Capítulo 10
A simple vista la cerradura de la puerta de entrada no parecía forzada, aunque tampoco habría sido complicado abrirla porque Dolores había cerrado de un portazo cuando se marchó a la iglesia.
La isla era un lugar tranquilo y más en temporada baja.
Todos los vecinos se conocían, por lo que pocos se molestaban en echar la llave.
Amparo y Rosa entraron con sigilo, expectantes y nerviosas por ver qué se encontrarían. Teo y Dolores accedieron después.
—Abu, tú quédate en la habitación. No me fío de que el ladrón no siga por aquí. —La nieta le acompañó, cerró la puerta y volvió a salir.
La recepción parecía intacta. Rosa pasó detrás del mostrador. Las llaves de las habitaciones colgaban del pequeño armario oculto tras el mueble. No faltaba ninguna. También comprobó la caja registradora. El dinero seguía dentro.
—Donde han robado es en el despacho de tu padre —dijo Dolores.
—Cuando iba a subir a por la mochila me ha llamado la atención que estuviera abierta esta habitación y, al asomarme, he visto todo revuelto —explicó Teo—. Enseguida he avisado a Dolores.
La madrastra abrió la puerta que había junto a la escalera.
Rosa se asomó. Era como si un vendaval se hubiera colado por la ventana.
El escritorio estaba lleno de documentos desordenados.
En una esquina, una pesada piedra con una pequeña cruz de metal oxidada hacía las veces de pisapapeles.
Lo único que permanecía en su sitio. Los cajones estaban abiertos.
Desde la muerte de su padre, Rosa no había entrado al despacho, le traía demasiados recuerdos.
Luis solía pasar allí horas, y tenía la imagen de él grabada sentado frente a la mesa de roble con documentos y mapas de Tabarca esparcidos en perfecto orden por encima.
Ese recuerdo contrastaba con el caos actual.
La impotencia de ver profanado el legado de su padre se unió a las lágrimas.
Rosa se quedó inmóvil, intentando entender por qué.
—¿Echas algo en falta? —Teo se asomó desde el quicio de la puerta y le dio un pañuelo.
Rosa escudriñó durante unos minutos los papeles pisoteados que cubrían el suelo.
—Sí —se limitó a decir mientras seguía concentrada en su objetivo.
Miró en los cajones, levantó los papeles de la mesa y se agachó para comprobar lo que había en el suelo.
—¡Aquí está!
Respiró aliviada y se colocó en la muñeca el reloj que acababa de encontrar junto a una de las patas del escritorio.
—Esto era lo único de valor que había en la habitación, el reloj de mi padre. Menos mal que no se lo han llevado.
—Me parece un poco raro… —Teo se quedó mirando el desorden—. No tiene sentido que rebusquen y saquen todo lo que había en los cajones y justo se dejen lo que vale dinero.
—Aquí solo había facturas, cartas y este reloj. Al menos que yo sepa.
—¿Y qué estarían buscando? —El biólogo cogió uno de los papeles del suelo.
—Este era el despacho de Luis y aquí, como dice Rosario, solo hay documentos sin valor —aclaró la madrastra.
Rosa quiso corregir a Dolores, pero esa vez optó por la indiferencia.
—No tengo ni idea de qué quería encontrar, pero lo que sí sé es quién lo ha hecho.
—¿Cómo? —Teo dejó la carta sobre la mesa.
—En la iglesia he visto a un hombre al lado de la puerta que no conocía de nada. Minutos después ha desaparecido.
—Sería un turista, ¿no?
—Teo, eres el único forastero en la isla ahora mismo. Estamos en temporada baja. Solo está abierto mi hotel y solo tengo un cliente, tú. Así que ese hombre no ha venido a hacer turismo.
—Perdona que te pregunte esto, pero… —El biólogo hizo una pausa para escoger bien las palabras y no ofenderla—. ¿Estás segura de que has visto a ese hombre? Me refiero a que quizá lo hayas confundido con un vecino o…
—Conozco perfectamente a todos los vecinos de la isla —le interrumpió Rosa—. Sé lo que he visto. Era un hombre muy moreno de piel y con el pelo largo. No era de Tabarca, estoy convencida.
