La isla de las flores amarillas Capítulo 19
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Capítulo 19

Nada más salir del Archivo Municipal, Teo y Rosa entraron en una tienda cercana. Estaban empapados. Compraron lo primero que encontraron.

—Me encanta tu sudadera de I love Alicante —dijo él.

—No tanto como a mí la tuya.

Los dos rieron al salir de los probadores. Habían elegido el mismo diseño.

—Ahora parecemos dos turistas… —Rosa se miró en el espejo de la tienda.

—Pues habrá que hacer méritos para tan alta distinción.

Salieron a la calle en busca de algo de comer.

Se sentaron en una terraza de la Explanada, el paseo más emblemático de la ciudad.

Allí se mimetizaron tan bien con los turistas que el hombre que había activado la alarma de incendios pasó por su lado y no se dio cuenta de que eran ellos.

Siguió buscándolos desesperado. No bastaba con haberles impedido que leyeran la noticia que le delataba.

Quería asustarles para que dejaran de husmear en un pasado que podía arruinar su futuro, su plan de vida.

Los dos turistas camuflados terminaron de degustar el arroz del senyoret .

—Me gustaría llevarte a un sitio con unas vistas espectaculares, pero antes… —Teo sacó un periódico de la bolsa de la tienda de ropa—. ¡Tachán!

—¿En serio? ¿Lo has robado del archivo?

—Bueno, en realidad lo he salvado de morir ahogado.

—Visto así… —rio Rosa.

El biólogo puso el periódico en la mesa y comenzó a pasar hojas. Cuatro ojos escudriñaban cada noticia que aparecía ante ellos. Asuntos de política, economía, sucesos…

—¡Aquí está!

Teo señaló la página. Había una fotografía de un individuo acompañado por un guardia civil. Debajo, el titular a tres columnas.

—«Detenido un tunecino en Tabarca tras arrancar posidonia del fondo marino» —leyó en voz alta.

—¡Un momento!

Rosa cogió el periódico y miró con detenimiento la imagen. La calidad de la fotografía no era muy buena. El individuo tenía la cabeza gacha y la melena le cubría parte de la cara.

—¡Es él! —concluyó.

—¿Le conoces?

—El tipo que vi en la iglesia en la misa de mi padre.

—¿Estás segura? No se le ve muy bien…

—Convencidísima. Es él. La piel morena, ese mismo pelo, la altura. Todo coincide. No tengo ninguna duda.

—Pero de esta foto han pasado ya seis años. Este hombre habrá cambiado.

—Sé perfectamente lo que vi. Si no es él, tiene un hermano gemelo. Soy muy buena quedándome con los rasgos de la gente. ¡Recuerda que trabajo de cara al público!

—Vamos a ver qué pone en la noticia.

El sorprendente hallazgo lo realizó un vecino días atrás, cuando vio flotando en el mar una densa masa de posidonia. No era la primera vez que observaba esa insólita imagen, así que alertó a la Guardia Civil, que patrulló por la zona durante varios días hasta dar con él.

El detenido es Aziz Ward, de origen tunecino.

La Benemérita le sorprendió junto al islote de la Naueta.

Iba equipado con un traje de neopreno y gafas de bucear.

Realizaba continuas inmersiones al fondo marino, donde arrancaba las plantas de posidonia a su paso.

Los restos de su ataque a la flora de la isla aparecían después en la superficie del Mediterráneo.

Los agentes le detuvieron por una agresión al medio ambiente marino.

Se le impuso una multa de 50.000 pesetas.

Aziz se negó a responder a las preguntas de los agentes para aclarar el porqué de su comportamiento.

Se buscó un traductor por si el problema era el idioma, pero siguió sin decir ni una sola palabra.

Los agentes le advirtieron de que, si volvía a reincidir, no serían tan benevolentes con la cuantía de la multa.

Los vecinos de Tabarca respiran aliviados tras la detención del individuo. «Nosotros vivimos de la pesca. Casi todas las familias de Tabarca nos dedicamos al mar. Cualquiera que ataque nuestro entorno natural está atacando nuestro modo de vida», denuncia, enérgico, Luis Chacopino.

La rápida actuación de los agentes ha permitido que el daño a la posidonia haya sido limitado.

Aun así, las «calvas» que ha generado en el fondo marino tardarán años en recuperarse, ya que el crecimiento de la posidonia es lento.

Pero los expertos confían en que volverá a lucir como antes.

«Solo es cuestión de tiempo que la pradera de posidonia vuelva en las zonas afectadas.

Esta planta crece solo entre tres y cuatro centímetros al año si se dan las condiciones necesarias.

Calculo que de aquí a unos quince años tendrá el aspecto previo a este agravio», explica Jorge Jalc, biólogo marino.

