Capítulo 9
Cuando el olor a café llegó hasta la habitación de Teo, hacía ya tiempo que se había levantado de la cama. Esa noche le costó dormir. Analizó cómo era su vida y cómo quería que fuera. No se parecían en nada. Así que decidió que era hora de intentar ponerle solución.
Las caras de sueño de Rosa y Teo no pasaron desapercibidas para Amparo.
Dolores también notó el cansancio de los dos en sus voces apagadas.
Ambas se imaginaron cosas que no habían sucedido la noche anterior.
Una se emocionó. La otra se enfadó por no haber actuado antes.
Mientras, ellos se comieron la tostada ajenos a esas conjeturas.
En el desayuno apenas hablaron. Amparo, por prudencia. Rosa y Teo, por sueño. Dolores, inmersa en frustración. Veinte minutos después, el biólogo subió a su habitación, pero no fue a prepararse la mochila. Esa mañana tenía otro plan.
Rosa recogió la mesa y fregó la loza. Después consultó el libro de reservas para ver cuándo tenía el siguiente huésped y así organizarse.
A las doce menos veinte salió con su abuela rumbo a la iglesia.
El camino al templo era de tan solo un par de minutos, pero Amparo se movía con andador, así que el trayecto se hacía algo más largo.
Se cruzaron con más vecinos que iban a recordar a una de las personas más queridas de la isla: el padre de Rosa.
La iglesia de Tabarca estaba cerrada casi todo el año.
Ni siquiera en los meses de verano se abría para los turistas.
Hasta los años sesenta, un cura había residido en un pequeño edificio contiguo al templo.
Pero esa casa, que también servía como escuela, se encontraba ahora en un estado deficiente.
Por lo tanto, para celebrar misa, el sacerdote debía desplazarse desde Santa Pola.
Bodas, fechas señaladas en el calendario cristiano y fallecimientos.
Los únicos tres acontecimientos en los que las puertas se abrían para recibir a los feligreses.
Ese día recordaban a Luis Chacopino, un pescador que se había ganado el cariño de todos.
El exterior de la iglesia no respondía a los cánones de un templo cristiano, salvo por la torre campanario.
De planta rectangular, sin la habitual silueta de cruz.
Los accesos de luz natural estaban en lo alto de los muros laterales, cuatro tragaluces a cada lado con forma de flor de lis.
Sin grandes cristaleras y con los rosetones lo más alejados posible del suelo.
Y es que durante muchos años la iglesia había sido un elemento defensivo más de la isla para resistir los asedios de los piratas.
La roca de arenisca usada para su construcción provenía del islote de la Cantera.
El paso de los años y el implacable salitre del mar habían erosionado sus muros.
El agua del Mediterráneo siempre encontraba la forma de filtrarse entre las piedras de la iglesia.
Y en el interior los desconchones de pintura se extendían por sus paredes.
Amparo llegó cansada. Su nieta la acompañó hasta sentarse en primera fila.
Algunos vecinos ya ocupaban los bancos, distribuidos en dos largas filas.
Sobre el altar, un pequeño marco de fotos con la imagen de Luis en blanco y negro.
Rosa observó a su padre. No se hacía a la idea de que no estuviera allí con ella.
La misa todavía no había empezado. Se levantó y fue al altar.
Cogió el portarretratos y le besó en la frente, como hacía él.
Después se quitó la flor del pelo y la dejó junto a la foto.
«Aunque desde hace un año me cuesta más, sigo siendo fuerte, como este Asteriscus maritimus . Tal y como te prometí. Te quiero, papá».
Volvió a ponerse al lado de su abuela. En ese momento llegó Dolores, que se sentó en primera línea de la otra fila de bancos.
Pocos minutos después, Rosendo, el cura, comenzó la ceremonia ante los más de cincuenta vecinos que querían recordar a Luis.
Los que no estaban en el mar o impedidos por enfermedad habían acudido a la misa.
Rosa sonrió al comprobar lo mucho que la isla quería a su padre.
Entonces algo llamó su atención. Al fondo de la iglesia, de pie al lado de la puerta, había un hombre desconocido.
De piel morena, vestía de negro y tenía una larga melena.
