estás autorizado a observar y anotar. Si ves algo raro, solo fotografíalo y apunta las coordenadas.
—Hay otra cosa que me gustaría pedirle, a ver si fuera posible.
Como estos días no puedo bucear, había pensado hacer unas fotos desde lo alto del faro para poder mapear bien todas las zonas en las que ya he estado buceando.
Así será más fácil luego organizar todo el material, agrupar las fotos por lotes y visualizar dónde las he realizado…
—Me parece una idea brillante.
—Pero para eso me hace falta autorización y la llave para entrar al faro. Según me han dicho, ahora está cerrado.
—Sí. Hago las gestiones y esta tarde te llamo.
—Perfecto. Muchas gracias.
—Cualquier novedad, mantenme informado.
—Así lo haré.
Teo colgó y se quedó pensativo. La conversación con Anselmo le había descolocado.
Parecía no tener interés por el informe de la reserva.
En cambio, la urgencia por las fotos era total.
No tenía sentido. Tras unos minutos intentando encontrar una explicación lógica, desistió.
Al fin y al cabo, a él le pagaban por un trabajo, y eso era lo que iba a hacer. Sin más.
El resto del día pasó lento para Teo y Rosa.
Por la tarde el biólogo recibió la llamada de Anselmo con las indicaciones para poder entrar al faro.
En un descuido de Dolores, le pudo decir a Rosa que esa noche la pasarían lejos del hotel.
Cenaron todos juntos en el salón y después se fueron a sus respectivas habitaciones.
Minutos después, bajaron a hurtadillas las únicas dos personas de la isla que iban a amanecer a catorce metros de altura.
La lluvia había dado una tregua esa tarde, pero el viento todavía era muy fuerte. Cuando salieron de la zona urbana y se adentraron en El Campo fue más difícil avanzar. Sin el parapeto de las casas, el aire soplaba con más intensidad.
—¿No pretenderás que nos quedemos a dormir a la intemperie con el tiempo que hace? —gritó Rosa para que Teo pudiera escucharle.
—Vas a pasar la noche a cubierto en un lugar muy especial donde nunca antes has estado. Estoy convencido de que te va a encantar.
—En esta parte de la isla solo hay tres edificaciones. Una de ellas ya la hemos pasado. Y no creo que vayamos a dormir en el cementerio.
—Pues por descarte…
—¿Vamos al faro?
Él asintió.
—Pero si está cerrado al público.
—No para nosotros.
Continuaron luchando contra el viento agarrados de la cintura para intentar guardar el equilibrio hasta llegar al perímetro vallado del faro.
—Salto yo primero y te ayudo —dijo Teo mientras subía por la puerta de metal.
—¿En serio tenemos que ir por ahí?
Rosa se quedó sorprendida al ver al biólogo trepar por la reja con agilidad.
—Las llaves del faro están dentro y esta puerta oxidada es la única barrera que nos impide pasar la noche los dos solos.
Teo le tendió la mano desde lo alto de la puerta. Rosa le miró y sonrió. Comenzó a subir hasta llegar a su lado. Pasaron con cuidado al interior de la parcela. Los últimos metros hasta el faro los hicieron corriendo. Por el viento y, sobre todo, por las ganas que tenían de estar a solas.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Ven conmigo.
El biólogo la cogió de la mano y rodeó el edificio hasta llegar a la parte trasera. Señaló una pequeña compuerta en la pared, a ras de suelo. Quitó un alambre enrollado y la abrió.
—¿Para qué quieres ver el contador del agua? —se extrañó Rosa.
Levantó la tapa circular que ocultaba el consumo y cogió la llave adherida en su interior.
—¡Ya podemos entrar! —gritó eufórico.
—¿Se puede saber cómo…? —Rosa dejó la pregunta a medio formular—. Da igual. Vamos para dentro, que hace mucho frío.
Regresaron a la fachada principal. La puerta se abrió con suavidad tras girar la llave.
Un bofetón de humedad los recibió en el interior.
Teo palpó por la pared hasta que encontró un interruptor.
Al accionarlo, los tubos fluorescentes parpadearon.
Una luz fría industrial iluminó toda la estancia.
La planta baja estaba dedicada al laboratorio.
De las paredes colgaban fotografías de la fauna y flora autóctonas.
Sobre las mesas había microscopios, probetas y otros utensilios para hacer el seguimiento de la salud del ecosistema de Tabarca.
—No entiendo nada —dijo Teo mientras observaba el material de la sala—. Con lo que tiene aquí el ministerio, no comprendo por qué me han mandado a mí a valorar el estado de la posidonia.
—Pensé que te habían dado la llave para que pudieras trabajar mejor en este laboratorio.
—Qué va. Le puse una excusa a mi contacto para que me dejara entrar, pero para estar contigo. No tenía ni idea que esto existía.
—Yo tampoco, la verdad. De vez en cuando viene gente a trabajar, pero no sabía lo que hacían.
—Pues lo mismo que yo. Mira.
Teo señaló una estantería en la que había varias cámaras de fotos subacuáticas y material para hacer mediciones.
—Es igual que la que tengo yo. —Se acercaron y el biólogo cogió una de ellas—. Con una como esta hago las fotos bajo el agua.
—Entonces ¿por qué te han mandado este trabajo si aquí parece que hacen lo mismo?
Los dos se encogieron de hombros.
—De hecho, mi persona de contacto en el ministerio solo se interesó por las fotos. Quiere que se las dé en una semana, pero el informe, que para mí es lo más valioso de la investigación, no le corre prisa. Es muy raro.
—No tiene mucho sentido, pero bueno. Ahora estamos aquí y hay que aprovechar esta oportunidad. Nunca he podido entrar al faro y tengo curiosidad por verlo por dentro.