—¿En qué momento de la ceremonia lo has visto?
—Nada más empezar la misa. Me he girado para ver a todos los que habían venido al homenaje de mi padre y él estaba en la puerta. Luego, en el momento de la comunión, había desaparecido.
—Entonces le ha dado tiempo a venir al hotel y revolverlo todo.
—De hecho, creo que lo ha hecho aposta.
—¿El qué?
—Ir a la iglesia para asegurarse de que estábamos allí y no había nadie en el hotel.
—Pero para eso tendría que conoceros a ti, a Amparo y a Dolores.
—Y a ti —apostilló Rosa—. Imagino que nos habrá estado espiando para reconocernos a todos y cerciorarse de que no se iba a encontrar a nadie aquí.
—¡Un momento! Ahora que dices eso, a mí sí que me han seguido.
—¿Cómo?
—Y también me han robado.
—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
—No le di mucha importancia. Además, a mí me quitaron una libreta con anotaciones de plantas y peces. Ningún valor económico.
—Igual que lo que hay en esta habitación. —Rosa señaló todos los papeles desperdigados por el suelo.
—Pues está claro que para alguien sí que son valiosos alguno de estos documentos y mi libreta.
—Tiene que haber sido la misma persona.
—Sin duda.
—Pero ¿qué querrá?
—Pues algo que tu padre escondía en estos papeles.
—Y en tu libreta.
—Eso es lo que no me cuadra, no creo que a nadie más que a mí y al Ministerio de Agricultura y Pesca le interese saber las hectáreas de posidonia que hay en la isla.
—¿Y las cuentas del hotel? En este despacho solo hay papeles relacionados con el funcionamiento del negocio. Cartas del banco, los libros de registro de los clientes, facturas…
—¿Seguro que no escondía nada más?
Rosa negó con la cabeza y se dirigió a su madrastra.
—¿Tú sabes algo?
Teo recordó la advertencia de Dolores cuando fue a bucear el día anterior. «Si le sucediera algo, nadie podría ayudarle». Minutos después desapareció la libreta. «¿Y si ella tiene algo que ver en todo esto?», pensó.
—¿Por qué me preguntas a mí? —Su tono de voz reflejó malestar.
—Has estado muchos años casada con él. Quizá te contó algo que yo no sé, o te dijo lo que guardaba en su despacho.
—¿Qué insinúas?
—Solo te pregunto, nada más. Intento encontrar una explicación a este robo sin sentido. Otra cosa que no entiendo es cómo ha entrado, porque la puerta del hotel no está forzada, ¿no?
—¿Pretendes que yo sepa la respuesta?
—Solo sé que te marchaste a la iglesia después de nosotras.
—¿Me estás acusando de algo?
—Te repito que quiero saber qué ha ocurrido, nada más. Quizá el ladrón se coló sin que te dieras cuenta.
—Basta ya, yo no he tenido nada que ver con el robo. Si hubiera entrado alguien, lo habría oído.
Dolores parapetó su indignación tras sus inseparables gafas de sol y se marchó a la recepción. Teo se quedó mirando aquel galimatías de hojas.
—¿No deberíamos llamar a la policía?
—¿Para qué? —Rosa comenzó a recoger los documentos del suelo—. No han robado nada de valor. Además, tardarían horas en venir, habría que llamar a la comisaría de Alicante, que mandaran una patrulla… Demasiado lío para nada.
—¿Has comprobado que no hayan robado dinero?
—Es lo primero que he hecho. No se han llevado ni una peseta.
—Qué misterio. ¿Quieres que te ayude a recoger este desastre?
—No te preocupes, no tengo nada más que hacer.
—Si te aburres, ya sabes dónde encontrarme.
Teo le guiñó un ojo y subió por las escaleras. Rosa empezó a ordenar el despacho de su padre. Apenas pudo apilar algunos papeles cuando el biólogo volvió a asomarse.
—También han entrado en mi habitación.