Capítulo 19
La tristeza y la vergüenza más absoluta acompañaban sin descanso a James Johnson desde su discusión con Bella una semana atrás.
No se sentía merecedor de este dolor pues, ante todo, ella tenía razón: le había mentido.
Él sabía que sus sentimientos eran auténticos pero la forma en que todo se había orquestado no había sido la correcta y ahora, con la perspectiva que solo el tiempo puede dar, lo sabía.
Y se lamentaba. Se lamentaba profundamente porque sentía que la había perdido. Ahora ella le odiaba.
Él quería que ella se enamorase de él, que sintiera la devoción que ocultaban sus emociones y estaba dispuesto a todo por ella. Amaba la seguridad con la que ella siempre le rebatía, la fuerza de sus discusiones y el calor que parecía manar de ella cada vez que le ponía contra las cuerdas.
No quería beber y dejar de sentir. No quería salir a cabalgar para olvidar.
No quería… no quería fingir que el odio que sentía a sí mimo no era merecido.
Se castigaba a sí mimo por haber perdido la oportunidad junto a la mujer que amaba pues, como Ícaro, que con la arrogancia de la juventud se creyó capaz de tocar el sol con las manos, él también había encontrado su final.
Esta situación era consecuencia suya y debía aceptarlo por mucho que su corazón le gritara que fuera a por ella.
Ella le había pedido tiempo para pensar y él estaba dispuesto a dárselo, aunque eso le llevara al mismísimo infierno.
¿Cómo podría enfrentarla de nuevo? Había visto enfado, decepción y angustia en la mirada de Isabella cuando todo se descubrió.
Él había cerrado los pormenores con su padre y en ese momento, sentado en su despacho mirando un fuego que no hacía falta, se daba cuenta de lo equivocado que estaba.
Pero, por mucho que la amara, ya no había vuelta atrás.
Precisamente las cualidades que tanto amaba en ella eran las que le imposibilitarían perdonarle.
Así que, con el corazón roto, el humor por los suelos y una barba de varios días sin afeitar, el gobernador se encontró ocioso y sin rumbo en el jardín de su casa.
Pero pronto se dio cuenta que ese paseo podía ser un error pues llegaron a su mente recuerdos compartidos con la joven en las caballerizas, en el cenador, en la entrada de su casa…
Había imaginado decenas de veces esa propiedad llena del amor de su familia, de su esposa y de sus futuros hijos. Había imaginado su futuro con ella.
Ella. Isabella Cavendish. La mujer que lo significaba todo para él le odiaba. Y ese sueño se esfumaba.
Y en ese instante, ocurrió algo que no esperaba.
El mozo de cuadra salió con su caballo para pasearlo por la propiedad.
Hacía días que él no montaba y el animal estaba tan nervioso e inquieto como él.
James le levantó la mano y el mozo se acercó hasta él con la montura.
Dejó las riendas en su mano y el mozo se alejó.
El gobernador, silencioso, comenzó a acariciar al caballo y de repente, este le dio un golpe con la cabeza que casi le derriba.
James no estaba atento y se desestabilizó por completo.
Pero como si el caballo tuviera noción de lo acontecido y sus ojos pudieran hablar, se colocó frente a él y le retó con la mirada.
Y entonces, James recordó. Recordó la bravura con la que Isabella había montado a Estrella la primera vez.
Recordó la sensación de verla cabalgar libre por el campo y pensar que nunca había visto un ser más auténtico.
Recordó la forma tan tierna en que puso en peligro subiendo a ese árbol para conseguir una manzana para la yegua.
Recordó la fuerza tan exasperante que emanaba de ellas cuando estaban juntas. Las recordó. La recordó.
Y en ese momento, James Johnson lo supo.
No había cruzado medio mundo para quedarse ahora sumido en la tristeza.
No había cortejado a la dama más incorregible de Inglaterra para asumir ahora la derrota.
No había experimentado la mayor de las felicidades para sentir cómo el destino se la arrebataba.
No. Puede que fuera arrogancia, valentía o una mezcla de ambas, pero él amaba profundamente a Isabella Cavendish y aunque tuviera que arrodillarse, quemarse las manos o regresar a nado a Bahamas, se disculparía con ella.
Estaba seguro de que la dama también le amaba y estaba a dispuesto a todo para obtener su perdón.
Sin poder reprimirlo, James montó a su caballo y presto abandonó la propiedad sin nada más que lo puesto.
Cabalgó durante un rato hasta que las lindes de las propiedades del conde se presentaron ante él.
Reconoció algunos lugares donde había cazado con el conde, incluso escondites donde había besado y amado a Bella en secreto.
Esos recuerdos le animaron a seguir adelante hasta que una majestuosa casa apareció.
