Capítulo 2
Como cada día desde hacía un año, Rosa recorría la isla entera para reunirse con su padre.
Las treinta hectáreas de superficie de Tabarca se dividían en dos zonas.
Al oeste, el pueblo, donde se hacía la vida cotidiana.
La parte este, la más extensa, no estaba habitada.
Antiguamente se dedicaba al cultivo, por eso los tabarquinos la conocían como El Campo.
Pero ahora allí solo crecían matojos dispersos.
Aparte de naturaleza diseminada, también había tres construcciones en la vasta planicie.
Las tres estaban alineadas a lo largo de ese trozo de isla que casi nadie frecuentaba.
Lo primero que te encontrabas si salías a pasear por ese secarral era la torre de San José.
Antaño era un edificio militar donde se llevaban a cabo labores de vigilancia.
Después, el faro, justo en medio. Vital para que los barcos no chocaran contra la isla debido a su poca altura, quince metros en su parte más elevada, de ahí su apodo de Isla Plana.
La última construcción, el cementerio. Ubicado en el extremo más al este, lo más alejado de la población.
El descanso eterno tenía las mejores vistas posibles al Mediterráneo.
Allí se dirigía Rosa, a visitar a su padre, que había muerto un año atrás.
Era su rutina diaria, su vía de escape. Lo necesitaba.
Le venía bien que la «zona de los muertos» estuviera tan apartada de la de los vivos.
Ese paseo le servía de terapia para idear su vida futura alejada de la isla.
Aunque la muerte de su padre había complicado sus planes.
Ahora estaba más atada que nunca a aquel trozo de tierra rodeado de agua salada.
Para los turistas, un paraíso. Para ella, una prisión de la que, por el momento, no podía salir.
Tras veinte minutos caminando campo a través, Rosa llegó a la puerta del camposanto.
La reja oxidada que separaba el mundo de los vivos del de los muertos se abrió con un quejido metálico.
Una cruz de piedra sobre el muro daba la bienvenida al recinto mortuorio.
Nada más entrar había una pequeña estancia con nichos a mano derecha.
Siguió caminando hasta atravesar otro arco que conectaba con el siguiente espacio, mucho más amplio, donde los cuerpos estaban enterrados en el suelo.
Unas rústicas cruces de madera indicaban el lugar en que yacían los cadáveres.
Rosa caminó por el pavimiento que dividía en dos el cementerio hasta llegar casi al final.
Se arrodilló frente al trozo de tierra en el que había varias flores pequeñas de color amarillo.
Dejó caer la que llevaba en la mano y se quedó mirando el nombre tallado a mano en la madera: L UIS C HACOPINO .
Le había costado mucho no derramar lágrimas cuando iba a visitarle, pero ese día no pudo contenerse.
Se cumplía justo un año del fatídico instante en el que todo cambió.
Su referente, su amigo, su guía, su confidente…
Para Rosa, su padre lo era todo, y ya no estaba.
Se resistía a despedirse de él, a pasar página y seguir adelante.
No podía. Su vida estaba a dos metros bajo tierra desde hacía un año.
Por eso le llevaba a la tumba una flor amarilla, la misma que su padre le regalaba cada día.
Por la mañana, cuando se levantaba, sobre el mostrador siempre había una flor amarilla que ella se colocaba en la oreja.
Su padre solía madrugar, le encantaba ver amanecer.
Al volver le traía una. A pesar de que Luis ya no estaba, la flor seguía apareciendo cada día en el mostrador.
Rosa se preguntaba quién lo hacía. En el hotel vivía con su abuela y con Dolores, y ninguna de las dos podía ser.
Con Dolores la relación no era buena, y Amparo se ayudaba de un andador, así que tampoco podía salir a cogerla.
Más de una vez tuvo la tentación de levantarse pronto y asomarse desde la escalera para comprobar quién la dejaba, pero decidió no hacerlo.
Le gustaba pensar que, de una forma u otra, era su padre el que lo hacía.