Quizá en otra época del año habría sido normal, por los turistas que acudían a la isla, pero no en el mes de marzo.
En pleno invierno casi nadie visitaba Tabarca.
Se preguntó qué hacía allí en la misa de su padre.
Intentó memorizar sus rasgos, pero la voz de Rosendo hizo que abortara la operación.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
Tras leer varios pasajes de la Biblia, llegó el momento de la homilía.
Rosendo dedicó unas palabras en memoria de Luis.
A Rosa no le consoló saber que su padre «ya se ha reencontrado con nuestro Señor, en la casa de Dios, donde todos algún día sentiremos la paz de Cristo», tal y como declamaba el cura.
Los feligreses asentían al eco de sus palabas.
Todos menos Rosa, que hacía tiempo que había desconectado del discurso celestial, basado en una fe que ella no profesaba.
En la comunión, Amparo se cogió del brazo de su nieta y juntas caminaron hacia el altar. Solo la abuela comió el cuerpo de Cristo. Rosa se giró cuando Rosendo se disponía a darle la sagrada forma. El clérigo se tomó la indiferencia de la joven como una ofensa al Santo Padre.
Apenas había andado varios pasos cuando se acordó del desconocido de la puerta.
Levantó la mirada. No había nadie allí. Hizo un barrido rápido del resto de la iglesia.
Ni rastro. Ayudó a su abuela a sentarse y se puso a su lado, junto al pasillo.
Entonces le vio. No al hombre de la melena, sino a Teo.
Al instante, sonrió. Él le guiñó un ojo y siguió camino al altar para tomar la comunión.
Amparo se percató de la complicidad entre ellos.
Por fin veía feliz a su nieta tras un año muy complicado, en el que había tenido que sobreponerse a la muerte de su padre y tomar las riendas del negocio familiar.
La misa continuó, el cura siguió hablando de lo que había después de la muerte, pero a Rosa lo que le interesaba era lo que la vida le podía ofrecer en la Tierra y, a ser posible, fuera de la isla.
—Podéis ir en paz.
Nada más escuchar esas palabras, los vecinos se acercaron a darle un abrazo a Rosa, a su abuela y a su madrastra.
Mientras, Teo se dirigió de nuevo al altar y depositó junto a la foto de Luis una flor amarilla.
Sonrió al ver que ya había otra. Hizo una pequeña genuflexión y se santiguó antes de regresar por el pasillo.
Rosa le estaba esperando. Sabía que todos lo iban a ver, que luego cuchichearían, pero no le importó.
Lo necesitaba. Así que cuando Teo llegó a su lado, le rodeó con los brazos.
Las miradas de los feligreses se dirigieron a ellos dos.
Los vecinos se preguntaron quién era aquel hombre que nunca antes habían visto y por qué Rosa le daba ese abrazo que parecía no terminar nunca.
Lo que no logró el cura con sus palabras, lo consiguió una simple flor amarilla.
Rosa canalizó en aquel Asteriscus maritimus la emoción que fue incapaz de expresar en la misa.
Apenas conocía a Teo, pero ese sencillo gesto había significado mucho más de lo que nadie podía imaginar.
El abrazo duró menos tiempo del que ella hubiera querido, pero la presencia de Rosendo y su inquisidora mirada la incomodó, así que decidió desligarse de esos brazos.
Miró a Teo con las mejillas bañadas en lágrimas y solo acertó a decir una palabra.
—Gracias.
Él sonrió y con la yema de los pulgares borró el surco salado que ya discurría por su rostro.
—Te veo esta noche en el mismo sitio que ayer —le respondió.
Teo salió de la iglesia para recoger su mochila e irse a bucear.
Todavía podía oler el perfume de Rosa que había impregnado su pituitaria.
La joven agarró a su abuela por el brazo y, a paso de procesión, anduvieron por el camino de tierra hasta el hotel.
Cuando se encontraban a pocos metros de la puerta, vio que Dolores las estaba esperando en la calle.
A su lado, Teo. Sus caras eran de preocupación.
El biólogo se adelantó unos pasos hasta llegar a ellas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó inquieta Rosa.
—Han robado en el hotel.