La isla de las flores amarillas Capítulo 6
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Capítulo 6

Por primera vez en mucho tiempo, Rosa amaneció con una sonrisa.

Subió la persiana y dejó que los incipientes rayos del día iluminaran su felicidad.

Bajó las escaleras y se dirigió al mostrador.

Cogió la flor que «alguien» había dejado allí para ella, como cada día, y se la colocó en el pelo.

Su intenso color amarillo contrastaba con el azabache de la melena que le caía por encima de los hombros.

Preparó el desayuno para los cuatro habitantes del hotel.

La primera en aparecer fue Dolores. Un escueto «Hola» fue toda la conversación que mantuvieron. Al poco entró Amparo. Nada más verla, Rosa fue a abrazarla.

—¿Qué tal has dormido, abu?

—Muy bien, cariño. Y, por lo que veo, tú también has tenido un descanso placentero.

En ese momento apareció Teo.

—¡Qué bien huele aquí! —Cerró los ojos e inspiró el aroma del pan recién tostado—. Buenos días, Rosa. —Se acercó y les dio dos besos a ella y a Amparo—. Si tuviera que apostar, diría que usted es su abuela, se parecen muchísimo.

—Qué más quisiera yo tener un ápice de su belleza. Mi piel ya está arrugada y marchita. La edad no perdona, querido. En cambio, mi nieta…, pocas mujeres habrás visto tan bellas como ella.

—Abu, no es necesario…

—Señora, tiene usted toda la razón —la cortó Teo, que se percató del rubor que empezaba a sonrojar las mejillas de la joven.

—Pues está soltera. —Le guiñó un ojo.

—¡Abuela! —Rosa notó un intenso calor en la cara.

—Será que en esta isla no hay jóvenes a la altura de tal belleza. —Teo siguió el juego lisonjero de la abuela.

—¡Teodoro! Por favor, ya basta…

—Rosario, no hagas esperar a nuestro huésped y sírvele el café o lo que guste. —La voz de Dolores interrumpió la conversación.

Por una vez, Rosa agradeció oírla.

—No hace falta, ya me lo pongo yo —dijo Teo.

Él y la abuela intercambiaron una sonrisa cómplice que pasó desapercibida para el resto.

Desayunaron los tres en la misma mesa. Desde otra, Dolores escuchaba la animosa conversación sin perderse detalle.

—Rosa, recuerda que mañana a las doce es la misa en memoria de tu padre. Sé que no te gustan esas cosas, pero, si puedes, me gustaría que me acompañaras.

—Claro, abu. Nos vamos juntas desde aquí. —Le dio un beso en la frente.

—Bueno, yo voy a marcharme, que tengo mucho trabajo. —Teo recogió su plato y lo dejó en la cocina—. Estaré buceando en la misma zona donde nos vimos anoche, por Punta Falcón, alrededor de la Naueta.

Se despidió y fue a su habitación. Rosa recogió las mesas y fregó los platos del desayuno. Justo cuando iba a subir a su cuarto, Amparo le hizo una señal para que se acercara.

—¿No tienes nada que contarme? —Una sonrisa pícara delató sus intenciones.

—Eeeh…, en realidad, no. Mi vida aquí es aburrida y monótona, ya lo sabes.

—Venga, Rosita mía, pero si Teo acaba de decir que os visteis ayer en el lugar más recóndito de la isla.

—Aaah, te refieres a eso. Pues siento decepcionarte, porque fue mera casualidad. Estaba contemplando las estrellas, como solía hacer con papá, y, de repente, apareció él.

La mirada de Amparo puso en duda el supuesto carácter fortuito del encuentro.

—Te lo digo en serio, abu. Fue tal cual te lo he contado.

—Bueno, veremos si esta noche la divina providencia vuelve a obrar el milagro y os hace coincidir otra vez en el mismo sitio y a la misma hora. —Amparo le sonrió y se fue a paso lento con su andador.

Rosa se quedó pensando en las palabras de su abuela. Tenía claro que ninguno de los dos había premeditado lo de la noche anterior, pero se preguntó si se repetiría la misma escena en unas horas. Ella iba a ir de nuevo, como cada día, en busca de sus dos estrellas en el firmamento.

Teo preparó su equipo para salir a trabajar. Bajó a la recepción y, cuando se disponía a salir, se dio cuenta de que había olvidado la botella de agua. Dejó la bolsa negra junto al mostrador y regresó arriba. Al bajar de nuevo por las escaleras, oyó un ruido en la recepción.

—¿Quién ha dejado esto aquí? —gritó Dolores, tendida en el suelo.

Teo fue corriendo hacia ella y la ayudó a ponerse de pie.

—Perdone, he sido yo. ¿Se encuentra bien?

—La próxima vez procure llevar consigo sus cosas.

—Descuide.

—Y tenga cuidado con el buceo, esa zona está llena de pequeños peñascos y es peligrosa. Y más si va usted solo. Allí no suele haber gente en esta época del año y, si le sucediera algo, nadie podría ayudarle.

—Gracias por la recomendación…, disculpe, no recuerdo su nombre.

—Dolores.

—Iré con cautela. —Se asomó por la ventana—. Hoy parece que no hace viento, confío en que el mar esté en calma.

—Que tenga un buen día.

—Igualmente.

Teo salió del hotel con una sensación extraña. No sabía si las palabras de Dolores eran un consejo o una amenaza. Tampoco entendía por qué se había tropezado con la bolsa. Era bastante grande y estaba bien visible junto al mostrador.

Dejó atrás el pueblo y se adentró en la zona deshabitada rumbo a Punta Falcón recordando las palabras de Dolores.

Se sintió observado. Paró a mitad de camino y miró a su alrededor.

No había nadie. Continuó, pero al rato se volvió a detener.

Se autoconvenció de que su imaginación le había jugado una mala pasada.

Llegó al extremo este de la isla y se preparó para sumergirse.

Nada más meterse en el agua se asomó tras la pared del cementerio la persona que había seguido a Teo desde el hotel.