No sabía si él mismo se lo había pedido a alguien o ese alguien actuaba por su cuenta, pero decidió no indagar.
Cada día bajaba a la recepción, cogía la flor del mostrador y se la colocaba sobre la oreja.
Le hacía sentir bien. Era como si su padre todavía estuviera allí con ella.
Por eso, comenzaba el día con una sonrisa, a pesar de que su vida se hubiera derrumbado con el último latido del corazón de su padre.
Esa flor amarilla siempre le alegraba, aunque fuera un instante.
Se quedó unos minutos frente a la tumba de Luis hasta que una voz tras ella la sacó de sus pensamientos.
—Yo también le echo mucho de menos.
Una mujer bajita y de pelo blanco la observaba emocionada. Se acercó y ambas se abrazaron.
—Mi padre ha dejado un vacío tan grande, Manoli…, pero me reconforta saber que los vecinos le querían mucho.
—Siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. Tenía un corazón enorme. Qué infortunio ese repentino infarto.
De nuevo las lágrimas comenzaron a salar las mejillas de Rosa. Manoli le ofreció un pañuelo.
—Jamás podré agradecerle lo suficiente todo lo que hizo por mí.
Todavía me emociono al recordar lo que me ayudó cuando el temporal del 84 arrasó el tejado de mi casa.
Nada más enterarse de lo que había ocurrido vino a verme y me ofreció quedarme a vivir en su hotel el tiempo que hiciera falta.
Gracias a él pude dormir bajo un techo mientras reparaban mi casa. —Manoli suspiró.
—La vida es muy injusta. No tendría que haberse marchado tan pronto. Me he quedado muy sola.
—Tienes a tu abuela.
—Ella es el único motivo por el que me levanto cada mañana.
—Pues aférrate a Amparo para seguir adelante. Eres muy joven, tienes que reponerte y disfrutar de la vida, que también tiene cosas bonitas.
—Pero seguro que serán fuera de esta isla en la que estoy atrapada.
—¿Por qué dices eso?
—Estoy condenada a vivir aquí. No puedo salir.
Tengo que estar al frente del negocio. Y mi abuela, pobreta mía, cada vez necesita más ayuda para moverse.
Y luego está la otra… Desde que mi padre se fue, llevo todo el peso de la familia, y me supera.
No puedo estudiar la carrera que siempre he querido, no puedo viajar, quiero conocer mundo y lo más lejos que puedo ir es aquí, al cementerio, al otro lado de la isla.
—Querida, sé que ahora lo ves todo negro, pero, créeme, tienes mucha vida por delante y en algún momento podrás hacer todo eso que anhelas.
—Para que suceda eso… —Rosa contuvo la emoción—.
Lo único que tengo que me importa ahora mismo es mi abuela y quiero que esté a mi lado mucho tiempo.
Aunque su vida condicione la mía. Es un precio que estoy dispuesta a pagar, pero también me gustaría poder hacer otras cosas. Me siento mal solo por pensarlo.
—No puedes sentirte culpable por eso. Es normal que quieras volar lejos, tienes veinte años.
—Gracias por escucharme.
—Cualquier cosa que pueda hacer por ti, no dudes en pedírmelo.
Se abrazaron. Era lo que más necesitaba en ese momento.
Manoli avanzó unos metros hasta la tumba de su difunto marido.
Le rezó un padrenuestro y se volvió a casa.
Rosa se quedó un rato más hablando con su padre.
Le gustaba contarle cómo le había ido el día, aunque tuviera poco que decirle.
Su vida allí era monótona y aburrida. Aun así, le hablaba cada día. Era su forma de tenerle presente.
El sol ya se estaba poniendo, era momento de regresar. Comenzó a andar por el empedrado hasta que una pequeña ráfaga de viento dejó en su camino una de las flores amarillas de la tumba de su padre. Rosa se agachó, la cogió y se la colocó junto a la que adornaba su oreja derecha. Se giró y sonrió.
—Gracias, papá.
Siguió rumbo al hotel. Allí la esperaban dos mujeres: la que más quería y la que más odiaba.