Capítulo 12
Rosa no supo qué decir. Abuela y nieta se miraron durante unos segundos que se hicieron eternos.
—¿Por qué yo no sabía nada de ese robo?
—Lo revolvieron todo en el despacho de tu padre, pero no robaron. Al menos eso me dijo Luis.
—Y lo hizo para no preocuparte —sentenció Dolores desde la puerta.
Todos se giraron hacia ella.
—Ocurrió hará unos cuatro o cinco años —siguió la madrastra, que simuló no recordar bien la fecha, aunque sabía perfectamente cuándo había ocurrido—.
Entraron aprovechando que estábamos todos fuera del hotel.
Era temporada baja, no había clientes. Después de pasar toda la mañana en el barco de Luis, al volver nos encontramos con la desagradable sorpresa. Todo revuelto.
—¿También entraron al despacho de mi padre? —preguntó Rosa.
—Sí.
—¿Y no se llevaron nada?
—Robaron el dinero que teníamos en una caja fuerte —mintió Dolores.
—Tenía entendido que no habían cogido nada —se extrañó Amparo.
—Solo había unas pocas monedas, así que mi marido prefirió obviarlo —volvió a mentir—. Para evitar que te alarmaras innecesariamente.
Amparo se conformó con la respuesta. Pero Rosa, no.
—¿Y lo denunciasteis a la policía?
—Apenas fue algo de calderilla. No merecía la pena.
Rosa se quedó pensativa. Algo no le cuadraba.
—¿Cómo dejaron el despacho de papá?
—Revuelto, como está ahora —dijo Amparo.
—¿Y qué estaban buscando?
—Dinero, ya te he dicho que se llevaron algunas pesetas que había en la caja fuerte —Dolores perseveró en la mentira.
—Y ahora, ¿por qué no han robado? —insistió Rosa.
Dolores pensó la respuesta.
—Desde que ocurrió eso, decidimos desprendernos de la caja fuerte del despacho. Ya no hay nada de valor ahí.
Rosa levantó la muñeca.
—Se dejaron este reloj. —Dolores fingió indiferencia—. Es de oro. Vale mucho dinero. Alguien entra a robar y se deja lo único que cuesta muchos miles de pesetas. ¿Me lo explicas? —insistió Rosa.
—Pues no se darían cuenta. —Dolores intentó zanjar el asunto.
—Bueno, según parece, al único que le han robado es a mí —intervino Teo para relajar la tensión—. Y por suerte son dos cosas insignificantes. Así que hay que celebrar que estamos todos bien y que los objetos de valor siguen en su sitio.
—Sorprendentemente —apostilló Rosa.
El teléfono se alió con Dolores y sirvió de excusa para ausentarse de la incómoda conversación.
—Voy yo a cogerlo —se apresuró a decir en cuanto sonó.
Recorrió con premura la recepción hasta el mostrador. Descolgó el auricular. Alguien quería hablar con Teo.
—¿De parte de quién?
No podía creer lo que había escuchado. Se lo preguntó de nuevo para cerciorarse. Misma respuesta. Sonrió.
«Cuenta atrás para que todo esto se acabe», pensó Dolores.
Avisó al biólogo y le pasó el teléfono. Cuando se puso el auricular en la oreja, se giró y bajó el tono de voz para evitar que Dolores le escuchara. La llamada duró menos de un minuto. Teo regresó a la habitación de Amparo.
—¿Algún problema? —le preguntó Rosa.
—No —respondió sin dar más explicaciones—. Voy a subir a recoger el desorden y luego me iré a bucear. Tengo que recuperar las horas perdidas.
—Eh…, pues… —titubeó—. Bueno, que vaya bien la inmersión.
Rosa quiso decirle que iría por la noche al lugar de siempre, pero la presencia de su abuela y la certeza de que Dolores estaría escuchando coartaron su intención.
Aunque tampoco hizo falta que hablaran. Antes de subir las escaleras, Teo la miró y asintió.
Ella hizo lo mismo, sin mediar palabra. Esa simple señal sirvió de acuerdo tácito.
