La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

―Que eras gobernador y que, al final de la temporada, te marcharías.

Me enfrenté a la decisión más dura de mi vida pues ya te amaba, aunque no quisiera reconocerlo y plantearme una vida lejos de aquí me resultaba imposible.

Por eso, cuando otras mujeres se consideraron más dignas de ser gobernadoras, lo acepté.

Y eso me hizo odiarme a mí misma por haber sido caprichosa, irrespetuosa con mi formación y por no valorar las oportunidades para convertirme en una dama perfecta.

Porque mi corazón estaba en Inglaterra y mi carácter me convertía en una gobernadora más que cuestionable.

―Fueron precisamente esas cualidades, Isabella, las que me enamoraron de ti. No llegué aquí para casarme con la mujer que encarnara las cualidades perfectas. Vine expresamente a esta casa porque deseaba casarme contigo. Y después de…

James se detuvo. Hasta el momento había mantenido una distancia respetuosa entre ambos, casi excesiva, no quería presionarla.

Ella tenía el poder en ese momento y él era solo un hombre suplicando su perdón.

Bella reparó en su vacilación, y por primera vez desde que habían comenzado a hablar, ella fue la que redujo parte de la distancia que los separaba.

―¿Sí…?

―La noche que te acompañé a casa de tu hermana ante el alumbramiento de tu sobrina me di cuenta de una realidad.

Si deseaba casarme contigo no podía arrancarte aquello que te hacía especial y que alimentaba tu corazón así que envié una misiva a la mañana siguiente a mi superior y renuncié con determinación a mi posición y cargo como gobernador.

Bella tardó unos instantes en reaccionar. Había esperado que él se armara de valor para pedirle disculpas e incluso, estaba preparada para una declaración, pero no para algo así.

―¿Cómo? ― preguntó más confusa todavía ante las palabras de James. No daba crédito― No lo comprendo.

―Verte con tu hermana, con tu sobrina e incluso, la relación con tu padre era un regalo, Isabella.

Sabía que, si Dios quería y algún día me aceptabas, mis responsabilidades nos llevarían al otro lado del océano lejos de ellos y no quería que tuvieras que renunciar a una parte tan importante de ti para poder estar conmigo.

Quería que tuvieras todo cuanto pudiera hacerte feliz.

Bella lo miró en silencio. En su mente trataba de conciliar todas esas palabras.

Darles un sentido. James había trabajado durante años para alcanzar esa posición.

Había renunciado a estar cerca de su familia porque creía que estaba mejorando las vidas de muchas personas.

Había construido su vida y su futuro alrededor de esas responsabilidades y, sin embargo, había renunciado a todo ello sin saber si ella estaría dispuesta a aceptar su compromiso.

Lo había hecho antes de tener la certeza.

Antes de confesar sus sentimientos. Nunca nadie había hecho algo así por él.

En ese instante, el corazón de Bella saltó. La distancia entre los dos le parecía tan absurda que dio un paso más al frente.

―Oh, James ―dijo ella finalmente entre lágrimas acercándose a él y tomando sus manos―. Yo le confesé a Heather que estaba dispuesta a cruzar este mundo por ti.

James levantó los ojos de inmediato. Esas palabras le habían dado esperanza y su mirada brillaba diferente.

―¿De verdad?

―Sí. Puede que echase en falta a mis hermanas y las regañinas de mi padre sin embargo sabía que merecería la pena iniciar esa aventura porque tú estabas a mi lado.

―Y lo estoy, Isabella.

La mano de James se cerró alrededor de la de ella.

Mantenerse alejada de la persona que amaba era el dolor más grande que jamás había experimentado.

Que ella le permitiera esa simple caricia le convirtió en el hombre más afortunado del mundo.

No le había retirado la mano, al contrario, le devolvía la mirada.

Y en ese momento, pensó que quizá había esperanza para ellos.

Sin embargo, todavía quedaba mucho por decir.

―El día que te conocí en el puerto pensé que un ángel había estrellado a mis pies para sacudirme y presentarme un temperamento que rivalizaba con el mío.

―Una sonrisa emocionada iluminó su cara― Te amé incluso antes de hablaras.

El fuego en tu mirada, la seguridad con la que hablaste.

Jamás sentí una sacudida así, Isabella así que dejé todo para venir a conocerte con la esperanza de que, algún día tú me amaras igual.

Bella sintió que las lágrimas que se había obligado a contener para mostrarse fuerte terminaban por ganar la partida. No había rabia en su corazón. En realidad, puede que la sintiera al principio, pero darse cuenta de que estaba separada de James le dolía más que cualquier otra cosa.

Y en ese instante, Bella comprendió las palabras que su hermana le había dicho.

Ella no solo había estado dispuesta a marcharse a Bahamas por él.

Ella estaba totalmente decidida a estar con él.

Le había escogido como compañero. Le amaba.

