Capítulo 5
Rosa se puso de pie como un resorte. Sabía que la voz no era la de su padre, pero oír esa frase justo en ese momento le dio un vuelco al corazón. Se giró con las manos en el pecho intentando contener sus aceleradas pulsaciones.
—Perdona, Rosario, creo que te he asustado.
Frente a ella estaba el huésped del hotel.
—Estoy bien, no te preocupes. Es que no me esperaba encontrarme con nadie a estas horas aquí. Por cierto, me llamo Rosa.
—Vaya, veo que compartimos animadversión por nuestro nombre. Mis padres me pusieron Teodoro y desde pequeño se empeñaron en llamarme así, con todas las letras, como si tuviera ochenta años. Te-o-do-ro. No me gusta nada. Así que, para el resto de los mortales, soy Teo. Encantado.
Se acercó a ella y le dio dos besos. Rosa no supo reaccionar.
—¿Seguro que estás bien? —se preocupó Teo al ver que no se inmutaba.
—Sí, es que estaba pensando en mis cosas y de repente has aparecido de la nada.
—¿Te gusta contemplar las estrellas?
—Cuando puedo me escapo a este lugar. Es donde mejor se ven. Solía venir aquí con mi padre y ahora… —Disimuló la congoja—. Ahora vengo sola.
—Siento que él ya no te pueda acompañar. —Teo dedujo que había fallecido.
—Siempre me contaba lo que tú me has dicho, que algunas de esas estrellas hace tiempo que dejaron de existir, pero están tan lejos que seguimos viéndolas brillar. Por eso me ha sorprendido oírtelo decir… Era como si… —Esta vez no pudo reprimir su emoción.
Teo sacó un pañuelo y se lo ofreció.
—Lo siento, no quería molestarte.
—No has hecho nada malo, es que estoy muy sensible porque hace justo un año que falleció. —Se secó la cara—. Estoy bien, no te preocupes. Bueno, y a ti, ¿qué te trae por aquí?
—Lo mismo que estás haciendo tú, mirar las estrellas.
—Me refería a la isla, ¿por qué has venido a Tabarca?
—Estudio la fauna y flora que hay bajo el agua.
Buceo por varias zonas y observo las especies que viven en el fondo.
Hace unos años que han declarado la reserva marina aquí en la isla y estoy haciendo un seguimiento para el ministerio.
Así que he venido a trabajar, aunque para mí es como estar de vacaciones.
Mi pasión es el mar y poder sumergirme cada día y observar la riqueza que hay ahí abajo es un regalo.
—Yo prefiero mirar al cielo.
—Otra de mis pasiones, la astronomía. Me he alejado lo más posible de las casas para evitar la contaminación lumínica. Ha merecido la pena la caminata, esto es espectacular. Hacía tiempo que no encontraba un sitio con un cielo tan impresionante como este. Vives en un paraíso.
—Eso lo dices porque no estás en la isla todo el año.
—Si pudiera haría las maletas y me trasladaría a Tabarca. Sin dudarlo.
—Si yo pudiera también haría las maletas, pero para marcharme de aquí.
—¿Por qué dices eso?
—Me gustaría ver mundo, viajar, probar comidas diferentes, conocer gente de otros países.
—¿Y por qué no lo haces?
—Digamos que mis circunstancias personales no me lo permiten. Pero bueno, tampoco quiero deprimirte con mis historias. Tú estás aquí para disfrutar de la isla y yo, en lo que pueda, te ayudaré a que tu estancia sea lo más cómoda posible.
—Muchas gracias. Por cierto, tengo una curiosidad. ¿Por qué hay una cruz en ese islote?
—La cruz del capitán. Según la leyenda, ahí yace el cuerpo de un marinero. Su barco naufragó y le enterraron ahí.
—¿Y desde cuándo está?
Rosa se encogió de hombros.
—No sabría decirte. Muchos años. Recuerdo preguntarle a mi padre por la cruz cuando era pequeña.
—¿Y te dijo lo del capitán muerto?
—Sí, es algo que siempre se ha comentado en la isla. También dicen que esa cruz señala donde los contrabandistas escondían sus mercancías para que los piratas no se las robaran. Utilizaban los recovecos de los acantilados para ocultarlas.
—¿Nunca has ido al islote a comprobar si hay algo?
—Son leyendas. Ni hay cadáver ni hay tesoro.
Teo se sentó al lado de Rosa y se quedó mirando la cruz iluminada por la luna. Ella hizo lo mismo. Durante un rato ambos imaginaron una vida diferente a la que tenían. Él, en esa isla. Ella, lejos de allí.