Amparo se dio cuenta de aquella proposición de cita silenciosa.
Y le gustó. Para no incomodarles, se hizo la despistada y fingió no haber visto nada.
—¿Necesitas algo, abu?
«Que te vayas con Teo y vivas la vida feliz que siempre has ansiado». Eso fue lo que quisiera haberle dicho.
—Nada, mi niña. —Cogió el libro que tenía sobre la mesita de noche y lo abrió por el marcapáginas—. Voy a leer un rato.
—Vale, abu. Yo estaré en el despacho. Voy a recoger todos los papeles.
Rosa salió de la habitación. Amparo respiró aliviada al comprobar que su nieta no se había dado cuenta de lo que escondía en el armario.
—¡Menudo despiste! —Se levantó de la mecedora y cerró la puerta corredera.
Volvió a sentarse y retomó la lectura de la novela.
La bombilla de filamento iluminó con desgana el mar de documentos.
El meticuloso orden con el que Luis tenía dispuestos los archivadores en la estantería contrastaba con la devastación.
Rosa no sabía por dónde comenzar. Tuvo la tentación de coger una bolsa de basura y deshacerse de todo aquello de un plumazo.
Pero el impulso le duró poco. Llenó los pulmones de aire y espiró con lentitud para relajarse.
Tras el arrebato inicial, optó por calmarse y reconstruir con paciencia lo que el insólito robo había destrozado.
Se sentó en las frías baldosas junto al escritorio y comenzó a apilar los folios desparramados por cada rincón.
Después de más de una hora, consiguió despejar el suelo.
Sobre la mesa levantó varias montañas de papeles según la fecha.
El siguiente paso fue meterlos en su carpeta correspondiente.
Era como armar un puzle. En el lomo de cada archivador había cuatro cifras que correspondían al año.
Empezó por 1979, cuando su padre convirtió el edificio donde vivía su familia en un hotel.
Una pesca menguante y un turismo en auge le empujaron a cambiar paulatinamente los peces por huéspedes.
Esa primera carpeta la fue llenando con facturas de la reforma, permisos del ayuntamiento y las fichas de los pocos clientes que se alojaron en el hotel el año de la inauguración.
Los inicios fueron complicados, pero, poco a poco, las habitaciones se fueron llenando cada verano.
A pesar del nuevo negocio, Luis conservó el barco, por lo que en temporada baja seguía pescando para compensar la baja actividad del hotel en los meses más fríos, hasta que en 1989 dejó definitivamente de faenar en el mar.
Los libros de registro de viajeros reflejaban la historia del hotel.
El primero apenas tenía una docena de páginas con los datos de los pocos huéspedes alojados allí.
Menos un par de franceses, el resto de los visitantes ese año inaugural fueron españoles.
En los siguientes libros ya se comenzaba a reflejar el creciente crisol de nacionalidades.
Rosa se detuvo a comprobar de dónde venían los turistas.
Italia, Alemania, Reino Unido, Francia, Holanda, Túnez, Suecia, Rusia…
La lista era extensa. Algunos clientes repetían.
Sonrió al ver lo que había conseguido su padre.
Una casa reconvertida en hotel al que, año tras año, acudían decenas de personas de muchos rincones del mundo.
Se sintió orgullosa porque Luis lograra construir desde cero una nueva forma de vida.
También lo estaba de sí misma. Con tan solo veinte años había sido capaz de hacerse cargo del negocio y sobreponerse a la repentina pérdida de su padre, el cuidado de su abuela y los menosprecios de su madrastra.
Todo unido en una coctelera rodeada de agua: Tabarca. Atrapada por su funesto destino.
Conforme los años se sucedían, aumentaba el número de documentos que guardar en las carpetas.
El paso del tiempo y el boca a boca fueron los aliados perfectos para el despegue del hotel.
Para 1985 había tres archivadores. Comenzó a guardar las facturas y las fichas de clientes.
A Rosa le sorprendió comprobar que fue uno de los años que más huéspedes tuvo el hotel, incluso en temporada baja.
