Capítulo 8
Antes de darse la vuelta, Rosa disimuló la sonrisa nerviosa que le había dibujado la voz de Teo. Se sorprendió de que estuviera allí, pero era lo que más deseaba.
—Justo me iba ya al hotel. He perdido la cuenta del tiempo que llevo viendo las estrellas.
—Vaya, qué pena. He recibido una llamada de teléfono a la recepción cuando salía y me he retrasado. ¿Seguro que no te puedes quedar unos minutos más?
Rosa miró el reloj y fingió tener algo que hacer para disfrazar las ganas de estar con él. Tras unos segundos de teatrillo, volvió a sentarse.
—No me canso de mirar arriba. —Teo se puso a su lado y se acostó con las manos bajo la cabeza para suavizar la dureza de la roca—. Desde este mirador se multiplican las estrellas. Es como si todas quisieran asomarse para ver la isla.
—Es de las pocas cosas buenas que tiene Tabarca, su cielo.
—A mí se me ocurren muchos lugares que merecen la pena, y eso que llevo solo dos días…
—Eso lo dices porque no vives aquí todo el año.
—Algún día me mudaré a este paraíso.
—Te arrepentirás.
—¿Y sabes qué haré cuando viva aquí? Llevaré un Asteriscus maritimus como el que luce tu pelo.
Rosa se giró hacia él sorprendida.
—Eres la primera persona que llama a esta flor por su nombre y no dice que es una simple margarita.
—Soy biólogo, no tiene mucho mérito que sepa su nomenclatura científica. Además, en estas zonas de costa es bastante común encontrarlas junto al mar. ¿Puedo saber por qué la llevas?
—Era costumbre de mi padre regalarme una cada día. Nada más levantarme tenía la flor sobre el mostrador. Aunque él ya no está, sigo con esa tradición. Lo primero que hago por la mañana es ir a la recepción, coger la flor y colocármela en la oreja.
—¿Cómo? ¿Sigue apareciendo?
—Cada día.
—¿Y no sabes quién la deja?
Ella negó con la cabeza.
—Me gusta pensar que cada mañana mi padre viene al hotel con la flor recién cortada. Sé que no es él, eso es evidente, no creo en el más allá ni nada de eso. Pero como nunca he visto a nadie dejarla…, pues para mí sigue siendo él.
—¿Por qué esa en concreto? Tabarca está llena de especies más bonitas.
—Ya, pero pocas tan resistentes. Recuerdo la primera vez que me dio una.
Yo tendría doce años o así. Ese día se rieron de mí en el colegio por llevar gafas.
Por la tarde fuimos a pasear y me derrumbé.
Le conté lo que me había pasado y me puse a llorar.
Entonces me enseñó los Asteriscus maritimus .
Cogió uno y me lo puso sobre la oreja. Tengo grabadas sus palabras: «Esta flor recibe todos los días agua salada.
Y ahí está, luciendo sus pétalos amarillos, luchando contra el Mediterráneo, que quiere secarla.
Su determinación por sobrevivir y brillar es más fuerte que toda el agua del mar».
—Qué bonita lección.
—Desde entonces, cada día dejaba en el mostrador una flor para que nunca olvidara que, por mucho que otros te machaquen, siempre está en tu mano la opción de sobreponerte y brillar.
—Con más razón llevaré esa flor en mi oreja cuando me mude a Tabarca.
Rosa cogió la suya y se la colocó a Teo.
—Para que vayas practicando.
—Muchas gracias. Me ha encantado la historia de tu padre. Eligió muy bien la variedad. Es de las pocas que hay en la isla que florecen casi todo el año.
—He celebrado más de una Navidad con un Asteriscus maritimus en el pelo. Si el invierno no es muy frío, se pueden encontrar por esta zona.
—Y luego dices que el cielo es lo mejor de la isla. Hasta las plantas decoran el paisaje en el mes de diciembre.
De nuevo la risa nerviosa.
«Ahora mismo lo mejor de la isla está sentado a mi lado», pensó Rosa.
—Bueno, creo que ya es hora de volver… —Se puso de pie—. Tengo un cliente en el hotel y mañana cuando se levante querrá tener el desayuno preparado.
—Si lo dices por mí, prefiero no tomar café y que te quedes un rato más viendo las estrellas. —Teo le tendió la mano para que volviera a sentarse.
El desafío de miradas duró unos eternos segundos en los que las ganas que tenían ambos de estar juntos lucharon contra sus conciencias. De repente, una gaviota voló a escasos metros sobre sus cabezas. Teo se agachó y se protegió con los brazos.
—¡Joder, qué susto! —gritó el biólogo.
—Pues vete acostumbrando. Las gaviotas son las dueñas de la isla. Y da gracias que todavía no es época de cría. Anidan por aquí, cerca del cementerio, y son muy protectoras. Bueno, no hace falta que te lo explique yo.
Teo relajó su respiración.
—Anda, vamos. —Rosa tiró de la mano de Teo y le invitó a levantarse—. No quiero que el cliente me ponga luego una hoja de reclamaciones por dejarle sin café y tostadas.
Teo se resignó y cedió ante la firmeza de Rosa. La luna los iluminó el camino de vuelta. Se dieron dos besos en la mejilla antes de entrar al hotel. Subieron a hurtadillas las escaleras hasta sus respectivas habitaciones.
Tras la puerta de la cocina, Dolores oyó unos pasos. Eran de dos personas. Y venían juntas. Al instante supo que su hijastra se estaba viendo con aquel desconocido.