La isla de las flores amarillas Capítulo 3
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Capítulo 3

Con la época estival Tabarca despertaba de su hibernación.

Los restaurantes llenaban sus neveras de género y las tiendas ponían a punto los escaparates para mostrar los artículos con los que saciar el hambre consumista de los turistas.

Los vecinos se volcaban para acoger a los miles de personas que cada día llenaban las playas de la isla.

El pistoletazo de salida era la Semana Santa.

A partir de esa fecha, y hasta finales de septiembre, la isla se transformaba.

De ser el apacible hogar de apenas un centenar de vecinos a recibir decenas de barcos repletos de foráneos.

Pero había quienes preferían la serenidad, por eso elegían las fechas previas al comienzo de la temporada alta para poder disfrutar de la calma.

Ese día tenía previsto llegar al hotel Isla Plana un hombre que iba a estar hospedado una semana.

Hacía un mes que el negocio no tenía clientes, así que era el momento de prepararlo todo para su llegada.

Las sábanas, recién lavadas. Rosa había hecho una limpieza a fondo en la habitación que iba a ocupar y en todas las zonas comunes.

Abrió las ventanas para airear la estancia y quitar el olor a cerrado después de mucho tiempo sin uso.

Colocó en el baño toallas, jabón y unas botellitas de gel y champú.

Tras comprobar que estaba todo en su sitio, bajó las escaleras hasta llegar a la recepción.

Todavía tenía que ir a comprar las cosas para el desayuno del día siguiente.

No había puesto un pie en la planta baja cuando escuchó una voz que le perturbó la calma.

—Rosario, ¿solo has limpiado una habitación? —preguntó Dolores, que permanecía sentada frente al mostrador con sus inseparables gafas de sol tapándole media cara.

Tuvo la tentación de no responder, pero sabía que seguiría insistiendo hasta conseguir su propósito: sacarla de sus casillas. Así que se resignó y le contestó con desgana.

—Sí.

Pasó por delante de ella y se dispuso a salir del hotel para ir a la tienda a comprar fruta y dulces.

—¿Se puede saber dónde vas? —Dolores se puso de pie.

—A comprar.

Sin esperar a que respondiera, se marchó apresuradamente de allí. Apenas había dado un par de pasos cuando escuchó de nuevo aquella voz.

—Rosario Chacopino de Apodaca —gritó enfadada con las manos en jarra.

—Me llamo Rosa —le contestó sin siquiera girarse.

—En tu Documento Nacional de Identidad pone Rosario bien claro.

Ignoró su respuesta y continuó caminando por la calle Arzola hasta llegar a la plaza Grande.

Allí había una pequeña tienda de alimentación donde Rosa solía comprar lo que necesitaba para servir los desayunos del hotel.

Aprovechó para llevarse también algo de chocolate para su abuela.

Regresó con desgana. No le apetecía ver a Dolores y enfrentarse de nuevo a ella.

Por suerte, cuando llegó, estaba hablando con el huésped, que acababa de entrar.

—Aquí está —dijo con desprecio mientras señalaba la puerta—. Rosario le tomará los datos para cumplimentar el registro. Bienvenido a Tabarca, Teo.

—Muchas gracias, señora. —El hombre se dirigió al mostrador y dejó una pesada bolsa negra en el suelo.

—Enseguida estoy con usted. —Rosa fue directa a la cocina para guardar la compra en el frigorífico.

Salió a los pocos minutos. Nada más cruzar la mirada con la del desconocido, se paró en seco a mitad de camino.

Aquel hombre de ojos azules y cuerpo atlético le pareció muy atractivo.

Disimuló su embeleso fingiendo haber olvidado algo.

Volvió sobre sus pasos y se metió de nuevo en la cocina.

Regresó con un bolígrafo en la mano. Lo levantó a la altura de su cabeza y sonrió para justificar su reacción al verle.

Comprobó con vergüenza que había un cubilete lleno de bolígrafos sobre el mostrador, al lado de la antigua caja registradora.

Él también se había dado cuenta, pero simuló no haberlo visto para no incomodarla.

Ninguno de los dos sabía en ese momento las consecuencias que tendría en el futuro aquel encuentro.