La isla de las flores amarillas Capítulo 17
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Capítulo 17

Teo apuró al máximo la luz solar para aprovechar el día y avanzar en el trabajo.

Nada más salir del agua sacó el carrete de fotos de la cámara y lo guardó en la bolsa.

Se quitó el neopreno, anotó los parámetros que había analizado en la libreta y recorrió el sendero de vuelta al hotel.

Antes de entrar, se asomó por la ventana para comprobar si Rosa estaba en la recepción.

No la vio, así que abrió la puerta y fue directo a su habitación.

Se duchó, se vistió y bajó. Antes de marcharse de nuevo a Punta Falcón, fue a ver a Amparo.

Tenía que asegurarse de que Rosa iba a ir a su lugar de encuentro habitual y pensó que la abuela le ayudaría a conseguirlo.

Bastó que se lo pidiera para que ella accediera.

Al salir, vio a Dolores y aprovechó para preparar su coartada para su escapada a Alicante.

—Mañana no hace falta que me preparen el desayuno. Saldré muy pronto a bucear. Necesito avanzar con el trabajo.

Dolores asintió. Teo emprendió el camino de vuelta a su particular observatorio de estrellas.

El trayecto se le hizo largo. A la incertidumbre de si Rosa acudiría o no se sumaban los nervios por lo que le iba a contar y por cómo se lo tomaría ella.

Llegó al punto más lejano de la isla y se sentó en la roca.

La respuesta al primer interrogante llegó veinte minutos más tarde.

Nada más ver a Rosa, Teo se puso de pie.

Ella le cogió la mano por la muñeca y la puso delante de su cara.

—¿Por qué no llevas anillo si estás casado? —le preguntó directamente.

—Antes de nada, quiero que sepas que iba a contártelo yo, pero…

—Pero me enteré de la peor forma y por la peor persona posible.

—Ya. El otro día llamó mi mujer al hotel y cogió el teléfono Dolores. Y se ve que la discreción no es una de sus mejores virtudes.

—Esa mujer no pierde oportunidad para fastidiarme.

—Siento que no lo supieras por mí.

—En realidad…, no sé ni por qué estoy enfadada ni por qué te echo en cara que no me contaras que estás casado. Es tu vida y no tengo derecho a reclamarte nada.

—Entonces ¿por qué te ha molestado no saberlo por mí?

Rosa vio en Teo la misma mirada de la noche anterior. Sus ojos le pedían a gritos un beso que todavía tendría que esperar. Ella respondió a su pregunta sin hablar. Él captó el mensaje.

—No llevo anillo por mi trabajo. Cuando buceo me lo quito porque con el roce se dañaría el neopreno. Lo dejo en el hotel para que no se me pierda, pero muchas veces se me olvida ponérmelo de nuevo.

—Y si estás casado, ¿por qué me miras así?

—Porque lo que más deseo en este momento es dejar mi vida atrás y venirme a esta isla contigo.

Rosa se ruborizó. No pudo evitar disimular una sonrisa nerviosa que apareció al instante en su rostro, que adquiría por segundos un intenso color rojizo.

—Déjame que te cuente mi historia y lo entenderás.

Teo cogió de la mano a Rosa y la invitó a sentarse en la roca junto a él. Los dos miraron el cielo. Ella buscando las dos estrellas más brillantes. Él, una vía de escape a sus problemas.

—Llevo varios años atrapado en una realidad de la que quiero huir y no sé cómo. Siento que se me escapa la vida y solo tengo veintiséis años.

—¿Es que no te gusta lo que haces?

—Me apasiona mi profesión. Ese no es el problema. De hecho, estos días aquí en la isla están siendo los más felices para mí en los últimos años.

—¿Y entonces?

—Es mi vida personal la que está atascada. Y con difícil salida.

—Todo tiene solución menos la muerte.

—Pero esa solución pasa por destrozar a una persona y tampoco es lo que quiero.

—En ese caso seguirás desperdiciando tu vida por no dañar la de otros.

—Ya, pero es que se trata de mi mujer y ella no se lo merece.

—Vas a tener que explicarme algo más si quieres que intente ayudarte.

—He cumplido uno de los sueños de mi vida, que es dedicarme al mar. Bucear, contemplar toda la riqueza que hay bajo el agua. Me siento realizado y feliz. Pero todavía me queda otro anhelo: ser padre.

