Capítulo 7
La visibilidad del agua ese día era excelente.
Teo pudo observar varias especies de peces y analizó el estado de la posidonia en la reserva marina.
Se sintió como un invertebrado más, era como si el Mediterráneo fuera su hábitat, allí estaba feliz.
Después de una larga jornada, salió del mar antes de que anocheciera.
Lo primero que hizo fue buscar la libreta donde registraba sus investigaciones, pero no la encontró.
Miró en todos los bolsillos de la bolsa.
Ni rastro. Quizá se la había dejado en el hotel.
Repasó mentalmente lo que había hecho antes de irse de la habitación.
Vio cómo metía el neopreno, la cámara de fotos, las gafas de bucear, el tubo y…
la libreta. Estaba convencido. Aun así, confió en que ese recuerdo fuera del día anterior.
Recogió sus cosas y regresó por el mismo camino que había hecho a primera hora de la mañana. Saludó a Dolores y subió con decisión las escaleras. Comprobó en los cajones del escritorio, en el armario, en la mesita de noche. Nada.
«¿Quién querrá una libreta con nombres de peces y datos de la temperatura del agua?», se preguntó, incrédulo.
Por suerte, se acordaba de la mayoría de las cosas que había apuntado. Cogió un folio en blanco y transcribió lo que la memoria le permitió. Entonces recordó su camino hacia Punta Falcón unas horas atrás, la sensación de que le estaban siguiendo. Ahora ya lo tenía claro.
—Alguien ha robado mis apuntes —sentenció.
Se metió resignado en la ducha y dejó que el agua caliente le calmara los nervios. En ese momento le vinieron a la cabeza las palabras de la mujer de las gafas de sol. «Lleve cuidado con el buceo. Allí no suele haber gente en esta época del año y si le sucediera algo nadie podría ayudarle».
—¿Tendrá algo que ver Dolores?
Pensó en esa posibilidad, pero por mucho que le daba vueltas no entendía qué motivo habría para coger su libreta.
Al día de Rosa, por el contrario, le sobraron horas.
La temporada baja se le hacía eterna. Intentaba buscar pasatiempos que le entretuvieran, pero lo único que saciaba su hambre de diversión era la lectura.
Así que, tras terminar los pocos quehaceres pendientes en el hotel, se sumergió en el libro que tenía a medias.
Era su vía de escape de la monotonía. A través de esas historias, podía alejarse de la isla, al menos mentalmente.
Decidió cenar más pronto que de costumbre.
A las ocho ya se había terminado hasta el postre.
Tenía muchas ganas de ir a su rincón. De camino a Punta Falcón por el vasto campo salpicado de matorrales notó que ese día ansiaba más que nunca su cita con las estrellas.
Estaba incluso nerviosa. Se descubrió a sí misma sonriendo conforme caminaba.
El motivo lo tenía claro: él. Iba con ilusión por verle de nuevo.
Nada más llegar a la roca donde solía sentarse, buscó en el cielo los dos puntos más brillantes. Tras unos segundos, los localizó.
—Los destellos del pasado llegan a nuestro presente y se quedarán ahí para guiar tu futuro —recitó en voz alta, recordando las palabras de su padre—. Os habéis ido demasiado pronto, pero vuestra luz me sigue iluminando.
Se quedó un rato hablando con sus padres sin pensar nada más que en ellos y en lo mucho que los echaba de menos. Rememoró las tardes que pasaba en la playa junto a Luis. Esa imagen en su retina la hizo feliz.
Su alegría se esfumó cuando vio el reloj y se dio cuenta de la hora que era. El día anterior, Teo había aparecido más temprano. Perdió la esperanza de encontrarse de nuevo con él. Era el momento de regresar. Se puso de pie dispuesta a emprender el camino de vuelta cuando escuchó una voz.
—¿Sabes que algunas de esas estrellas que estás viendo ya no existen?