La isla de las flores amarillas
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Capítulo 1
Gritó todo lo que le permitieron sus pulmones para levantar a su nieta de la cama. Sabía que, si no se despertaba a tiempo, iba a arruinar su vida, pero, por más que lo intentaba, seguía acostada.
Un relámpago iluminó toda la habitación mientras Rosa dormía. El rayo, segundos después, la sacó al instante del letargo. Miró el reloj que tenía sobre la mesa. Apagado.
—¡Mierda, otra vez se ha ido la luz!
Abrió la cortina que cubría la ventana y vio otra cortina fuera, pero de agua.
La intensa lluvia aporreaba con furia el cristal y apenas permitía ver unos centímetros más allá.
El corazón le golpeaba el pecho cada vez con más fuerza.
Necesitaba saber la hora. Fue hacia la cómoda que había frente a su cama y buscó a ciegas su reloj de pulsera.
Otro relámpago alumbró un instante la esfera y pudo ver que las manecillas marcaban las nueve y media.
—¡¿Cómo es posible que me haya dormido precisamente hoy?! ¡Llego tarde!
Se vistió como pudo con lo primero que cogió del armario y bajó las escaleras hasta la planta baja. Allí la esperaba Amparo.
—Llevo llamándote un buen rato, pero no había manera de despertarte.
—Ya, abu. ¡Me he dormido!
—Venga, corre. Aún hay tiempo de coger el barco.
Nada más abrir la puerta del hotel, el paraguas se dio la vuelta y se fue volando.
Abuela y nieta se miraron. Las dos sabían que con esa tormenta era imposible salir de la isla, pero ninguna dijo nada.
Amparo asintió, fue su forma de decir que lo intentara de todos modos.
Ese gesto le bastó a Rosa para no rendirse.
Volvió a entrar y cogió un chubasquero para evitar el baño.
En vano. Comenzó a correr hacia el puerto.
Las calles estaban desiertas. La intensa lluvia y el viento chocaban contra ella, que luchaba como podía para llegar al barco que la sacaría de la isla.
Pasó por delante de la playa y llegó al espigón.
Hasta allí arribaban en verano las decenas de barcos que llenaban la isla de turistas.
Pero ahora estaba vacío. Ni turistas ni barcos.
Solo había dos formas de abandonar Tabarca, por mar o por aire, y las condiciones climáticas no permitían ninguna de las dos opciones.
Rosa se desesperó. Tenía que salir de allí.
Sí o sí. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para llegar a la cita que tenía fijada a las diez y media de la mañana.
Era su última oportunidad. Así que no había opción de no asistir, porque eso significaría perder lo más importante que tenía en su vida.
Cuando estaba a punto de cometer una locura, vio a alguien dentro de un barco al final del espigón.
Fue corriendo hacia él. Le reconoció conforme avanzaba.
Era Felipe, un pescador. Estaba amarrando bien su embarcación al noray para que no se la llevara la tempestad.
—¡Tienes que ayudarme, por favor!
—¿Qué te pasa, Rosa? ¿Qué haces fuera del hotel con la que está cayendo? Entra, vamos. —Le tendió la mano y la ayudó a subir.
—¡Necesito que me saques de aquí!
—Pero ¿has visto cómo está el mar?
—Lo sé, pero tengo que llegar a Alicante a las diez y media como sea. Si no fuera importante no te lo pediría.
—Sabes que haría lo que fuera por ti, pero zarpar al mar ahora mismo es imposible. Las olas superan los tres metros de altura. Este barco es demasiado pequeño, acabaríamos volcando.
La impotencia se transformó en lágrimas.
Rosa abandonó el barco y dejó que la lluvia empapara sus esperanzas de salir de la isla.
Se acercó al final del espigón. Las olas rompían con violencia contra las rocas.
Se quedó observando el horizonte. A solo cinco kilómetros estaba Santa Pola, la localidad más cercana a la isla.
