Capítulo 13
Rosa recorrió con premura el vasto campo de matorrales. Nada más pasar el cementerio, vio la silueta del biólogo sentado en la roca. Se acercó por detrás. Él estaba ensimismado mirando las estrellas. Ella, deseando verlas a su lado.
—Hoy parece que hay más que nunca.
Teo se giró con un sobresalto.
—¡Qué susto! —gritó con las manos en el corazón.
—Tengo dos cosas muy importantes que decirte.
Todavía con la respiración agitada Teo le dio dos besos a Rosa en las mejillas.
—Quería darte las gracias por venir esta mañana a la iglesia y por traer la flor amarilla. Ha sido un detalle muy bonito.
—Lo he hecho con todo el respeto hacia tu padre.
—Ese gesto tan sencillo me ha emocionado más que la palabrería del cura. No me gustan nada las misas de difuntos. Bueno, en realidad, las misas en general.
—No eres muy religiosa, por lo que veo…
—Mi familia sí, pero yo soy más de pasear por la playa y recordar a mis padres en cualquier lugar, no necesariamente en una iglesia.
—Cualquier sitio es bueno para tener presentes a los que ya no están con nosotros. Bueno, tenías otra cosa más que contarme, ¿no?
—Sí. He descubierto algo en el despacho de mi padre.
—¿Ya sabes qué buscaban los ladrones?
—No, pero quizá sea una buena pista para seguir… —Rosa sacó la carta del bolsillo y se la entregó.
Teo la leyó con atención. Levantó la mirada por encima del papel y volvió a leerla.
—¿Qué se supone que encontró tu padre?
—No tengo ni idea.
—Desolador hallazgo —remarcó Teo. Dobló la carta y se la dio de nuevo a Rosa.
—Justo lo que más me ha sorprendido a mí.
—¿Nunca te dijo tu padre que escribió al alcalde de Alicante?
—Qué va, lo he descubierto al leerla. La carta estaba entre los papeles que he recogido del suelo. Pensé que tú podrías ayudarme a saber algo más sobre ese desolador hallazgo.
—¿En qué se supone que puedo ayudarte?
—Según dice el alcalde iba a hablar con el ministro, el tal Carlos ese. ¿Tú no trabajas allí con él?
—No. A mí me han llamado para este trabajo en concreto. Es solo algo puntual. No he tratado directamente con el señor Romeu.
—Pues habrá que recurrir a otra persona para que nos dé respuestas.
—Espera un momento.
—¿Qué pasa?
—Déjame de nuevo la carta, por favor.
Rosa se la entregó. Teo la abrió y miró la fecha.
—Febrero de 1985.
—¿Y qué pasa con eso?
—Justo un año antes de que declararan la reserva marina de Tabarca.
—No sé a dónde quieres llegar.
—Pues está clarísimo. Estoy convencido de que tu padre fue el precursor del proceso para proteger la isla.
Rosa frunció el ceño.
—¡Claro! —prosiguió Teo—. A ver. Luis descubre algo, que no sabemos lo que es. Le escribe al alcalde, que por lo que respondió tampoco tenía ni idea de nada, y entonces él habla con el ministro y comienzan los trámites para declarar la primera reserva marina de España.
—¿Solo hay una?
—Ahora ya son dos. El año pasado incorporaron las islas Columbretes a la lista de espacios de protección que otorga el ministerio.
—¿Y en qué afecta esa declaración a Tabarca? Por lo que sé ya no se puede pescar ahí.
—No exactamente. Te explico. Hay tres zonas diferentes.
Por un lado, está la reserva marina y, por otro, la reserva integral.
En la primera sí que está permitida la pesca profesional, pero dentro de un calendario determinado, a ciertos barcos y limitando el número de capturas.
Ahí también se puede bucear previa autorización.
Y luego está la integral, donde ni se puede pescar ni bucear.
Y fuera de estas dos zonas está el área periférica que es de acceso libre.
Yo estoy realizando las inmersiones en la zona que está más protegida.
—¿Tú sí que puedes?
—Lo mío es algo excepcional, porque es un trabajo de campo que me ha pedido el ministerio para comprobar cómo está la posidonia y el resto de la flora y fauna tras cinco años de reserva marina.
—Entonces ¿nadie puede bucear donde lo haces tú?
Teo negó con la cabeza.
—Solo yo.
—Qué privilegiado.
—No te puedes imaginar lo que me encuentro, es un espectáculo. Aquí tenéis un paraíso en el cielo y otro bajo el mar.
—A mi padre también le encantaba bucear.
—Y tú, ¿nunca fuiste con él?
—No. A veces le acompañaba en su barco a pescar cuando no se alejaba mucho de la isla, pero nunca me llevó bajo el agua.
—¿Antes del hotel fue pescador?
—Su vida era el mar. En todos los sentidos.
Le costó tomar la decisión de dejar la pesca, pero las capturas cada vez eran más escasas y apenas podíamos sobrevivir.
Por eso no me cuadra que él promoviera la declaración de reserva marina.
En esa época mi padre todavía tenía el barco, aunque también había puesto en marcha el hotel.
Pero si ya se pescaba poco, no tiene sentido que encima complicara más la situación con esas restricciones.
—Ya, pero el caso es que se tomó la molestia de escribir al alcalde. Si le mandó la carta es porque quería que se hiciera algo. Si no, no le habría escrito.
—Cierto…
—¿Por qué no vamos a entrevistarnos con el señor Lassaletta?
—¿En serio crees que nos va a recibir a nosotros?
—¿Y por qué no? —rebatió Teo—. Podemos llamar por teléfono al ayuntamiento y concertar una cita.
—Imagino que tendrá cosas mejores que hacer…
—En unos meses son las elecciones municipales. En época electoral siempre están más receptivos, tienen que conseguir votos.
—No se presenta a la reelección.
—Entonces tendrá más tiempo libre.
—De todos modos, yo no puedo salir de la isla. Tengo que ocuparme del negocio. Dolores no me dejará irme tan fácilmente.
—Punto número uno, eres mayor de edad. Número dos, soy tu único cliente y me voy a ir a pasar el día a Alicante, así que no tienes a nadie a quien atender. Además, Dolores es la que se encarga de coger el teléfono para las reservas, ¿no?
—Sí, es de lo poco que puede hacer.
—¿Por qué dices eso?
—Dolores es ciega.