Capítulo 14
Teo entendió en ese momento el porqué de las gafas de sol que cubrían buena parte de la cara de Dolores y por qué se había tropezado con su bolsa.
—Por eso solo coge las llamadas de las reservas y alguna cosa más. Y por eso todo el peso del negocio recae sobre mí. Tengo que cuidar de mi abuela, gestionar el día a día del hotel y aguantar los desplantes de Dolores.
—Demasiado joven para tanta responsabilidad. Ahora comprendo por qué te sientes atrapada en esta isla.
—No tengo salida posible. No puedo más que resignarme y limitarme a trabajar sin descanso e intentar no pensar en mi triste realidad.
—Ya, pero…
Rosa esperó unos segundos a que Teo terminara la frase.
—Puedes preguntar lo que quieras. Lo tengo muy asumido, así que no te preocupes.
—No acabo de entender por qué Dolores te habla así. Lo poco que os he visto juntas, noto que hay mucha tensión y las dos sois muy cortantes la una con la otra.
—Dolores no nació sin ver. Se quedó ciega hará unos cinco años o así. Eso influyó en su carácter. Bueno, y que yo tampoco se lo puse muy fácil. En parte es culpa mía.
—¿Por qué?
—Ella siempre ha sido muy estricta con todo: los horarios, la limpieza, los deberes, la misa de los domingos…
Cuando Dolores llegó a nuestra familia, yo apenas tenía siete años y solo quería jugar y estar con mi padre.
Eso chocaba de frente con sus férreas convicciones.
Yo no supe adaptarme a esa nueva realidad y ella tampoco hizo ningún esfuerzo por entender que yo era una niña y hacía cosas propias de mi edad.
—No tuvo que ser fácil para ninguna de las dos.
—Asumo mi parte de culpa. En el fondo, le estoy agradecida porque ayudó mucho a mi padre a sobrellevar la muerte de mi madre y poner en marcha el negocio. Pero conmigo… No supo ganarse mi cariño. Y encima sufrió ese horrible accidente que la dejó ciega.
—¿Qué pasó?
—Por suerte, yo no lo vi. Ocurrió uno de los numerosos días que me castigó en mi cuarto.
Solo escuché los gritos, ni siquiera pude ayudarla porque cerró la puerta con llave para que no saliera de allí.
En esta isla, en temporada baja, escasean algunos productos.
Algo tan sencillo como ir al supermercado a comprar jabón para lavar la ropa puede convertirse en una odisea si hay mala mar y no pueden llegar los barcos o si el tendero se pone malo y no ha podido reponer el género.
Así que Dolores se acostumbró a hacer ella misma el jabón.
Aquel fatídico día, la mezcla le explotó en la cara y la dejó ciega al instante.
Salió corriendo a pedir ayuda a una vecina.
—No puedo ni imaginarme lo duro que debe de ser quedarte ciego así, de repente. Y encima en esas circunstancias.
—Ese accidente agrió mucho más el carácter de Dolores.
Y lo entiendo. Fueron unos meses muy complicados en casa.
A todos nos sobrepasó la situación. Sobre todo a ella, por supuesto, pero nosotros también tuvimos que adaptarnos y ayudar a Dolores en su día a día.
Al principio teníamos que hacérselo todo.
Muchas de las tareas recayeron en mí. Así que me tocó madurar a una edad a la que solo tendría que haberme preocupado de jugar.
—Tampoco es muy habitual que siendo tan joven estés al frente de un negocio tú sola. Porque Dolores no creo que pueda ayudarte mucho por la ceguera.
—Ojalá el hotel solo dependiera de mí. Tendría más libertad para hacer las cosas a mi manera. Pero, por desgracia, las dos somos propietarias.
—¿Y eso?
—Mi padre nos lo dejó en herencia a las dos.
Así que, si ya era complicada nuestra relación antes, imagínate ahora que tenemos que ponernos de acuerdo en cómo gestionar el negocio.
Y claro, Dolores es la adulta y yo sigo siendo una niña para ella.
Mi opinión no es tan válida como la suya a la hora de tomar decisiones.
Es una lucha constante. Estoy cansada de tener que enfrentarme a ella a diario.
Por ejemplo, si por mí fuera, cerraría el hotel casi la mitad del año.
