La isla de las flores amarillas Capítulo 20
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Capítulo 20

Los últimos minutos de travesía fueron movidos. Rosa ya sabía que se avecinaba tormenta, y de las grandes. Confirmó sus sospechas nada más atracar.

—Habéis tenido mucha suerte —les dijo Felipe, el pescador, al verlos llegar—. Por poco no os tenéis que refugiar en Santa Pola unos días.

«La suerte habría sido quedarse allí con Teo», pensó Rosa.

—Viento de levante —dijo ella—. Me temo que nos vamos a quedar incomunicados lo que queda de semana.

—¿No se podrá salir de la isla? —se extrañó Teo.

— Y da gracias si al menos tenemos luz durante el tiempo que estemos aislados.

—¿Os suele pasar a menudo?

—¿Lo de quedarnos sin luz? Sí. La estación fotovoltaica de la isla nunca ha funcionado bien.

Y en cuanto al temporal… Varias veces al año de aquí no se puede salir ni tampoco entrar.

Y eso es un problema para los suministros.

Por eso siempre estoy pendiente de la predicción del tiempo.

Cuando se avecina temporal compro más de la cuenta para poder aguantar varios días.

—Bueno, yo sigo con lo mío —dijo el pescador—. Tengo que amarrar bien el barco.

—Hasta luego, Felipe. Lleva cuidado.

Rosa y Teo siguieron hacia el hotel.

—¿Has podido llenar la despensa esta vez? —se preocupó el biólogo.

—No. Alguien me ha secuestrado durante todo el día —bromeó Rosa—. No he podido hacer compra extra.

Mientras caminaban, Teo imaginó esos días en Tabarca, sin poder salir, sin poder bucear, sin nada que hacer más que estar con Rosa.

Y le encantó. Ella pensó lo mismo. Era la primera vez que no le importó estar encerrada en la isla.

Los dos sonrieron para sus adentros. Teo fue a abrir la puerta del hotel, pero Rosa le quitó la mano del pomo.

—Recuerda que estoy enferma en la cama —le susurró al oído, y se alejaron unos metros de allí.

A Teo se le erizó la piel con tan solo sentir su aliento en la oreja.

—¿Y cómo lo hacemos?

—Dolores tiene un oído de lince. Va a escuchar las pisadas de dos personas.

—Vale… —se quedó pensativo—. Ya lo tengo, haremos una conga.

—¿Qué dices?

—¿Nunca has hecho la conga?

—Sí, en la verbena de las fiestas de San Pablo.

—Pues agárrate a mi cintura y sigue mis pasos.

Rosa se tapó la boca para aguantarse la risa.

Pensó que era una broma, pero la mirada de Teo le dijo que iba en serio.

Colocó las manos en su cintura y se dejó llevar.

El biólogo abrió la puerta y saludó a Dolores, que estaba sentada en un sillón de la recepción.

Tras él, Rosa seguía en perfecta sincronía las pisadas de Teo.

Subieron las escaleras acompasados, tratando de no reírse.

Escucharon un ruido que los paralizó. Detuvieron por un instante su ascenso en tándem.

Se asomaron y vieron a Amparo con su andador.

La anciana los miró con una sonrisa. Les guiñó un ojo.

Ellos siguieron subiendo hasta que Rosa entró en su habitación.

Teo se quitó los zapatos y se fue a la suya.

Para disimular, él bajó al poco rato de llegar. Ella lo hizo varias horas después.

—¿Ya estás mejor? —le preguntó Dolores.

A Rosa le sorprendió que se preocupara por ella.

—Sí, por suerte ya se me pasó la fiebre.

—Dicen que la tormenta nos dejará aislados unos días. Habrá que comprobar lo que tenemos almacenado y organizar las comidas.

—Mañana a primera hora iré a la tienda a ver qué les queda. Con lo que pueda comprar y lo que hay en la despensa nos arreglaremos hasta que vuelvan a entrar barcos con suministros.

—Recuerda que tenemos un huésped y hay que darle el servicio de desayuno.

