Capítulo 15
Un atronador silencio. Eso es lo que se escuchó durante los interminables segundos en que Rosa intentó asimilar lo que acababa de decir Dolores. «Teo está casado». Al instante pensó en que aquello era una invención de su madrastra.
—¿Se puede saber cómo sabes tú eso? —preguntó Rosa, incrédula.
—Su mujer llamó por teléfono y preguntó por él.
Dolores esperó unos segundos la reacción de su hijastra, pero Rosa era incapaz de decir nada.
—Si no me crees, solo tienes que preguntárselo a él mismo.
«Teo está casado». Rosa seguía escuchando en bucle esas tres palabras que echaron por tierra los nervios que había sentido esos días atrás, la alegría de verle, la calidez de sus abrazos.
Todo se esfumó con la frase que le había dicho Dolores.
Intentó visualizar las manos de Teo, comprobar en su mente si tenía puesto un anillo, pero no logró recordarlo.
Aunque juraría no haberlo visto. Entonces se percató de la sonrisa de su madrastra, y al dolor que sentía se le unió la rabia.
—¿No piensas decir nada? —insistió Dolores.
—¿Qué pretendes con esto?
—Muy sencillo: que no malgastes tu vida ni tu tiempo en un hombre que no puede darte lo que tú deseas porque él ya tiene una mujer. Pretendo evitar que la gente hable de ti y te señale por ir de noche con una persona casada.
Dolores esperó para comprobar si su discurso había sido convincente y surtía efecto. La reacción de Rosa le dio la respuesta. Escuchó unos pasos alejarse y un leve sollozo. Satisfecha por haberlo logrado, Dolores se fue a la cama a descansar. Acababa de evitar un mal mayor. Al menos eso creía ella.
Rosa subió las escaleras con una mezcla de desgana, tristeza y vergüenza. Por una vez estaba de acuerdo con Dolores. Teo era un hombre casado y no tenía sentido ir a ver las estrellas con él. Tenía una mujer y no era ella.
Abrió la puerta de su habitación y se tumbó en la cama.
Se sentía engañada. No se habían besado ni hecho nada más que hablar y mirar al cielo.
Pero la complicidad que tenía con él iba más allá de una simple conversación.
Lo notaba. La mirada de Teo hablaba por él y lo que le decía era que le encantaba estar con ella.
Aunque, ocultándole su estado civil, había resquebrajado su confianza y eso era difícil de recuperar.
Le costó dormirse. Su mente no hacía más que recordarle una y otra vez las palabras de Dolores. «Está casado». El cansancio ganó la batalla horas después.
El despertador no se apiadó de Rosa y sonó a las seis y media de la mañana, pero ese día fue más cruel que nunca.
No solo debía levantarse sin apenas haber dormido, sino que, además, tenía que prepararle el desayuno al responsable de sus ojeras.
Calló el sonido metálico del reloj de un manotazo y se arrastró a la ducha.
El agua templada le despejó un poco la modorra.
Se vistió con desgana y bajó a la cocina.
El olor a café le avisó de que alguien se le había adelantado.
Era Dolores. Un simple «Buenos días» fue toda la conversación que mantuvieron.
No hacía falta más. Para ninguna de las dos.
Rosa no tenía ganas de hablar con ella y a Dolores le bastó ese escueto mensaje para confirmar que había conseguido su cometido con la conversación de la noche anterior.
Minutos después, llegó Amparo. El último en hacerlo fue Teo.
—Buenos días a todas. Qué rico huele ese café.
Dolores y Amparo respondieron a Teo. Rosa obvió el saludo y siguió preparando el desayuno.
El biólogo se extrañó, pero pensó que simplemente no le habría escuchado.
Poco después comprobó que estaba equivocado.
Algo le sucedía a Rosa. Pasó por su lado y ni siquiera le miró.
Tuvo la tentación de preguntarle, pero optó por hacerlo en privado.
El desayuno fue muy diferente al de días atrás.
Solo dos de las cuatro personas que había en la sala sabían lo que ocurría.
