La isla de las flores amarillas Capítulo 11
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Capítulo 11

Subieron corriendo a la primera planta. Los dos se quedaron mirando desde el quicio el interior de la estancia.

La imagen era parecida a la del despacho, pero en vez de documentos el suelo estaba cubierto de ropa.

El armario, abierto, y los cajones del escritorio, vaciados sobre la cama.

En un rincón, junto a la mesita de noche, la bolsa negra.

Dos neoprenos y el resto del material de buceo, esparcidos por la mesa.

Tras unos segundos estupefactos ante aquel desastre, Rosa rompió el silencio.

—Siento mucho que hayas tenido que pasar por esto. Es la primera vez que nos roban. Estoy desolada.

—No es culpa tuya. Lo que sigo sin entender es el motivo. Que entren al despacho de tu padre puede tener alguna explicación, pero aquí…

—Pues si la encuentras, dímela. Lo único de valor que había se lo han dejado. —Rosa señaló su muñeca izquierda sobre la que lucía el reloj de Luis.

—Quizá había otra cosa que valía más.

—¿Como qué?

—Eso ya no lo sé.

—Por cierto, ¿echas en falta algo?

Teo entró a la habitación y buscó entre la ropa. Metió algunas prendas en el armario para poder llegar hasta la otra pared. Cogió la bolsa. Vacía. Siguió mirando encima de la cama.

—Los neoprenos, gafas, cámara de fotos, aletas… Creo que está todo. Lo único que vale dinero es el material de buceo. El resto es ropa, libros y enseres personales.

—Pues algo estarían buscando, porque lo han sacado todo.

—Espera un momento…

El biólogo vio algo raro en la cámara de fotos. La cogió y enseguida supo lo que se habían llevado.

—Me han robado el carrete… —Le enseñó a Rosa la parte trasera de la cámara, que tenía la tapa abierta.

—¿Qué?

—Había un carrete aquí dentro, pero ya no está. Ayer mismo usé la cámara y todavía quedaban fotos por hacer, por eso no lo había sacado.

—¿De qué eran?

—De mi trabajo en la reserva marina. Hago fotografías de todo el lecho para documentar las praderas de posidonia y la fauna que habita la zona. El que me ha robado el carrete debe de ser un gran amante de la naturaleza. Me quitó la libreta y ahora las fotos.

—Pero la cámara la ha dejado.

—Y no lo entiendo. Es lo que más valor tiene de todo el equipo.

Esta Nikonos está diseñada para poder hacer fotos bajo el agua.

Me la ha dejado el ministerio para el trabajo, no es mía.

Pero sé que estos aparatos cuestan mucho dinero.

Menos mal que no me la han robado, me habría buscado un problema.

—¿Para qué van a querer unas fotos de peces y plantas? —Teo se encogió de hombros.

—¿Quién sabe que has venido a Tabarca?

—¿Por qué preguntas eso? —se extrañó Teo.

—Primero responde a mi pregunta.

El biólogo tragó saliva.

—Pues… —Buscó la fórmula para no desvelar su situación personal—. Mi familia y el Ministerio de Agricultura y Pesca.

—Ya… —Rosa se quedó pensativa

—¿A dónde quieres llegar?

—Porque creo que alguien te ha seguido para robarte las fotos y la libreta.

—Recuerda que también han entrado al despacho de tu padre.

—Sí, pero contigo se han tomado la molestia de seguirte hasta Punta Falcón a quitarte la libreta y después a tu habitación a por el carrete. Eso no tiene que ser casual.

—¿Cómo explicas entonces lo del despacho?

—Imagino que Agatha Christie tendría una teoría al respecto, pero yo no tengo ni idea.

—Aquí están pasando cosas muy extrañas. Que entren a robar y no se lleven nada de valor no tiene ningún sentido.

—El botín ha sido una libreta y un carrete de fotos de peces y plantas.

—Es evidente que están buscando otra cosa. Esta cámara de fotos vale miles de pesetas y la han dejado. Y ese reloj que llevas también debe de costar lo suyo. —Teo señaló la muñeca de Rosa.

—¡Mierda! —Rosa se echó las manos a la cabeza y salió de la habitación.

—¿Qué pasa?

—¡Mi abuela! ¡La he dejado encerrada en su cuarto! —gritó mientras corría por las escaleras.

Teo la siguió. Cuando llegó a la planta baja, Rosa ya había abierto la puerta. Amparo estaba sentada en una mecedora peinándose su pelo corto blanco rizado.

—¡Perdona, abu! Me entretuve en el despacho de papá y luego tuve que subir a la habitación de Teo.

—No te preocupes, cielo. Como aquí nadie podía entrar, me he puesto cómoda a esperar a que pasara el peligro.

Rosa le dio un beso en la frente.

—Ya no hay ningún intruso en el hotel, puedes estar tranquila.

—¿Esta vez han robado algo? —preguntó Amparo sin parar de balancearse en la mecedora.

—¿Cómo que esta vez? —Rosa se sentó a su lado en la cama.

—Hace unos años también entraron a robar y no se llevaron nada.