—Lo tengo presente.

Ahí acabó la conversación. Sin reproches ni sospechas de su escapada a Alicante.

Fue a la cocina y apuntó en una lista las comidas que podía hacer con los productos que quedaban.

Después se abrigó y salió del hotel. El viento arreciaba, pero las ganas de ver a Teo ganaron la batalla.

Con dificultad, llegó hasta Punta Falcón.

Allí estaba él, sentado en la roca intentando no salir volando.

—Creo que vamos a tener que buscar otro lugar estos días para vernos —gritó Rosa para que pudiera escucharle.

Teo se puso de pie. En ese momento una ráfaga de viento empujó a Rosa hacia él. Ella se agarró a su cintura para no caerse.

—Es la segunda vez que me abrazas en apenas unas horas.

—Qué tramposo. La primera fue una artimaña tuya.

—Y funcionó.

—Sorprendentemente, sí. Dolores no se dio cuenta de que llegábamos juntos.

—Y encima conseguí que me abrazaras.

—¿Eso era lo que querías?

Él sonrió.

—Por lo que veo tú también lo estabas deseando —dijo Teo—. Has repetido la experiencia de tenerme en tus brazos.

—Era solo por no caerme —disimuló Rosa.

—Pues, aunque el viento ha amainado, sigues sin soltarme…

Los dos dejaron de hablar. Ya estaba todo dicho.

Sus miradas tomaron la palabra y expresaron lo que ambos deseaban que sucediera.

Los escasos centímetros que les separaban se fueron acortando poco a poco.

A cámara lenta. Una leve sonrisa fue el preludio de la pasión.

Lo inevitable ocurrió. Sus labios se humedecieron con el sabor del otro.

La calidez de sus bocas contrastaba con el frío viento que seguía zarandeando sus cuerpos unidos.

No les importó ese aire de levante que helaba sus manos y desordenaba el pelo de Rosa.

Ese vendaval era la excusa perfecta para que sus brazos se asieran con más fuerza.

Encadenaron besos. Uno tras otro. Sin apenas tiempo para respirar.

Ese era su oxígeno, el aliento del otro.

No necesitaban nada más. Continuaron así un tiempo indeterminado.

Más del que ambos fueron conscientes. Solo cuando sus manos comenzaron a doler por el frío, decidieron regresar al hotel.

Caminaron penosamente. Por el viento y porque no querían separarse.

El hotel era zona hostil. Con Dolores atenta a cada movimiento que hacían, no era buena idea seguir con su pasión allí.

Tenía el oído muy desarrollado por su ceguera, así que cualquier cosa que ocurriera entre esas cuatro paredes lo iba a saber.

Tenían que idear una alternativa para los días de tormenta.

Pero ¿dónde? Tabarca no tenía muchos lugares en los que refugiarse del temporal y pasar inadvertidos.

El último beso se lo dieron en la puerta. Después cada uno se fue a su habitación. Hacía tiempo que Rosa no se sentía tan bien.

Teo suspiró al tumbarse en la cama. Cerró los ojos y saboreó de nuevo los labios de Rosa.

Tras esa noche en Punta Falcón, se ratificó en la decisión que había tomado días atrás.

Su vida iba a cambiar. Y quería que fuera con ella.

Pero ahora tenía varios problemas. Por un lado, la tormenta le impedía trabajar, pero también le permitía estar más tiempo con Rosa.

Así que debía buscar un lugar discreto en una isla desconocida para él.

Y también encontrar una solución para recuperar el tiempo perdido sin poder bucear.

Y, lo más difícil de todo: hablar con su mujer.

Para eso todavía tendría que esperar unos días.

No sabía cómo se lo iba a decir, no había pensado las palabras exactas, pero su relación tenía que acabar.

A Teo le costó conciliar el sueño pensando en ellas.

En lo que había sido su pasado, en lo que era su presente y en lo que quería convertir su futuro.

Y en medio de esa vorágine de ideas, se le ocurrió quién podía ayudarle a encontrar un lugar en el que pasar esos días de encierro con Rosa.