Amparo no entendía por qué su nieta y Teo ni siquiera se hablaban.
Teo tampoco se explicaba el mutismo de Rosa.
Para Dolores ese silencio fue una victoria.
Objetivo cumplido. En cambio, Rosa se sentía frustrada y profundamente triste.
Su único aliciente en la isla se había esfumado.
La primera en terminar fue Amparo. Estaba desconcertada.
Quería hablar con su nieta y con Teo para averiguar el porqué de esa frialdad entre ellos tras haberlos escuchado llegar de madrugada las últimas dos noches.
Antes de salir de la sala, buscó la mirada de Teo.
Cuando consiguió tener contacto visual le hizo una señal con la cabeza para que la siguiera y le guiñó un ojo.
Él entendió el mensaje. Esperó unos minutos y, cuando ya no se escuchaba el andador de Amparo, fue a su encuentro a la habitación de la planta baja.
—¿Se puede saber qué te ocurre con mi nieta? —le preguntó sin tapujos.
Teo se quedó pensativo. No sabía muy bien qué responder, así que optó por la prudencia.
—¿Qué se supone que me pasa con Rosa?
—Conmigo no hace falta que te hagas el despistado. Llevo varias noches escuchando cómo llegáis juntos de madrugada y, de repente, ni siquiera os dirigís la palabra durante el desayuno. ¿Es que os habéis peleado?
—Vaya, tenemos una espía… —La risa de Teo contagió a Amparo y los dos soltaron una carcajada.
—Sssh. —La anciana le pidió que guardara silencio y continuó hablando en voz baja—: Estas paredes son de papel.
—Claro, y por eso sabe que su nieta y yo llegamos anoche tarde.
—A la una y veinte para ser exactos. Es que tengo el sueño ligero…
—Ya veo… —Teo sonrió—. Pues no. No nos hemos peleado. Y yo tampoco sé qué le ocurre a Rosa. Anoche, cuando causalmente usted nos escuchó al llegar, estábamos bien. Ella se fue a su habitación, y yo, a la mía. Y esta mañana… ni me ha mirado. No lo entiendo.
—Un momento… Recuerdo que al poco rato de que se cerrara la puerta de la entrada del hotel oí la voz de Dolores.
—Entonces algo le tuvo que contar para que…
Teo dejó la frase a medias. Le vino a la mente la llamada de teléfono, justo tras descubrir el robo. Dolores fue la que descolgó el auricular y se lo pasó. «Ha tenido que ser ella», se resignó
—¿Estás bien? —Amparo le sacó de golpe de sus pensamientos. Él asintió—. Sea lo que sea lo que le ocurra, seguro que tiene solución.
—Eso espero.
—Sácala de la isla.
—¿Qué?
—Mi nieta lleva mucho tiempo sin poder irse de Tabarca. Desde que murió su padre y se hizo cargo del negocio, nunca se ha marchado de aquí. Le vendrá bien cambiar de aires, aunque sea por unas horas.
—Le planteé que nos fuéramos a Alicante un día, pero me dijo que no podía.
—¿Por qué?
—Por Dolores. No quería enfrentarse a ella.
—¿Y si ese día Rosa está enferma y no puede salir de su habitación?
Le sonrió. Teo se quedó pensativo.
—La víspera de vuestra excursión, dile a Dolores que no desayunarás en el hotel, que tienes que marcharte pronto y que estarás fuera hasta la noche.
Eres el único huésped que tenemos, así que a Dolores no le preocupará que Rosa esté en su cama sin poder salir.
Yo misma confirmaré su coartada. Así tendréis un día para vosotros solos fuera de la isla.
Estoy convencida de que le va a encantar.
Teo le dio un abrazo.
—Necesito hacer una llamada para organizar la escapada a Alicante.
—No lo hagas desde el hotel. Ve a la iglesia y pídeselo a Rosendo. Es de los pocos que tienen teléfono en la isla.
—Gracias por la ayuda.
El biólogo se dispuso a salir de la habitación, pero la voz de Amparo le hizo girarse de nuevo.
—Espera un momento. Tengo que pedirte un favor.