Capítulo 21
El desayuno fue casi un almuerzo para Teo, que bajó de su habitación mucho más tarde de lo habitual. A la imposibilidad de trabajar se le sumó la modorra tras una noche en vela. Cuando llegó al pequeño comedor, las tres mujeres que habitaban el hotel ya habían terminado su café con tostadas.
—Se te han pegado las sábanas —le dijo Amparo mientras se imaginaba el motivo por el que se había levantado tan tarde.
Teo le señaló la ventana. Tras el cristal apenas se veía nada más que una intensa lluvia sacudida por el viento.
—Así es imposible bucear. He aprovechado para descansar un poco más.
La anciana levantó la ceja y miró a Rosa para ver si refrendaba la versión del biólogo. Afirmó con la cabeza. La respuesta de la nieta la decepcionó. Como Dolores ya se había marchado del salón, Amparo verbalizó sus pensamientos.
—El tiempo no es eterno. Aprovechadlo. Lo que no hagáis ahora, os arrepentiréis en el futuro.
Los dos se sonrojaron. Sus miradas de complicidad alegraron a Amparo. Era justo lo que quería ver.
—Os dejo solos. —Les guiñó un ojo y salió de la sala a paso de andador.
El biólogo se acercó a Rosa y le susurró:
—¿Qué vamos a hacer? Con esta lluvia va a ser imposible salir a la calle. Y aquí dentro con Dolores… Nos va a descubrir seguro.
—Ya lo sé —se resignó—. Llevo toda la noche pensando, pero no se me ocurre nada. Esta isla es muy pequeña. Solo hay un puñado de casas y una iglesia.
—Y el cementerio.
—Pero no tiene techo.
—¡El faro! —gritó eufórico Teo.
—Sssh. No hables tan fuerte. El faro está cerrado, no se puede acceder. Yo también había…
Teo la interrumpió con un beso. Le dio igual estar en el hotel y que Dolores pudiera escucharlos.
Necesitaba sentir de nuevo el sabor de sus labios.
Rosa también lo deseaba, así que se dejó llevar.
No sabía dónde estaba su madrastra, pero no le importó.
En ese momento solo quería volver a revivir la noche anterior con el biólogo, esos besos concatenados que erizaban cada centímetro de su cuerpo.
Era como una sacudida, un chispazo que le aceleraba las pulsaciones y el calor.
No podían parar. Tampoco querían. Hasta que el insistente sonido del teléfono les hizo abortar la pasión contenida.
Rosa salió del comedor hacia la recepción y atendió la llamada, una reserva para la semana siguiente.
Teo salió a su encuentro. Se quedó mirando la caja registradora del mostrador.
—¿Todavía funciona esta reliquia?
El biólogo se quedó observando aquel antiguo aparato de metal con múltiples botones de color negro, blanco y rojo.
En la parte superior, tras un cristal, se mostraba el resultado de las operaciones en pesetas y céntimos.
Bajo la máquina, un cajón de madera en el que se guardaba el dinero.
Rosa realizó una suma de varios números y, al pulsar una tecla, apareció el total y se abrió el cajón inferior.
A la vista quedaron varios compartimentos con billetes.
—Como recién sacada de la fábrica —dijo Rosa con orgullo—.
Era de mi abuelo. Tenía un pequeño ultramarinos en Santa Pola.
Cuando se jubiló la trajo aquí. Le tengo un cariño especial.
De pequeña jugaba con mi padre. Él me decía varias cifras y yo tenía que sumarlas de cabeza. Después comprobaba si había acertado.
—¿Y la sigues utilizando?
—Mi padre le dio un uso diferente para el que fue concebida, y yo sigo con su tradición. Esto que ves en realidad es una caja registradora de viajes.
—¿Cómo?
—Los primeros años, cuando mi padre abrió el hotel, sí que la usó.
Al final del día yo le ayudaba a contar el dinero.
Aprendí a sumar aquí antes que en la escuela.
Después de cenar abría la caja, sacaba todo lo que había dentro y sumaba el total.
Hasta que un día vi un billete desconocido para mí. No eran pesetas, sino francos.
—¿Y eso?
—Se ve que un turista francés se lo dio sin darse cuenta.
Entonces mi padre tuvo una idea. Cuando venía un extranjero a hospedarse en el hotel, le pedía que le cambiara un billete de su país y lo dejaba apartado en la caja.
Me prometió que cuando fuera mayor iríamos de viaje a cada uno de los lugares de los que tuviéramos un billete.
Cada vez que conseguía uno nuevo, me lo enseñaba.
Entonces buscábamos información de ese país en la enciclopedia de su despacho.
Veíamos los sitios que algún día visitaríamos.
Así aprendí geografía e historia. Fue mi mejor maestro.
—Me encanta. Qué idea tan bonita.
—Lástima que papá se fuera tan pronto y no pudiéramos recorrer todos esos países que descubrimos juntos en la enciclopedia.
—Aunque él ya no esté, estoy convencido de que algún día convertirás esos billetes en tarjetas de embarque.