—¿Qué problema hay con eso?

—Pues que mi mujer, Teresa, no puede ser madre.

—Vaya, lo siento mucho.

—Llevamos años de tratamiento, visitas a médicos y, al final, han descubierto que tiene una malformación en el útero que le impide quedarse embarazada. Ni siquiera con técnicas de reproducción asistida. Imposible.

—¿Y no os habéis planteado adoptar?

—Yo sí. Quiero ser padre, aunque el niño no tenga mi sangre. Pero ella, no. No concibe tener un hijo que no haya gestado en su vientre.

—¿Los médicos no os dan ninguna esperanza?

Teo negó con la cabeza.

—¿Y no hay una mínima posibilidad de que Teresa piense en lo de adoptar?

—Se niega en rotundo. Dice que jamás podría sentir un hijo como propio que no haya tenido en su vientre.

Además, mi mujer trabajó en un orfanato y vio situaciones muy complicadas de padres adoptivos que han tenido que devolver a los hijos por conflictos, y teme que nos pueda pasar a nosotros.

La marcó tanto que al final lo dejó y tuvo que buscarse otro empleo.

—Pero habrá otros muchos casos en los que todo vaya bien y consigan ser una familia feliz.

—La mayoría, de hecho. No hay manera de que entre en razón.

Le da pavor que nos «toque» un niño con problemas y no sepamos adaptarnos a la situación.

El caso es que desde que los médicos nos dieron la noticia nuestra relación se ha resentido mucho.

Teresa está muy irascible, hablamos poco y discutimos mucho.

Y yo no sé qué hacer. Entiendo su frustración y me da mucha pena verla así, pero…

—¿Hasta qué punto deseas ser padre?

—No concibo mi vida sin tener un hijo. Es mi mayor sueño. Pero, por otro lado, me parece egoísta por mi parte. Ella está sufriendo mucho y yo me siento fatal solo de pensar en que lo nuestro se acabe. No quiero que sufra.

—Tú has puesto sobre la mesa una alternativa.

—A ella no le sirve. Está cerrada en rotundo a adoptar un niño.

—Entonces esto tiene mala solución. Si la dejas, le harás daño, y si sigues con ella…

—Renuncio a mi mayor ilusión.

—Si te sirve de consuelo, yo también he tenido que renunciar a mi sueño poque no puedo salir de esta isla.

—Bueno, eso va a cambiar. Mañana nos vamos de aquí.

—Pero ¿qué dices?

—Nos recibe el alcalde de Alicante en su despacho a las once y media. Y ya que estamos allí, habrá que visitar la ciudad, ¿no? Dicen que hay un castillo muy chulo con unas vistas espectaculares que…

—Sabes perfectamente que no puedo irme de Tabarca —le interrumpió—. Tengo que estar al frente del hotel. No quiero tener más problemas con Dolores.

—Eso está solucionado. Le he dicho que mañana saldré pronto y no desayunaré allí. Y tú estarás en la cama con una indisposición.

—Eso no va a funcionar. Dolores no se lo va a creer.

—Tu abuela confirmará tu coartada.

—¿Ella está de acuerdo con esto?

—Ha sido idea suya, de hecho.

Rosa sonrió.

—Si no fuera por mi abu, no creo que hubiera podido superar la muerte de mi padre. Ella es la única razón por la que no he tirado la toalla.

—Pues tu abuela quiere que te vengas conmigo mañana a Alicante. ¿Le vas a decir que no a ella?

—Menuda lianta…

—¿Es que no quieres saber qué descubrió tu padre en el fondo marino?

—¿A qué hora dices que nos vamos?

Teo levantó la palma de la mano. Rosa se la chocó con energía.

—Espero no arrepentirme de esta locura.

—¿Salir a dar paseo por Alicante es una locura?

—Ya sabes mis circunstancias.

—Pues tus circunstancias se quedan aquí. Y tú y yo nos vamos a averiguar cuál fue el desolador hallazgo que hizo tu padre.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con tus circunstancias?

El biólogo se quedó con la boca abierta sin saber qué decir. Había empujado a Rosa a salir de su cárcel de agua y mientras él seguía atrapado en la suya propia. Acababa de decidir que eso iba a cambiar.