La isla de las flores amarillas Capítulo 18
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Capítulo 18

Todavía era de noche, pero Teo ya estaba preparado en su habitación para salir del hotel con los primeros rayos del sol.

Amparo había hablado con un pescador que los llevaría a Santa Pola en cuanto amaneciera.

De allí cogerían un autobús a Alicante. Cuando el biólogo bajó a la recepción, Rosa ya le esperaba allí desde hacía un buen rato.

Los nervios le habían impedido dormir más de tres horas seguidas.

—¿Has cogido la carta del alcalde? —susurró Teo.

Ella asintió y señaló la mochila que tenía en la espalda.

—Entonces estamos listos.

Justo cuando iban a abrir la puerta del hotel escucharon un ruido que los paralizó a los dos. A cámara lenta se giraron y respiraron aliviados al ver a Amparo.

—Os falta esto —dijo entregándoles una bolsa—. Ahí lleváis unas empanadillas y algo dulce para el camino.

—Abu, no tenías por qué.

—Navegar con el estómago vacío no es buena idea.

Rosa la abrazó.

—Volveremos con el último barco.

—Disfrutad del viaje. Y de vosotros.

Amparo les guiñó un ojo. Aunque ninguno lo había verbalizado, eso último era el objetivo real de esa escapada para ambos.

Cerraron la puerta con cuidado de no hacer ruido y fueron hacia el puerto.

Al final del muelle les esperaba Felipe.

Era su día de descanso y por eso no había salido al mar a echar las redes, así que no pudo negarse a la petición hecha por Amparo el día anterior.

Su familia le había ayudado mucho en tiempos complicados, pero sacar a Rosa y a Teo de la isla le supuso un conflicto moral.

Felipe sabía algo que Amparo desconocía y sentía que ayudar a su nieta a salir de Tabarca no era la mejor manera de protegerla.

Subieron al barco pesquero, Felipe desató el cabo y puso rumbo a Santa Pola.

El mar apenas se movía. Los tres ocupantes de la embarcación se refugiaban del frío amanecer en la angosta cabina de madera.

Rosa miró atrás y vio como poco a poco la isla se alejaba cada vez más de ella.

Conforme se hacía más pequeña, su sensación de libertad se amplificaba.

Era como si sus pulmones, de repente, tuvieran el doble de capacidad.

Llegaron a Santa Pola apenas veinte minutos después. Felipe amarró su embarcación y les ayudó a bajar. Mientras los veía caminar, se preguntó si había hecho lo correcto. Pero ya era tarde para lamentos.

Antes de abandonar el puerto, Rosa se giró para contemplar Tabarca desde aquella perspectiva tan inusual para ella.

—¿Estás bien? —le preguntó Teo.

Sin apartar la mirada de la diminuta Tabarca, le respondió con una amplia sonrisa.

Le dio la espalda a la isla y siguió andando hacia la estación.

Era la primera vez que Rosa subía en autobús.

Los últimos años de colegio tuvo que ir a clase en Santa Pola, cuando cerraron la escuela de Tabarca, pero el camino siempre lo hacía a pie.

Algo tan simple como estrenarse en ese nuevo medio de transporte la colmó de felicidad.

Durante el trayecto contempló por la ventanilla paisajes que nunca antes había visto.

Se sentía rara sin preparar el desayuno a los huéspedes, sin limpiar las habitaciones, sin revisar las facturas del hotel y, sobre todo, sin tener que rendirle cuentas a Dolores por cualquier cosa.

Aunque también se sentía extraña por su compañía.

Miró a Teo de reojo. De no ser por él, ese día habría sido uno más de su aburrida vida.

Y no solo ese, sino también los anteriores.

Desde su llegada a Tabarca, Rosa había encontrado un aliciente en cada anochecer: estar con él.

El autobús pasó por un bache y Teo se agarró al asidero del asiento.

No llevaba anillo. Cruzaron sus miradas.

Entonces Rosa supo que, en esa ocasión, había sido un olvido premeditado. Él se lo confirmó guiñándole un ojo.

Rosa sonrió, pero esa felicidad enseguida se esfumó. Perdió la mirada a través de la ventana y su mente comenzó a lanzarle a traición preguntas para las que no tenía respuesta.

«¿Cómo puedo fiarme de Teo?».

«¿Y si no soy más que una aventura para él?».

«¿Qué estoy haciendo, yéndome de Tabarca con un desconocido que encima me ha ocultado la verdad?».

Rosa se agobió. Notó en el pecho cómo el corazón latía cada vez más rápido.

Le gustaba estar con Teo. No sabía explicar muy bien por qué.

Sentía algo especial cuando estaba a su lado, pero no a cualquier precio.

No estaba dispuesta a ser «la otra». Tenía que hablar con él.

El autobús paró en la estación. Teo la cogió de la mano.

—Vamos, llegamos justos a nuestra cita con el alcalde. —El biólogo bajó con premura y enfiló hacia el centro de la ciudad.

