Capítulo 4
Tras firmar el registro, Teo subió a su habitación.
Volvió a salir pocos minutos después cargado con su inseparable y pesada mochila.
Una sonrisa entre él y Rosa, que seguía tras el mostrador, sirvió de tímido saludo.
Ella se quedó mirándole mientras iba hacia la puerta.
Llevaba una camiseta que silueteaba su tonificado torso.
Teo abandonó el hotel y fue directo al mar.
Allí estaba el motivo de su visita. Se colocó el neopreno, cogió la cámara de fotos y se ajustó las gafas de bucear antes de zambullirse en el Mediterráneo.
La pesca todavía daba de comer a algunas familias de la isla, pero cada vez era menos rentable, y un turismo en auge hacía años que estaba desplazando el principal sustento de los vecinos.
En el puerto quedaban apenas una docena de barcos que salían de madrugada para llenar sus bodegas de doradas y meros.
O al menos a intentarlo, porque las capturas habían caído drásticamente en la última década.
—Ya tengo plan para esta noche.
Sonrió y entró al hotel. Le sorprendió ver la recepción vacía. La chica joven que le había atendido no estaba. De hecho, no había nadie a la vista. Tampoco la mujer que le recibió nada más llegar. Subió a su habitación y se preparó para disfrutar de su segunda pasión.
Rosa se pasó casi todo el día leyendo en Punta Falcón, el sitio más alejado de la zona de los vivos y más cercano a la de los muertos, el punto más oriental de la isla.
Era el lugar ideal para pasar desapercibida y no ver a nadie.
Por eso le encantaba aquel rincón de Tabarca.
Podía pasar horas con la única compañía de un libro y el sonido del mar.
Cada vez que el hotel se lo permitía, se escapaba allí.
En los meses de verano la frecuentaba menos porque tenía más trabajo.
Pero, en temporada baja, disfrutaba de aquel rincón más horas que en ningún otro enclave de la isla.
Hasta allí no solían llegar los turistas, que preferían playas más amplias y cercanas al casco urbano, aunque ese día sí que había alguien: el huésped.
Pero estaba en medio del mar. De vez en cuando le veía salir a la superficie y, enseguida, volvía a sumergirse.
Después de devorar más de la mitad de la historia que tenía entre sus manos, colocó el marcapáginas y caminó por uno de los senderos que cruzaban la Tabarca deshabitada hasta llegar al pueblo.
Antes de entrar al hotel inspiró profundamente para llenar sus pulmones del sosiego que iba a necesitar cuando se encontrara con Dolores.
No había cerrado la puerta cuando ya empezaron los reproches.
—¿Se puede saber qué has hecho todo el día fuera?
—La mujer la estaba esperando sentada junto al mostrador.
Iba vestida de negro riguroso con un vestido que le llegaba a los tobillos, tal y como estipulaban los preceptos del luto, y el pelo, castaño oscuro, recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
—Leer —respondió sin dar más explicaciones, y se dispuso a subir las escaleras para ir a su habitación.
—¡Rosario! Este negocio no se administra solo. Si estás por ahí, no lo puedes mantener limpio ni atender a los clientes como es debido.
—Dolores, tenemos solo un huésped, y ha contratado alojamiento con desayuno, pero no comida o cena. Así que aquí tampoco hago nada.
—¡Siempre hay cosas que hacer! —argumentó levantando la voz.
Ignoró esa última frase. Continuó subiendo las escaleras.
Su habitación estaba en la primera planta.
Dejó el libro sobre la cama y cogió una chaqueta fina.
Aunque hacía buena temperatura durante las horas de sol, por la noche refrescaba.
Bajó a la cocina y se preparó un bocadillo.
Lo metió en una bolsa junto con una botella de agua y fue a la puerta del hotel.
Nada más girar la manilla volvió a escuchar esa voz que la ponía tan nerviosa.
—¿Encima te marchas de nuevo? —Dolores continuaba allí sentada.
—No me esperes despierta. —Zanjó la conversación con un portazo.
Cuando salió del establecimiento, ya era de noche.
Se dirigió al mismo lugar en el que había pasado la mayor parte del día.
Rosa se sabía de memoria los senderos que atravesaban la zona este de Tabarca.
Entre matorrales y flores amarillas discurrían varios caminos de tierra que conectaban los extremos de la isla.
La única luz que había allí era la del faro.
Emitía destellos con su potente foco blanco para advertir a los barcos.
El faro de Tabarca no respondía al arquetipo de estas construcciones.
Era de planta cuadrada y contaba con una atalaya encima sobre la que estaba el foco que anunciaba a las embarcaciones el peligro de acercarse demasiado al haz.
Rosa se sentía como esa luz que brillaba gritando que se alejaran de allí.
Dejó atrás el faro y continuó hasta Punta Falcón.
Frente a ella, distinguió el islote de la Naueta con su icónica cruz de madera.
Ese era el único lugar que le transmitía paz.
Si miraba hacia el horizonte, solo veía mar.
Y si alzaba la vista, contemplaba otro mar, pero de estrellas.
Sobre esa butaca de roca se solía sentar con su padre.
Fue en ese mismo lugar cuando, con apenas cinco años, le preguntó por su madre.
Si cerraba los ojos, todavía podía escuchar su voz.
—Papi, ¿por qué mamá nos ha dejado aquí solos?
—Cariño, mamá sigue con nosotros.
—Pero yo no la veo.
—Mira hacia arriba.
—¿Mamá es una estrella?
—No exactamente.
—Entonces ¿por qué quieres que las mire?
—¿Ves todas las lucecitas que hay?
—Sí, son muchísimas. ¿Quieres que las cuente? En el colegio me han enseñado hasta el cien. ¿Hay más, papá?
—Muchas más. Pero ¿y si te dijera que algunas de esas estrellas hace muchos años que se apagaron?
—No lo entiendo. Yo las veo todas encendidas.
—Pues algunas ya se han apagado, pero como están muy muy lejos todavía nos llega su brillo.
—Aaah.
—Eso mismo pasa con mamá. Aunque ella ya no esté seguimos recibiendo su luz. Así que, cuando la eches de menos, vente aquí y mira hacia arriba. Los destellos del pasado llegan a nuestro presente y se quedarán ahí para guiar tu futuro.
Le hizo caso a su padre. Levantó la mirada y buscó en aquel mar de estrellas.
Había dos que brillaban más que las demás y estaban juntas.
Rosa no creía en el más allá, ni en el horóscopo, ni en nada que no tuviera una explicación racional, pero encontrar esas dos luces titilantes que destacaban entre el resto la reconfortó.
Por fin sonrió. No lo hacía desde que había fallecido Luis.
—Gracias por guiar mi futuro, papá y mamá.
Mientras contemplaba aquellos destellos a los que bautizó con el nombre de sus padres, una voz tras ella la asustó.
—¿Sabes que algunas de esas estrellas que estás viendo ya no existen?