Tan cerca y a la vez tan lejos. Ese día la lluvia impedía vislumbrar siquiera la silueta de la ciudad.
Solo se veía agua por todas partes. Cerró los ojos e intentó tranquilizarse.
Respiró profundamente. El olor a humedad inundó sus pulmones y consiguió relajar las pulsaciones.
Necesitaba pensar en una solución. Se le ocurrió una idea.
Volvió corriendo al hotel. Dejó un rastro de agua en el suelo y fue directa al teléfono. Amparo la miró con tristeza.
—¿Nada?
Rosa negó con la cabeza.
—No salen barcos.
Descolgó el teléfono. Sin señal.
—¡Joder! —Volvió a dejar el auricular.
Lo intentó de nuevo. Tampoco. Los días de tormenta solía perderse la conexión.
No había manera de comunicarse con nadie más allá de la isla.
Estaba totalmente aislada. No podía avisar de su ausencia ni tampoco podía salir de allí.
Se sentó en una butaca de la recepción y pensó en las consecuencias de no asistir a la cita.
De nuevo, las lágrimas la sumieron en la desesperación.
Se levantó y se dirigió a la puerta con decisión.
—Pero ¿dónde vas, cariño?
—Abu, tengo que intentarlo como sea.
Salió del hotel y fue directa al espigón. Le costaba avanzar. La lluvia y el viento la empujaban hacia atrás. Con dificultad llegó al puerto. Pasó por delante del barco de Felipe.
—¿Qué haces? ¡Vete, es peligroso estar ahí! —le advirtió el pescador.
—Si no puedo salir en barco, tendré que hacerlo a nado.
Y, sin pensarlo, se lanzó al mar.
—¡Estás loca! ¡Vuelve! ¡No saldrás viva del agua!
Rosa no escuchó los gritos de su vecino.
Solo tenía un objetivo, llegar a tierra firme.
Comenzó a nadar. Apenas había avanzado un par de metros cuando una ola la revolcó y la estampó contra las rocas.
Perdió el conocimiento al instante. Felipe bajó de su embarcación y llegó hasta el final del malecón.
Consiguió rescatar el cuerpo magullado de Rosa.
La llevó en brazos a casa. La acostó en el sofá, encendió dos estufas y la secó con una toalla.
Limpió la sangre que le salía de una brecha en la cabeza y taponó la herida con una gasa.
Cuando entró en calor recuperó la consciencia. Abrió los ojos y se incorporó como un resorte. No sabía dónde estaba. El intenso dolor de cabeza le recordó lo que había ocurrido. Cuando vio a Felipe entendió que su huida a nado había fracasado.
—¿Qué hora es? —balbuceó.
—Acuéstate y descansa, Rosa. Te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza, debería verte un médico.
—Dime la hora, por favor —insistió.
—Son casi las once de la mañana.
No supo reaccionar. Quería gritar, pero no tenía fuerzas.
Quería llorar, pero sus ojos estaban secos.
Se levantó del sofá y fue a la ventana. Clavó la mirada en aquella lluvia que le había impedido salir de la isla y asumió con resignación el final de su vida.
No tenía sentido seguir adelante. Estaba decidida a quitarse de en medio.
No sabía cómo, pero iba a hacerlo. Si no hubiera sido porque estaba Felipe delante, habría acabado con todo en ese instante.
Volvió al sofá y se tumbó. Para su desgracia, se despertó varias horas después.
El pescador la acompañó al hotel. En su cabeza solo tenía un objetivo claro.
Cuando estaba subiendo las escaleras para ir a su habitación escuchó el inconfundible sonido metálico del andador de su abuela Amparo.
Volvió a bajar y se abrazó a ella. No le dijo nada, simplemente dejó que su congoja se disipara.
Entonces entendió que no podía irse y dejarla sola.
Aquellos brazos que la rodeaban con fuerza eran lo que necesitaba para no cometer una tontería.