En invierno aquí no viene prácticamente nadie.
A veces hemos tenido un solo huésped en meses.
Pero, como el hotel sigue abierto, ni siquiera puedo escaparme unos días fuera de la isla a desconectar.
«Los clientes pueden venir en cualquier momento, y tú tienes que estar aquí para recibirlos». Siempre la misma cantinela.
Rosa hizo una pequeña pausa y se quedó mirando a Teo, que estaba pensativo.
—Perdona, te estoy aburriendo con mis penurias.
—Para nada. Además, te he preguntado yo. Solo que me resulta curioso cómo una misma realidad puede ser tan distinta para dos personas. Yo me vendría a regentar tu hotel con los ojos cerrados. Me parece un plan de vida estupendo.
—¿Cuántos años tienes, Teo?
—Veintiséis.
—¿Y tu plan ideal es venirte a una isla medio desierta?
«Ahora mismo cualquier cosa que me aleje de casa me resulta lo más apetecible del mundo», pensó Teo.
—La verdad es que sí —se limitó a decir.
—Pues a mí con veinte años se me ocurren muchos otros planes más atractivos que vivir encerrada en esta cárcel rodeada de agua.
«No sabes tú lo que es vivir en una cárcel». Teo se resignó y dirigió la mirada a las estrellas.
—¿Qué le dirías a tu padre si pudieras verle una última vez?
Rosa buscó las dos luces más brillantes del cielo.
—Le diría que, cuando él estaba aquí conmigo, esta isla sí que era un paraíso para mí.
Las lágrimas de Rosa apenaron a Teo, que se arrepintió al instante de haberle hecho esa pregunta.
Intentó mitigar su tristeza con un abrazo.
Y lo consiguió. Pero esa vez no había nadie a su alrededor que interrumpiera el momento.
Estuvieron unidos un tiempo indeterminado.
No solo lo necesitaba Rosa. Teo también.
Cuando los dos saciaron su pena se quedaron mirando sin decir nada.
Ambos estuvieron de acuerdo en que querían culminar ese abrazo uniendo sus labios, pero ninguno se atrevió a dar el paso.
Después de varios segundos, una risa nerviosa de ella abortó ese beso que tanto deseaban los dos. Teo se levantó y le tendió la mano.
—Mañana tengo que madrugar para hacer de nuevo las fotos que me robaron. Te acompaño al hotel.
Rosa aceptó el ofrecimiento. Juntos caminaron por el sendero de vuelta a la zona habitada de la isla.
Apenas hablaron. Los dos tenían mucho que decirse, pero optaron por la mesura.
Ella por vergüenza. Él porque todavía no había ordenado sus ideas.
Lo que Teo ignoraba es que otra persona se le iba a adelantar.
A esa hora las calles estaban desiertas.
Los que todavía se dedicaban a la pesca tenían que madrugar y se iban pronto a dormir.
Para el resto de los vecinos que vivían del turismo, no había mucho trabajo en esa época del año, así que, sin nada que hacer, se iban a la cama cuando el sol se escondía por el horizonte.
Los tabarquinos estaban acostumbrados a adaptar su actividad a la luz solar porque los generadores de electricidad de la isla solían fallar.
Al amparo de la soledad y la oscuridad, llegaron al hotel. Rosa abrió la puerta con delicadeza para no hacer ruido. Una vez dentro, un beso en la mejilla y un tímido «Buenas noches» fue la escueta despedida que a ambos les supo a poco.
Teo se quitó los zapatos y subió las escaleras descalzo para intentar evitar el crujir de la madera. Rosa se metió a la cocina para beber agua. Nada más encender la luz, vio una silueta.
—¡Joder, qué susto!
—Menudas horas, Rosario —le espetó con desprecio su madrastra.
Rosa miró el reloj de pared de la cocina y se sorprendió de lo tarde que era.
—¿Qué quieres, Dolores?
—Estabas con Teodoro, ¿verdad?
—Sí. ¿Y qué?
—Pues que podrías tener un poco más de decoro. La gente puede verte.
—¿Y qué más le da a la gente?
—A ellos no lo sé, pero a su mujer imagino que no le hará mucha gracia que su marido ande flirteando con otra. Teo está casado.