La isla de las flores amarillas Capítulo 16
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Capítulo 16

Teo procuró que nadie le viera salir de la habitación de Amparo.

Fue directo a la suya para preparar el equipo.

Cogió su bolsa y bajó con sigilo las escaleras.

Había ruido en la cocina tras el mostrador, así que intuyó que Rosa estaría recogiendo el desayuno.

Ni rastro tampoco de Dolores en la recepción.

Abrió la puerta de la entrada y se fue del hotel.

Tenía que hablar con Rosa y contarle toda la verdad.

Ya iba a hacerlo antes de que se la revelara Dolores, de hecho.

Nunca imaginó que pudiera enterarse por otra persona que no fuera él.

Sintió rabia y frustración. Ya no había vuelta atrás y estaba dispuesto a aclararle su delicada situación y el motivo por el cual aún no se lo había contado.

La visita a la iglesia le iba a servir para dos cosas: gestionar la escapada a Alicante y rezar para que Rosa aceptara sus explicaciones.

La isla había amanecido soleada. Apenas un par de vecinos caminaban por las calles rumbo a sus quehaceres diarios.

Teo disfrutó del corto trayecto a la iglesia, que le llevó apenas un par de minutos a paso lento.

Le encantaba el ritmo pausado de la isla frente a la vorágine de la ciudad.

Allí, en Tabarca, el tiempo parecía dilatarse.

El segundero del reloj se movía con sosiego en el Casio de su muñeca.

Nada más llegar a la iglesia, recordó que solo la abrían en días de culto, y ese día cualquiera no estaba señalado en rojo en el calendario.

La puerta principal lo confirmó. Cerrada.

Fue a la otra entrada del lateral. Al empujarla, esta se abrió sin resistencia.

El quejido de la madera rechinó y se propagó en forma de eco por toda la estancia.

Dentro olía a humedad. Las paredes desconchadas pedían a gritos una nueva piel blanca que ocultara los innumerables desperfectos causados por la falta de mantenimiento.

Teo se sentó en uno de los fríos bancos, se santiguó y dirigió la mirada a la virgen que presidía el altar, flanqueada por dos santos que no supo reconocer.

Rezó un padrenuestro y pidió por Amparo, por Rosa y por él.

Necesitaba encontrar una salida a su infelicidad.

Tras la oración, volvió a hacer la señal de la cruz y se dirigió al altar.

En ese momento, el cura fue a su encuentro.

—Hola, padre —Teo le estrechó la mano.

—¿En qué puedo ayudarle? —Rosendo lo reconoció en cuanto lo vio.

—Necesito hacer una llamada. Me han dicho que aquí tienen uno de los pocos teléfonos de la isla. Me preguntaba si sería tan amable de permitirme usarlo un momento.

Rosendo dudó. Recordó el abrazo que aquel desconocido le había dado a Rosa en la misa funeral de su padre, una actitud poco decorosa para él.

Aunque, por otro lado, él se debía a los valores cristianos, y ayudar al prójimo era uno de ellos.

Tras una breve reflexión, se decantó por esto último, pero aprovechó la ocasión para avanzar en el proyecto de restauración de la iglesia.

—Acompáñeme.

Rosendo le hizo un gesto con la mano y fue al altar. Antes de subir el escalón, hizo una pequeña genuflexión. Teo le imitó. Ambos entraron a la sacristía. El sacerdote cogió un cestillo que tenía en el cajón de su escritorio y lo puso encima de la mesa.

—No sé si se ha fijado en cómo está el templo. Llevamos años recaudando fondos para arreglar los desperfectos.

Rosendo le guiñó un ojo. Teo entendió la indirecta. Ese era el peaje para usar el teléfono. Sacó la cartera y depositó varias monedas.

—Gracias por su desinteresada aportación.

Teo optó por no responder al sarcasmo.

—¿Tiene a mano una guía telefónica? Necesito el número del ayuntamiento de Alicante.

Al cura le extrañó su petición. No entendía para qué querría hablar con el consistorio un forastero. Se acercó a la mesita donde estaba el aparato, descolgó y marcó.

—Me lo sé de memoria. —Rosendo le dio el auricular y salió de la sacristía.

A Teo le costó varios minutos y muchas explicaciones contactar con el alcalde. Hasta que mentó a Luis Chacopino. Ese nombre fue la clave para que el regidor le hiciera un hueco en su agenda al día siguiente.

—Muchas gracias, señor Lassaletta. Hasta mañana.

El biólogo colgó satisfecho por haberlo logrado. Pero todavía le quedaba lo más difícil: que Rosa le perdonara por no haber sido sincero con ella y conseguir sacarla de la isla sin que Dolores se diera cuenta. Salió de la sacristía. Rosendo fingía leer el evangelio en el altar.

—Que vaya bien el día. —Teo le estrechó la mano—. Ha sido una suerte encontrarle hoy en la iglesia. Gracias por prestarme su teléfono.

—Un placer —contestó mientras pensaba en la conversación que acababa de escuchar y en sus consecuencias.

Teo cerró la puerta de la iglesia y puso rumbo hacia Punta Falcón.

Iba con retraso en el trabajo y tenía que aprovechar al máximo.

El robo había trastocado su planificación: en una semana debía tener analizada toda la zona submarina protegida por la reserva, pero repetir las fotos del primer día le complicaba cumplir los plazos.

En el camino pensó cuándo y dónde hablar con Rosa.

Lo ideal sería verse como cada noche, lo más alejado posible de la civilización para que nadie les molestase.

Pero Teo dudó si ella acudiría allí después de descubrir su realidad.

—¡Ya sé cómo hacer que Rosa vaya!

Cogió un Asteriscus maritimus de los muchos que poblaban los márgenes del sendero y se lo colocó sobre la oreja. El resto del camino estuvo pensando en la conversación que esa noche iba a tener con Rosa.

En cuanto Teo abandonó la iglesia Rosendo se asomó al umbral y esperó a que se alejara.

Entonces dio un portazo y salió. No paraba de darle vuelas a la conversación del biólogo y la cita con el alcalde.

Su plan estaba en peligro, y la vida de más de una persona de la isla, también.

Pero ya era demasiado tarde, no había marcha atrás.

Se dirigió al edificio contiguo al templo, la antigua escuela cerrada a finales de los ochenta.

La explicación de por qué el cura iba a quedarse toda la semana en Tabarca y el motivo por el que la iglesia permanecía abierta un día cualquiera fuera del calendario cristiano se escondía allí dentro.