Algunos de los nombres le sonaban de haberlos visto anteriormente en otros documentos.
Siguió colocando papeles hasta que tuvo en sus manos uno diferente.
Era una carta mecanografiada. En la parte superior, el membrete del Ayuntamiento de Alicante.
Abajo, la firma de José Luis Lassaletta, alcalde de la ciudad.
Rosa apartó a un lado el archivador y leyó con detenimiento la misiva dirigida a su padre.
Alicante, 22 de febrero de 1985
Estimado Sr. Chacopino:
En nombre de esta corporación municipal quiero darle las gracias por poner en nuestro conocimiento su desolador hallazgo.
El compromiso con el entorno natural es una de las líneas maestras de nuestra acción de gobierno.
Le comunico que vamos a poner todos los medios disponibles para proteger dicho enclave único en la isla de Tabarca.
Me voy a ocupar personalmente de este asunto.
De hecho, ya estoy en conversaciones con el Palacio de la Moncloa para reunirme a la mayor brevedad con el ministro de agricultura y pesca, D.
Carlos Romeu, para que desde el propio Gobierno de España se impliquen también en la protección de nuestro paraíso Mediterráneo.
Un saludo afectuoso,
J OSÉ L UIS L ASSALETTA
Volvió a leerla, esta vez en voz alta. Quería asegurarse de haber comprendido bien lo que decía la carta. Dos palabras destacaban sobre el resto: «desolador hallazgo».
«¿Qué encontró mi padre?».
«¿Dónde está ese desolador hallazgo?».
Esas preguntas se repetían una y otra vez en la mente de Rosa, pero no tenía respuestas.
Le faltaba la otra parte, la carta que le había enviado su padre al alcalde de Alicante seis años atrás.
Siguió ordenando papeles por si hubo más correspondencia entre Luis y el ayuntamiento.
Ni rastro de más cartas de ese tipo. Cuando se disponía a salir de aquella estancia, volvió a entrar y buscó en la estantería la carpeta con el año 1985. La abrió y cogió de nuevo la carta.
—Sé quién puede ayudarme a saber algo más sobre lo que se dice aquí.
Cerró la puerta del despacho y siguió con las tareas que tenía pendientes del hotel.
Salió a comprar al ultramarinos varios productos de limpieza y algo de comida.
Después se entretuvo en la cocina preparando un pescado al horno.
La tarde la pasó con su abuela recordando tiempos pasados.
A Amparo le gustaba contar la vida de antaño, y su nieta era feliz escuchando las batallitas de la posguerra, cuando todo era más complicado, pero aun así los padres conseguían sacarles una sonrisa a los pequeños de la casa.
Cenaron las tres en el comedor. Cuando Amparo y Dolores se fueron a sus habitaciones a dormir, Rosa se dispuso a acudir a su ansiada cita.
Antes de abrir la puerta del hotel, se cercioró de que tenía la carta en el bolsillo del pantalón.
Cerró con cuidado para que ni su abuela ni su madrastra se dieran cuenta de que salía a esas horas.
En vano. Dolores tenía el sentido del oído muy desarrollado y enseguida se percató.
Amparo estaba leyendo en la mecedora y vio por la ventana cómo su nieta se iba a hurtadillas. La abuela sonrió.
Dolores bajó de su habitación a los pocos minutos de escuchar la puerta del hotel cerrarse.
No había nadie en la recepción. Amparo seguía en su cuarto y Rosa había salido a ver a Teo.
Confiaba en que esa sería la última noche que lo hiciera.
Al día siguiente le contaría lo que había descubierto al recibir la llamada del biólogo, y eso sería el fin de sus encuentros a escondidas. Al menos eso esperaba ella.
Fue directa al despacho y se sentó en la silla del escritorio.
Abrió el primer cajón, sacó todo lo que había dentro y lo puso encima de la mesa.
Después, quitó la madera trasera y deslizó con suavidad la fina lámina que conformaba un doble fondo oculto.
Tanteó con las manos y respiró aliviada al comprobar que lo que querían robar seguía a buen recaudo en el escondite que el propio Luis había ideado.