El alcalde de Alicante ha asegurado que se han iniciado los trámites para proteger todo el ecosistema que rodea la isla de Tabarca para que este incidente no se vuelva a producir.

«O al menos que los que atenten contra nuestro entorno paguen por sus actos.

La presencia de la Guardia Civil se va a multiplicar, así como la cuantía de las multas».

— Aziz Ward. —Rosa leyó el nombre del detenido—. ¿De qué me suena a mí este nombre? —se quedó pensativa.

—El caso es que yo ese apellido también lo he visto en algún sitio. Me resulta muy familiar, pero ahora mismo no caigo. Por cierto, a este tipo le detuvieron justo por la zona donde estoy haciendo las inmersiones estos días.

—¿Crees que Aziz tiene algo que ver con el robo del carrete de fotos?

—Eso no lo sé, pero desde luego es mucha casualidad que justo cuando este hombre aparece en la isla se produzca un robo en el hotel y también a mí.

—¿Y para qué habrá vuelto a Tabarca tantos años después?

Teo se encogió de hombres.

Pagaron la cuenta de la comida y buscaron una papelería.

Fotocopiaron la hoja del periódico y regresaron al Archivo Municipal.

La funcionaria seguía secando agua en la sala principal.

Dejaron el periódico en el mostrador y caminaron hacia la playa del Postiguet.

A pesar del frío, había bastante gente en la arena.

Algunos tomando el sol. Otros, los menos, dentro del mar.

Todos turistas. Continuaron por el paseo, cruzaron la carretera y llegaron a un túnel excavado en la roca en el que había un ascensor para subir al castillo de Santa Bárbara.

Pasearon por el recinto amurallado hasta alcanzar la zona más alta.

—Mira. —Teo señaló hacia el mar.

En medio del gran azul se divisaba a lo lejos Tabarca. Rosa la observó en lontananza. La imagen era de postal. Por un instante le pareció hasta bonita.

—Ahora entiendo por qué los piratas la eligieron de refugio —dijo Rosa.

—¿Piratas?

—Durante mucho tiempo la isla estuvo controlada por los corsarios berberiscos del norte de África.

Desde allí tenían el control sobre los barcos que navegaban por la zona.

Los atacaban y se quedaban con sus tesoros.

Hasta que Carlos III los expulsó en el siglo XVIII y repobló la isla para evitar que volvieran a asentarse.

Trajo a pescadores italianos que habían sido rescatados de su cautiverio en una isla de Túnez: Tabarka.

—¿Así que el nombre actual de la isla viene de ahí?

—De hecho, oficialmente es Nueva Tabarca, aunque nadie la llama así. Y por eso la mayoría de los vecinos tenemos apellidos genoveses. Yo soy Chacopino, pero también hay muchos Parodi, Leoni, Luchoro…

El sonido de las campanas de la basílica de San Nicolás interrumpió su explicación.

—¿Qué hora es?

Teo consultó su Casio.

—Las cuatro.

—¡Mierda! ¡Tenemos que irnos! ¡El último barco sale a las cinco y media!

El ascensor los devolvió al nivel del mar.

Con la respiración agitada entraron en la estación de autobuses.

Por segundos no lo perdieron. A su llegada a Santa Pola de nuevo les tocó correr hasta el puerto.

El barco estaba a punto de salir. Llegaron justo a tiempo, pero entonces Rosa se quedó a un metro de la pasarela de metal para subir a bordo.

Tuvo la tentación de irse de allí, huir y comenzar una nueva vida alejada de la isla.

Teo vio en su rostro sus intenciones. Se puso delante de ella y le tendió la mano.

Tras una breve batalla de miradas Rosa se rindió.

La imagen de su abuela le vino a la mente.

Tenía que volver, no había otra opción. Resignada cogió la mano de Teo.

Y entonces sucedió. El suave tacto de la piel del biólogo le erizó hasta el último poro de su cuerpo.

Sintió ternura, cobijo, calor, seguridad, hogar.

Se sentaron en sendas sillas del interior del barco, junto a una ventana.

Durante el trayecto de vuelta no le soltó.

Rosa necesitaba asirse a su mano. La tranquilizaba.

Quince minutos después de salir el barco, apareció en el puerto Aziz, el tunecino.

Maldijo su mala suerte. El coche que le llevaba a Santa Pola desde Alicante había pinchado una rueda a mitad de camino.

Ese imprevisto y la tormenta que esa misma noche dejaría incomunicada la isla de Tabarca durante días fue la tregua que el destino les dio a Rosa y Teo para que pudieran disfrutar juntos, sin preocupaciones y a salvo.

Pero el temporal pasaría y cuando Aziz volviera a Tabarca la vida de ambos correría peligro.