Rosa sonrió.
—Tengo una cosa para ti, vengo enseguida.
Teo subió a su habitación. A los pocos minutos se encontró de nuevo con ella.
—Me atrevo a decir que este billete no lo tienes… —Teo le mostró una esquina que sobresalía de su mano.
—Te advierto que hasta este hotel ha venido gente de muchas partes del mundo…
—¿Incluso de Australia? —Le mostró el billete completo.
En el anverso se veía un niño aborigen con pintura blanca ceremonial por todo el cuerpo. El reverso representaba la llegada de los colonos europeos a Australia bajando de un enorme velero.
—Pues, efectivamente, no ha venido ningún australiano al hotel. ¿Has estado allí tú?
—El año pasado. Me concedieron una beca para estudiar la Gran Barrera de Coral y cómo le afecta la actividad turística. Más o menos lo que estoy haciendo aquí en Tabarca con la reserva marina.
—¡Qué pasada! Me encantaría ir Australia… Debe de ser un sitio fascinante.
—Lo es. Y si consigues romper el billete con las manos, lo podrás comprobar tú misma. Te pago unas vacaciones allí. Conmigo, claro. Y si no lo logras, me invitas tú a un caldero aquí.
—Pero ¿qué trato es este? ¿Cómo no voy a poder romperlo? Has buscado una excusa muy mala para llevarme de viaje.
Rosa cogió el billete y trató de rasgarlo. Le entró la risa nerviosa al comprobar que no podía. Le dio la vuelta y lo intentó de nuevo. Nada.
—¿Qué narices es esto?
—El primer billete de plástico del mundo. Es una edición especial con motivo del bicentenario de Australia. Pero ha gustado tanto que en unos años van a fabricarlos todos de ese material.
—Con razón no se puede romper. Eres un tramposo.
—Y tú me debes un caldero.
La joven fue a devolverle el billete, pero Teo le hizo un gesto con la mano para que se lo quedara.
—Es para ti. Así ya tienes la excusa para viajar a Australia algún día. Te va a encantar.
—Iremos juntos.
—Me parece una idea estupenda.
Sellaron el trato con un beso.
—Pero eso no te exime de cumplir con tu parte del trato.
—En cuanto pase el temporal, te invitaré a ese caldero. Hay un restaurante en la isla donde los hacen muy buenos.
Teo se acercó a su oreja y le susurró:
—Estoy deseando verte de nuevo a solas, sin Dolores por ahí rondando.
—Y yo también. Voy a terminar de recoger el desayuno a ver si mientras se me ocurre algún lugar.
Volvieron a besarse y el biólogo salió del salón. Antes de subir a su habitación fue a ver a la única persona que podía ayudarle a encontrar un refugio lejos del hotel para pasar el temporal con Rosa. Tocó a la puerta con los nudillos. Al instante una voz le hizo pasar.
—Disculpe que la moleste, Amparo.
—Pasa y cierra la puerta. Te estaba esperando.
La anciana dejó sobre la mesita de noche la novela que estaba leyendo.
—¿Por qué sabía que iba a venir a verla?
—Intuición, supongo. Y no me hables de usted. Si vamos a ser familia, me puedes tutear.
Teo no pudo evitar reírse.
—Ya te digo yo que no vas a encontrar otra mujer como mi nieta.
Es sensible, inteligente, cariñosa y guapa a rabiar.
Así que espero que os dejéis de tonterías y exprimáis cada instante que estéis juntos.
No sé qué estáis haciendo ahora mismo los dos separados.
Besaos, acariciaos, disfrutad de lo más maravilloso de esta vida, que es el amor.
El biólogo se ruborizó.
—Sé lo que sentís el uno por otro —continuó Amparo—. Las miradas no mienten. Así que no perdáis ni un segundo.
—No es tan fácil…
La anciana negó con la cabeza.
—¿Sabes lo que no es tan fácil? Superar la muerte de mi marido cuando apenas tenía veinte años, convivir con la mujer que ejerce de madre de tu nieta ocupando el lugar de tu hija. Eso sí que es difícil.
—Pensaba que usted…, que tú eras la madre de Luis.
—No. Es mi yerno. Pero yo le quiero como si fuera mi propio hijo.
Siempre se ha portado muy bien conmigo. Hasta el punto de que, después de fallecer su mujer y mi marido, me acogió aquí en el hotel.
Quería que su hija se criara con su abuela.
Aun cuando rehízo su vida con Dolores, siguió permitiéndome que me quedara aquí con ellos.
Por eso, cuando os veo a vosotros… Tenéis toda la vida por delante.
Sois jóvenes y nada ni nadie os impide estar juntos si es lo que queréis.
Y, por lo poco que he visto, los dos lo estáis deseando. ¿Me equivoco?
Él negó con la cabeza.
—Entonces ¿a qué esperas?
Teo le contó su situación personal. Conforme iba hablando, la cara de Amparo se transformaba del asombro a la tristeza.
—Estás casado… —La mujer se santiguó tras escuchar la explicación de Teo.