Subieron al segundo piso. Era muy diferente a la planta baja.
Había un pequeño recibidor y cinco puertas a su alrededor.
Abrieron una al azar. Era una habitación.
La siguiente, también. Intuyeron que eran para los científicos que iban allí a trabajar.
Las paredes estaban decoradas con dibujos de coloridos peces hechos a mano.
Justo en medio de ese distribuidor, unas escaleras de caracol trepaban por el interior de la torre hacia lo más alto del faro.
Los escalones metálicos se quejaron con cada pisada de Teo y Rosa.
Al final de la espiral había una trampilla que comunicaba con la linterna.
Entraron al pequeño habitáculo que albergaba la luz.
Otra pequeña compuerta daba acceso a un balcón.
Nada más salir, los dos se quedaron en silencio.
Hacia arriba, el cielo estrellado. Frente a ellos, el enrabietado mar Mediterráneo.
Bajo sus pies, el pueblo tímidamente iluminado.
Teo se colocó tras Rosa y la cogió por la cintura mientras contemplaban el espectáculo visual que el faro les ofrecía desde sus catorce metros de altura.
Para ella era una perspectiva nueva de Tabarca, nunca la había visto así, desde lo alto.
A ras de suelo era diferente. Desde allí arriba parecía otra isla.
Aunque el viento había amainado en intensidad, todavía soplaba lo suficiente como para revolver el pelo de Rosa.
El biólogo se colocó delante de ella. Le retiró un mechón de la cara y se lo colocó con suavidad tras la oreja.
Con solo sentir la piel de Teo rozarle el lóbulo, Rosa notó que su corazón bombeaba sangre con más rapidez.
Sus pulsaciones se aceleraron. Su deseo, también.
Y, de nuevo, probaron el sabor el uno del otro.
Se besaron con el ansia que da la incertidumbre.
Esa podría ser su única noche a solas. O quizá no.
Pero ninguno lo sabía a ciencia cierta. Así que no querían desaprovechar ni un segundo de ese improvisado refugio a salvo de miradas ajenas.
En ese instante los dos supieron lo que estaba a punto de pasar.
—No puedo imaginarme un plan mejor —dijo Teo en una de las breves pausas que hacían para respirar—. Contigo bajo el cielo de Tabarca.
A Rosa se le ocurrió una idea.
—Pues creo que puedo hacerlo aún más especial. Espérame un momento.
Accedió al interior de la torre y bajó al segundo piso. Buscó por varias habitaciones hasta que encontró lo que buscaba.
—Ayúdame —le pidió desde la escalera de caracol.
A través de la compuerta, le dio a Teo cuatro mantas. Colocaron dos en el suelo y se tumbaron sobre ellas. Las otras dos las usaron para taparse.
—Siempre hay una primera vez para dormir bajo las estrellas.
—Será la primera de muchas.
Y entonces los besos precipitaron lo inevitable.
La ropa acabó hecha un gurruño junto a ellos y sus pieles entraron en contacto por primera vez.
Notar el calor del otro en esa noche tan fría acrecentó el placer.
Los besos se combinaron con los abrazos.
Los abrazos con las caricias. Y las caricias llegaron a la entrepierna.
El abultado calzoncillo de Teo delataba su ardor contenido.
Los dos asintieron con una sonrisa nerviosa.
Entonces la virilidad del biólogo quedó al descubierto como un resorte.
Ella deslizó su ropa interior por las piernas hasta quedarse al desnudo a merced de la pasión.
Los suaves jadeos de ambos fueron el preámbulo de una noche en la que apenas durmieron.
Sus cuerpos se unieron con suavidad. Su intimidad lubricada de éxtasis hacía subir aún más la temperatura bajo la manta.
Los movimientos acompasados de Teo y Rosa fueron aumentando su ritmo, multiplicando el deleite.
Las miradas eran inequívocas, el disfrute de ambos, abrasador.
Los jadeos llenaron de lujuria la zona deshabitada de la isla.
Sabiéndose a solas, no pusieron límite a los decibelios de su excitación.
Los gritos enfervorecidos de ambos no hacían más que amplificar un gozo a punto de desbordarse.
Las pulsaciones se dispararon, y también la respiración, y el calor, y la fricción, y la excitación…
, hasta que un pequeño silencio de sus bocas ardientes dio paso a una explosión de placer que resonó más allá del alcance de la luz del faro.
Sellaron aquel baile de cuerpos encerados en frenesí con un beso que calmó sus resuellos.
La quietud de la noche volvió a romperse un número indeterminado de veces.
Minutos antes de que amaneciera, Teo ya contemplaba el horizonte agarrado a la barandilla del balcón.
Rosa se despertó poco después. Con una manta se acercó a él y lo arropó.
Se dieron los buenos días con una mirada que aunaba felicidad y rubor tras haber desnudado sus sentimientos.
Entonces la naturaleza les regaló el colofón a una cita perfecta.
Segundos antes de aparecer el sol, el cielo se llenó de tonalidades rojizas que poco a poco fueron tornándose anaranjadas.
Las nubes se tiñeron de color. Sobre el Mediterráneo se alzó majestuosa la esfera brillante que ponía fin a la mejor noche de sus vidas.
Sin decirse nada, ambos miraron al agitado mar y le pidieron en silencio que su bravura siguiera embistiendo Tabarca más tiempo.
—Si existe un paraíso, tiene que ser muy parecido a esto —le susurró Teo al oído.
Rosa le besó con su sonrisa. Abrazada a él, contempló el despertar de la isla. Ese día le pareció más bonita que nunca.