Bella estaba en el jardín con las riendas de Estrella en sus manos cuando James apareció frente a ella.
Ella lo vio desmontar a su caballo y el aspecto del caballero le pareció lo más lamentable del mundo.
Despeinado, con la camisa mal abrochada, un nulo afeitado y unos ojos que parecían no haber encontrado descanso en días.
Sintió una punzada en el corazón, pero trató de mantenerse firme.
―Señorita Cavendish.
Ella esperó. Trató de serenarse y mantenerse fría.
―Gobernador.
Había frialdad en el tono en que pronunció esa palabra. Su rango, que hasta ahora había sido utilizado para generar fricción y alterarlo, le pareció distante y triste.
―Se que es probable que no quieras escucharlo, que consideres que muchas cosas se han dicho, pero, si me lo permites, todavía hay algo que debo decir.
―Antes me gustaría preguntarte algo, James ―dijo ella con seguridad interrumpiendo al caballero. Él, por su parte, había sumado una mínima esperanza en su corazón al ver que ella volvía a tratarle con familiaridad después de su comentario.
―Por supuesto, lo que sea.
―¿Por qué?
Una simple pregunta. James tenía la respuesta, siempre la había tenido. Esperaba que fuera suficiente para ella pues se había prometido que, desde ese mismo instante, jamás volvería a pronunciar una mentira o pensar en ella. Las palabras no dichas pueden hacer tanto daño como las pronunciadas.
―Porque quería tener una oportunidad contigo, Isabella.
Porque si me presentaba ante ti diciéndote que había pedido tu mano en matrimonio me rechazarías como a los anteriores caballeros y más, teniendo en cuenta nuestro primer encuentro.
No quería que te casaras conmigo porque fuera la última opción o porque tu padre no estuviera dispuesto a aceptar una nueva negativa.
Quería que, si algún día me elegías, lo hicieras porque me querías a mí.
No al gobernador, ni al hombre que tu padre había aceptado. A mí.
―James…
―Precisamente porque valoro tu libertad y tu capacidad como mujer dejé que fueras tú la que llevase las riendas.
Y para asegurarme de que fuera elección tuya terminé ocultándote algo que tenías derecho a conocer.
No aprecié en ese momento el amargo aroma que ahora estamos experimentando. Te pido disculpas de todo corazón.
Bella le observó anonadada. No le interrumpió.
―Necesitaba conocerte, Isabella. No puedes hacerte una idea de lo significativo que fue nuestro primer encuentro en el puerto.
Jamás había conocido a una mujer como tú y aunque Dios me entregara cien vidas, jamás volveré a hacerlo.
Quería provocarte, conocerte, conseguir que mi compañía te resultara interesante y deseable.
Solo imaginaba un futuro contigo. Y ahora sé que viviré el resto de mi vida castigándome por esa decisión y añorando el futuro que perdí a tu lado.
La joven tenía el corazón compungido. James estaba casi a sus pies, suplicante, con el corazón en la mano, dejando salir toda la verdad que había permanecido oculta entre ellos.
Y por primera vez sintió que ellos tenían razón: si él hubiera acudido directamente a ella, después de los prejuicios tan tajantes que tenía sobre él, el caballero se hubiera convertido en otra anécdota en su lista de rechazos.
―Heather me contó que llevabas tiempo intentando que padre terminara con todo.
―Sí, desde luego. En dos ocasiones acudí a tu casa para hablar con tu padre.
Quería pedirle que reveláramos la verdad pues no podía seguir mintiéndote.
Me di cuenta de que tus sentimientos comenzaban a cambiar y no quería seguir adelante sin compartir contigo todo.
Mi relación con tu padre siempre fue agradable y cálida pues me había aceptado como yerno, sin embargo, estas conversaciones fueron bastante más tensas de lo esperado.
Bella lo recordó de golpe. Esos instantes en que ambos salían del despacho del conde enfadados u ofuscados. Cómo cambiaban rápidamente el semblante. ¿Acaso era verdad?
―Esto es todo cuanto necesitaba saber ―declaró ella bajando la mirada ―. Creo que entre Heather y tú me habéis ofrecido las suficientes explicaciones y disculpas como para una vida.
―Todas las que sean necesarias, Isabella.
―He tenido tiempo para reflexionar sobre mis propios sentimientos, James.
Todos teníais razón al admitir que, al inicio, no habría aceptado tu propuesta de matrimonio.
Discutíamos a todas horas, me resultabas aborrecible y odioso.
Pero había una verdad que descubrí tarde, cuando mis sentimientos ya habían florecido, y a la que tuve que enfrentarme más allá de tratar de escudriñar mis propios afectos por ti.
―¿Cuál?