Él asintió.
Silencio.
La mirada de Amparo se perdió en algún punto a través de la ventana.
—Con lo que le había costado a Rosa encontrar una nueva ilusión después de la muerte de su padre, y resulta que tienes mujer…
—Hace tiempo que nuestro matrimonio está roto. Quiero comenzar de cero una nueva vida y quiero que sea con Rosa.
—¿Y cómo sé que no le vas a ser infiel a mi nieta? Ya lo has sido con tu mujer, o al menos pretendías serlo.
A Teo le hubiera gustado meter a Amparo en su mente para que supiera lo que significaba Rosa para él y lo seguro que estaba de que no iba a suceder lo mismo que con Teresa.
Sintió impotencia porque no sabía cómo convencerle de sus sentimientos hacia su nieta.
Entonces recordó lo que acababa de hacer Amparo tras escuchar su confesión.
Teo sacó la cruz que colgaba de su cuello y se la mostró.
—Eres creyente, ¿verdad? —preguntó el biólogo.
—Y practicante.
—Compartimos, pues, la fe en Cristo. ¿Serías capaz de jurar en su nombre y romper ese compromiso?
—Jamás.
—Juro por Dios que…
—No hace falta que lo hagas —le interrumpió—. Solo mírame a los ojos y dime qué sientes por mi nieta.
Le respondió con la mirada vidriosa.
—Siento que puedo ser feliz a su lado y ella también conmigo.
Amparo analizó su rostro compungido durante unos segundos interminables.
—Tus ojos no mienten —concluyó la abuela—. Todos merecemos una segunda oportunidad en la vida.
Teo le sonrió.
—Necesito tu ayuda. Rosa se ha enterado de mi situación de la peor forma posible y quiero compensarla de algún modo. Pero es difícil sorprender a tu nieta y más en esta isla tan pequeña que ella conoce a la perfección.
—Hay un lugar al que prácticamente nadie puede acceder, pero estoy convencida de que a Rosa le encantaría visitarlo. Y a ti también.
—Soy todo oídos.
—El faro.
—Rosa ya me habló de ese sitio, pero me dijo que estaba cerrado y que no se podía entrar.
—Es cierto. Pero, si has conseguido que el ministerio te dé un permiso para estudiar la reserva marina, estoy convencida de que también podrás lograr que lo abran para ti. El faro depende de ellos.
—Eso no lo había pensado…
—Seguro que encuentras una coartada para que puedas entrar.
—Muchas gracias por tu ayuda.
Teo se dispuso a salir. Amparo le llamó de nuevo cuando estaba en el quicio de la puerta.
—¿Estás seguro de lo que vas a hacer con tu mujer?
—Completamente.
—No soy quién para aconsejarte sobre tu matrimonio, pero sí que te voy a decir una cosa.
Solo tienes una vida. Una. —Enfatizó con el dedo índice—.
De las decisiones que tomes ahora dependerá que en el futuro sientas que has elegido el camino adecuado y estés orgulloso de ti mismo.
Te puedo asegurar que no hay nada más frustrante que arrepentirte de algo que no hiciste en su día, eso que lo habría cambiado todo y para lo que, cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde.
—¿Puedo saber qué cambiarías de tu pasado?
—No haber rehecho mi vida tras la muerte de mi marido.
Tenía devoción por él, le amaba más que a mí misma, pero he pagado un alto precio por no haber sabido enamorarme de nuevo.
Me sentía mal por hacerlo. Me centré en mi hija y en no traicionar el recuerdo de su padre.
Pero al final me traicioné a mí misma. Si pudiera volver atrás, le habría dicho que sí a aquel joven marinero que tantas veces quiso que me fuera con él a navegar.
No se puede vivir anclado en el pasado. La vida continúa, hay que soltar amarres y dejar que el viento guíe tu destino.
Si no, te condenas a no separarte de un muelle que antaño fue tu refugio, pero que con el tiempo se convierte en tu prisión.
Durante unos segundos, la habitación se quedó en silencio. Amparo, lamentando no haber sido más valiente. Teo, reafirmándose en lo que quería que fuera su vida a partir de ese momento.
—Quiero soltar amarres —sentenció el biólogo.
Amparo le abrazó.
—Mi nieta es la única razón por la que sigo en este mundo.
Quiero lo mejor para ella. Y desde que estás tú aquí la he vuelto a ver sonreír.
Por favor, no le hagas daño. Si estás convencido de soltar amarres, hazlo con todas las consecuencias.
Pero no la engañes. Ha sufrido demasiado para lo joven que es.
—Pues se acabó el sufrimiento. Yo solo quiero seguir viéndola sonreír.
—Gracias. Y recuerda que tenemos un trato.
Teo sacó la cruz que colgaba de su cuello y la besó.
—Soy un hombre de palabra.
Salió de la habitación y fue directo al teléfono. Se le había ocurrido la excusa perfecta para que le autorizaran la entrada al lugar que iba a convertirse en su refugio esos días de tormenta.