Rosa necesitaba contarle sus inquietudes, pero quizá no era el mejor momento. Pospuso esa conversación que sí o sí iba a tener con él cuando encontrara la situación oportuna.

El sonido de la campana de la torre del ayuntamiento anunció que eran las once y media. Rosa y Teo hacía varios minutos que esperaban en la puerta del despacho del alcalde. Una secretaria les hizo pasar. José Luis Lassaletta se levantó de la silla y fue a su encuentro.

—Bienvenidos. Adelante, pasad y sentaos.

—Muchas gracias por recibirnos. —Teo le estrechó la mano.

—Un placer conocerle, alcalde. —Rosa le dio dos besos.

—Siento mucho lo de Luis. Era un buen hombre que se preocupaba mucho por sus vecinos y por la propia isla.

—Gracias. Su pasión era Tabarca.

—Sin duda. Bueno, decidme, ¿en qué os puedo ayudar?

—Revisando algunos papeles del hotel encontré esto.

Rosa abrió su mochila, sacó la carta y se la entregó. Nada más verla, el alcalde se la devolvió.

—Se la envié para agradecerle lo que hizo por la conservación de la isla. Él fue el precursor de la reserva marina de Tabarca.

—Aquí habla de un desolador hallazgo que hizo mi padre. Y la verdad es que me gustaría saber qué descubrió. Luis era pescador antes de regentar el hotel y no le encuentro mucho sentido que impulsara la reserva marina si eso iba a perjudicarle tanto a él como a sus compañeros.

—Muchos no lo entendieron al principio, pero luego incluso le dieron las gracias.

Es cierto que al implementar la reserva marina se redujeron los caladeros en los que podían faenar.

Pero, con el tiempo, les benefició a todos porque aumentaron las capturas.

Al proteger la zona más cercana a Tabarca, se permitió que los peces crecieran y se reprodujeran más.

Así que, aunque tuvieron que alejarse un poco más de la isla para trabajar, les compensó por el incremento de kilos capturados.

—¿Y lo del desolador hallazgo?

—Pocas semanas antes de escribirle esa carta a tu padre, recibimos varias llamadas de vecinos alertando de que llegaba a la orilla mucha cantidad de posidonia.

Cuando hay temporal es habitual que parte de esas plantas que están en el fondo marino sean arrastradas por las corrientes y acaben en la playa.

Pero lo extraño fue que eso ocurrió con el mar en calma.

—Si me permitís una pequeña aclaración… —intervino Teo—, la posidonia es muy sensible a la contaminación.

Si hay, por ejemplo, algún pequeño vertido de combustible o cualquier otro producto nocivo, se puede provocar esa misma situación: la posidonia se muere, se desprende y finalmente se deposita en la orilla.

—Justo esa fue otra de las teorías que barajamos, pero la descartamos al poco tiempo.

—Pues entonces alguien tuvo que arrancarla. No se me ocurre otra explicación —concluyó Teo.

—Eso fue lo que pasó.

—¿Qué? —se extrañó Rosa.

—Uno de los días que tu padre salió a faenar, vio en la superficie del agua un gran manto de posidonia flotando. Observó que salían burbujas del agua. Se quedó un rato observando hasta que un buceador emergió del fondo.

—¡Así que él era el responsable!

—Tuvo que serlo, porque nada más ver a tu padre en el barco se volvió a meter al agua y despareció.

—¿Y por qué lo hacía? ¿Qué sentido tiene arrancar la posidonia?

—Un momento, que todavía hay más —continuó el alcalde—. Luis regresó al día siguiente, pero esta vez a más distancia para no asustar al buceador. Y ocurrió lo mismo en una zona próxima a la anterior. Así que avisó a la Guardia Civil, montaron un operativo y le detuvieron. Salió en la prensa.

—¿Y qué dijo cuando le arrestaron? ¿Qué explicación dio?

—Ninguna. No hablaba nuestro idioma. Conseguimos un intérprete, pero también se negó a decir nada. Al final le impusimos una multa por daños al entorno natural y le dejamos marchar. Nunca la pagó. Pero al menos el problema se acabó, aunque solo durante un par de meses.

—¿Volvió a Tabarca para seguir arrancando?

—No sabemos si fue él u otra persona, pero el caso es que continuaron apareciendo muchos restos de posidonia en la playa. De nuevo Luis observó plantas en la superficie del agua y ya entonces fue cuando me escribió.

—No le encuentro una explicación lógica a eso… —Teo se quedó pensativo.

—O lo hace simplemente por el gusto de destrozar, o está buscando algo en el fondo marino, o usa la posidonia para algún ritual o brebaje raro.

—¿Tiene algún dato más sobre este individuo? Quizá por el nombre, a través de la policía, se pueda averiguar algo. A lo mejor tiene antecedentes…

—Era de origen tunecino. Es de lo poco que recuerdo.

Después de estos incidentes, tu padre nos sugirió que protegiéramos el entorno de la isla para que no se volviera a repetir.