Y puede que su padre y James planearan todo para facilitar las reuniones, pero ninguno le presionó, nadie le obligó a bailar con él, nadie le empujó a visitarlo sin carabina, nadie le ordenó retarlo para cabalgar juntos, nadie le sugirió mantener una intimidad con él.

No, nadie. Ella lo había elegido todo. Puede que sus acciones no fueran acertadas del todo sin embargo ¿qué habría hecho ella en su lugar?

Lo pensó con frialdad y se dio cuenta de algo: ella habría obrado la peor de las artimañas para garantizar la felicidad de alguna de sus hermanas o un miembro de su familia.

Y al igual que había ocurrido esa misma mañana: el miedo, las inseguridades, la tristeza y todas las emociones negativas que había experimentado se fueron. Las dejó ir.

―Y ese día ha llegado, James.

―¿Cómo? ¿No me odias?

―No puedo odiarte. Jamás. Puede que, hace tiempo y antes de conocerte, mi comportamiento orgulloso me hubiera ordenado alejarte de mí. Pero es imposible. No puedo vivir sin ti, James Johnson. Eres mi maldito gobernador.

―¿Isabella?

―Lo negué durante meses, pero tras mi conversación con mi Heather me di cuenta de la verdad.

Rechacé a ocho caballeros no porque tuvieran cualidades que encontrara poco atractivas sino porque no eran tú.

Les comparaba contigo. Ninguno tenía tu mirada, tu fuerza, tu postura y tu viveza.

Ninguno me hacía vibrar, temblar, ruborizarme y ponerme de los nervios como tú.

Ninguno se presentaba en sueños y se quedaba a mi lado.

Ninguno podía tener mi corazón porque tú ya lo habías robado sin saberlo y te lo habías llevado al otro lado del mundo.

James cerró los ojos por un instante. Parecía necesitar tiempo para comprender si esas palabras eran verdad.

Cuando los abrió, Bella le miraba con una ternura y una aceptación que no merecía.

Él liberó una de sus manos con lentitud y la levantó hacia el rostro de la joven.

La acarició con ternura y ella, lo aceptó.

―Isabella, te prometo que, si me perdonas y me aceptas, no recibirás salvo amor y verdad de mí. Prometo despertarte con ternura cada mañana, retarte como nadie y ser tu apoyo incondicional.

Bella cubrió con su mano la que él estaba recorriendo con dulzura su mejilla derecha.

Aquellas palabras le habían conmovido y se dio cuenta, de que él era el único caballero destinado para ella.

El único que no le obligaría a ser de otra forma.

El único caballero por el que estaba dispuesta a renunciar a su preciada libertad.

Pero para su asombro, el único que no se la había pedido o arrebatado sino que le impulsaba a serlo.

Y entonces, decidió ser feliz. Que ambos se merecían ser felices.

―¿Qué crees que hacía con Estrella aquí? ―dijo ella con un ligero tono de picardía despertando algo vivo en ellos de nuevo. James parpadeó.

―¿Ibas a verme?

―Alguien tenía que tomar la iniciativa.

La joven obtuvo la sonrisa más confusa, auténtica y exquisita de James. Un gesto que, hasta el momento, solo había conseguido exasperarla y excitarla a partes iguales, ahora era el inicio de algo nuevo. Más puro.

―Isabella…

―Te amo, maldito gobernador. En Bahamas o en la maldita Inglaterra. Donde quiera que estés, tienes mi corazón y mi libertad.

―Eso siempre será tuyo.

Fue ella la que recortó la insignificante distancia que les separaba para fundirse con él en el más tierno y conciliador beso de amor.

James la tomó entre sus brazos para asegurarse de que no estaba soñando y que realmente había recibido su perdón.

La cautela pronto se transformó en pasión y esa pasión, en un fuego que ambos habían echado en falta.

Un calor que solo les pertenecía a ellos.

―Creo que debo hacer esta pregunta de nuevo ―suspiró él interrumpiendo su beso, instaurando una molesta corriente de frío entre sus labios, pero dejando que sus frentes se tocasen.

Ambos se miraron a los ojos. Sus pechos se movían acelerados.

Bella estaba emocionada―. Isabella Cavendish, ¿deseas casarte conmigo?

―Sí, por supuesto ―respondió sin pensar pues no había que hacerlo.

Ambos volvieron a besarse con intensidad.

James se sentía el hombre más afortunado del mundo y ella, estaba convencida de que por fin podría tener al hombre más retador a su lado.

Un hombre que despertaría sus instintos a cada instante y que, ante todo, le dejaría ser ella misma.

Por eso, y con el fuerte deseo de instaurar de nuevo ese aire retador que siempre les caracterizaba decidió convertir su propuesta en algo diferente.

―Aunque espero que no confundas mi respuesta con una victoria, gobernador. Acabo de aceptar ser tu esposa, no darte siempre la razón.

La sonrisa de James se iluminó.

―Jamás me atrevería a esperar un milagro semejante.

―Bien. Entonces parece que está preparado para casarse conmigo.

James la atrajo de nuevo hacía él y la miró con pasión.

―Mi irresistible lady Isabella.