—Mírame, Rosa. —Amparo puso las manos en las mejillas de su nieta y le levantó suavemente la cabeza hasta que vio sus ojos—. Esto no es el final, cariño. Se va a solucionar. Te doy mi palabra. No te rindas, yo no lo voy a hacer.
La nieta asintió y subió a su habitación. A pesar de que el hotel estaba abierto y había que atender a la única huésped que tenían, le faltaban fuerzas para hacerlo. Se metió directa en la cama.
Un intenso dolor de cabeza la despertó por la tarde.
No supo cuánto tiempo había dormido, el reloj seguía sin funcionar.
Con desgana bajó a la primera planta. Continuaba lloviendo, pero con mucha menos intensidad.
Aun así, la electricidad todavía no había vuelto.
La nevera, las luces de la recepción…, todo apagado.
Se acercaba la hora de comer. Algo llamó su atención.
Lo vio a través de la ventana. Se acercó para comprobarlo.
En efecto, la casa de enfrente sí tenía luz.
—Qué raro… —musitó.
Salió fuera y vio que en el resto de las viviendas de su calle sí había vuelto la electricidad.
Volvió al hotel y pulsó el interruptor junto al mostrador.
Nada. Subió a su habitación. El despertador seguía apagado.
El pulsador que encendía la lámpara del techo tampoco respondía.
Bajó de nuevo a la recepción y abrió al cuadro de luces de la pared.
—¡Están todos bajados! —gritó desesperada.
Amparo se acercó con su andador para saber por qué su nieta estaba tan alterada.
—¿Qué pasa?
—Mira, abu —dijo señalando el cuadro eléctrico dentro del pequeño armario—.
¡Los interruptores! ¡Alguien los ha bajado!
¡La luz no se ha ido, sino que la han quitado a cosa hecha!
Por cierto… —Se acercó al teléfono y comprobó el cable que iba del aparato a la clavija de la pared—.
¡Está roto! ¡Han saboteado también la línea telefónica! ¡Por eso no daba señal!
La respiración de Rosa se agitó. Notó que le faltaba el aire. Alguien quería que se quedara aislada precisamente ese día tan importante para ella. Pero ¿quién?
—¿Dónde está Dolores?
—En su habitación. Dice que se encontraba mal y no ha salido en todo el día.
—No me creo nada de esa tipeja.
—Rosa, por favor, no hables así de…
—Esa mujer solo ha traído desgracias a nuestras vidas —la interrumpió con vehemencia—. Ha sido ella, estoy convencida.
—Pero ¿por qué iba a hacer eso?
—Abu, ¿hace falta que responda a esa pregunta? Sabes perfectamente sus motivos. Ha sido ella.
Rosa se dirigió enfurecida hacia la puerta del cuarto de Dolores. Justo cuando iba a tocar, su abuela la llamó.
—Un momento, cariño.
—Estoy segura de que ha sido ella.
—No puedes acusarla de algo tan grave sin pruebas.
—¿Quién va a ser sino?
—En el hotel ahora mismo somos cuatro personas. La turista sigue alojada, ¿no?
La nieta asintió.
—Quizá deberías hablar con ella por si vio algo raro anoche.
Sin decir nada, Rosa subió hasta el segundo piso. Habitación 202. Tocó a la puerta. Nadie respondió. Lo intentó de nuevo. Nada.
—Rosa, ven, tienes que ver esto —la llamó Amparo desde la recepción.
La nieta fue corriendo. Cuando llegó a la planta baja, vio a su abuela con algo en las manos.
—Las llaves de la habitación 202. Estaban sobre el libro de registro.
Subió de nuevo y abrió. Ni rastro de la huésped. Se había ido sin despedirse. Bajó las escaleras lentamente, pensando en todo lo que había pasado en las últimas horas, intentando darle una explicación coherente. Pero no la encontró.