De hecho, hasta nos ayudó a pintar sobre el mapa los lugares que debíamos blindar para que nadie pudiera acceder libremente.

O al menos sin que tuviera consecuencias, claro.

—Ya. Imagino que es difícil ponerle puertas al mar.

—La Guardia Civil patrulla constantemente por la zona.

No puede estar las veinticuatro horas del día, pero su mera presencia, aunque intermitente, ya genera un efecto disuasorio.

Además, se han multiplicado las multas por saltarse las normas.

La verdad es que desde entonces no hemos tenido incidentes parecidos. Al menos, que sepamos.

—Me alegro de que se solucionara.

—Todo gracias a Luis. Él fue el que nos alertó y el que sugirió cómo hacerle frente. Es uno de los vecinos que más ha hecho por la conservación y puesta en valor de Tabarca.

—Muchas gracias por sus palabras, alcalde. No queremos quitarle más tiempo. Nos ha aclarado todas nuestras dudas.

—Un placer.

Se despidieron. Justo cuando iban a salir del despacho, José Luis les llamó.

—¡Un momento!

Les instó a volver haciendo un gesto con la mano.

—¿Cómo no se me había ocurrido antes? Ya sé dónde pueden encontrar algún dato más. Acabo de recordar que el diario Información publicó una noticia sobre la detención del tunecino.

—¿En serio? —dijeron a la vez.

—Con foto incluida si mi memoria no me falla.

—¿Dónde podemos verla?

—En el Archivo Municipal se conserva la hemeroteca de todos los periódicos que se han publicado en Alicante desde tiempos pretéritos. Está aquí mismo, junto a la torre del reloj del ayuntamiento, en la planta baja.

—¿No recordará más o menos la fecha de publicación de la noticia? Por ahorrar tiempo buscando en el archivo.

Lassaletta se quedó pensativo unos segundos.

—¡De hecho les puedo decir el día exacto! —respondió eufórico—. Rosa, permítame un momento la carta que le envié a su padre, por favor.

La sacó de la mochila y se la entregó.

—La carta la envié el 22 de febrero, así que tendréis que buscar el periódico del 23. Recuerdo que escribí a Luis por la mañana, y esa tarde se produjo la detención. De hecho, fui en persona a Tabarca y se lo conté. Tendrán que mirar el periódico del día siguiente.

—Pues bendita casualidad. Gracias de nuevo.

Salieron del despacho y bajaron a la plaza del ayuntamiento. Pasaron por delante de la torre del reloj y entraron al edificio contiguo. Una mujer les recibió tras el mostrador.

—Buenos días, nos gustaría consultar en el archivo un ejemplar del periódico Información .

—Sabemos la fecha exacta… —se apresuró a añadir Rosa.

—Entonces será sencillo. —Sacó papel y boli—. Tenéis que rellenar este documento. Dejadme vuestros carnets de identidad y os acompaño a la sala.

Cinco minutos después, estaban en una habitación llena de estanterías con periódicos hasta el techo. No se veían las paredes, solo pilas y pilas de papel.

—Veintitrés de febrero de 1985. Ese es el que necesitamos —dijo Rosa.

—Debería de estar por aquí… —masculló la mujer yendo al fondo de la sala.

Fue sacando algún ejemplar para ver la fecha. Siguió buscando hasta que sonó una campanita en el mostrador.

—Tengo que bajar un momento. Seguid mirando por esta zona. Estos son de 1984, así que estamos cerca. Aquí al lado tenéis una sala para consultarlo con tranquilidad. Después dejadlo en la mesa y yo lo guardaré.

La mujer salió de la habitación.

—Busca tú en esa estantería y yo comprobaré estos —dijo Teo.

La tinta de los periódicos fue manchando las manos de ambos conforme sacaban algunos ejemplares para cotejar la fecha.

—¡Aquí está!

Rosa levantó un periódico con las dos manos como si fuera un trofeo.

Lo pusieron en una mesa y se sentaron frente a él.

Justo en ese momento sonó la alarma de incendios.

Los rociadores del techo comenzaron a escupir agua por toda la estancia.

Rosa y Teo salieron corriendo y bajaron las escaleras hasta llegar a la calle.

Otros usuarios del archivo hicieron lo mismo.

Desde fuera no se veía nada. Ni rastro de humo ni fuego por ninguna parte.

Pocos minutos después llegaron los bomberos.

Una dotación se metió en el edificio y comprobó todas las dependencias.

Minutos más tarde salieron a hablar con la mujer del mostrador.

—No hay ningún incendio. Llame a la empresa que instaló el sistema de alarma y que lo revisen porque claramente ha fallado.

La funcionaria entró de nuevo al archivo.

Había agua por todas partes. Recogió los libros que estaban sobre las mesas para secarlos.

En ese momento, sin que nadie se diera cuenta, salió del aseo la persona que había activado la alarma de incendios.

El mismo que había seguido a Rosa y Teo desde el ayuntamiento, a quien el cura de Tabarca había informado sobre esa reunión con el alcalde.