La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Epílogo
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Epílogo

Cuatro años y quince días es lo que tardó el barco de Violet y el capitán Williams en llegar a tierra firme tras su marcha del puerto para emprender la aventura de sus vidas.

Tiempo más que suficiente para que las ganas de ese reencuentro familiar fueran deseadas por todos y cada uno de los miembros pues, si todo salía bien, esas navidades frías, la familia del conde de Cavendish se reuniría para pasar la Nochebuena.

Sin duda alguna, el conde estaba pletórico, aunque también asfixiado por la llegada de todas sus hijas, yernos y nietas a la residencia familiar.

Desde el enlace de su hija menor con el antiguo gobernador y ahora conde en funciones, la casa se había quedado en silencio.

Sin embargo, las numerosas visitas de Bella, James y sus dos hijas, llenaban de ruido y alegría la casa.

Al igual que su madre, el conde había encontrado en la identidad de sus dos nietas menores el reflejo de su madre.

Y aunque nunca se lo había confesado a nadie, se alegró de que la rebeldía y osadía de su madre pudiera sacar ahora de quicio, en la piel de otras niñas, a otra persona.

Algo le decía que su yerno encontraba irresistibles dichas cualidades.

Se habían instalado en la propiedad de James y ambos se aseguraban de que su padre acudiera a cenar una vez por semana y ellos, le visitaban con más frecuencia todavía.

El antiguo gobernador siempre le confesó que tener una gran familia era su sueño y el conde de Cavendish se alegraba de que le dejaran formar parte de esa realidad familiar.

Se alegró de haber mantenido una intensa pero esclarecedora conversación con su hija varios años atrás.

Después de ver cómo su corazón se partía tras su separación con el gobernador, el conde tomó conciencia y pidió disculpas a su hija.

Ella, que había comprendido que no había maldad en sus intenciones sino el firme deseo de encontrarle un compañero digno de su fuerza y temperamento, le perdonó.

En el fondo, el conde advirtió que su osada hija no era tan caprichosa o voluble como había esperado, sino que descubrió a una joven con fuertes convicciones, determinación y una capacidad de amar y perdonar muy grandes.

No se sentía merecedor de su perdón sin embargo recibirlo fue el mayor regalo de todos.

Por supuesto, Charlotte y el marqués, fueron los segundos en llegar junto con sus dos hijas y su hijo, el futuro heredero que apenas tenía unos meses de vida.

Charlotte, que se había vuelto todavía más sensata si eso pudiera ser posible, abrazó a su padre con cariño y le recordó que no podía olvidar sus paseos matutinos, aunque el tiempo estuviera en contra pues así lo había prescrito el médico de la familia que era compartido por ambas casas.

El conde le reiteró que siempre obedecía las órdenes del practicante, pero todos los presentes eran conocedores de la verdad: un día hacía caso y tres no.

Todos pensaron que la inocencia nunca le abandonaría.

Heather y Alfred, por otro lado, habían traído cestas de comida y fruta para todos, aunque sus dos hijas se habían encargado de mezclar unas cosas con las otras para el desagrado de la cocinera y el ama de llaves del conde de Cavendish.

Heather siempre pensaba en los demás y su capacidad para amar y conciliar a todos eran inconmensurable.

Su padre pensó que no había hija más encantadora que ella.

Susan, Benjamin y sus dos hijas eran fuerzas de la naturaleza que arrasaban todo a su paso.

Lo había sido su hija al nacer, al crecer y ahora, sus hijas, también traerían esa misma energía a la casa pues, por mucho que tratara de exigirles que se estuvieran quietas en la silla había algo de picardía en ellas que le resultaba conocido.

Pero fueron Violet y el capitán los que llenaron de historias imposibles la cena de navidad despertando el interés de todos los presentes.

Ella les explicó a sus hermanas como casi organizó un motín ante su esposo por una nimiedad y él les dejó claro que, en más de una ocasión, la tripulación pensó en tirarse por la borda ante su temperamento.

Sin embargo, la tensión era su fórmula ante la felicidad y el conde se alegró de ver a su hija convertida en una excelente navegante.

Una mujer indomable en medio del océano.

Todas esas conversaciones, recuerdos y risas llenaron la sala de una solitaria casa regentada por un conde que pudo ver cumplidos los deseos de su esposa difunta.

Cinco hijas. Cinco maridos dignos de caminar a su lado y más nietos de los que había imaginado abrazar jamás.

Y en ese instante, el conde se sintió dichoso pues por fin sus hijas habían comprendido la esencia de la vida: amar y ser amado.

De construir una familia capaz de crecer y aunque los caminos les distancien y la vida les ponga retos, el amor que tienen jamás se divide, al contrario, crece.

Y justo esa noche, admirando a sus enamoradas hija supo que su misión en la vida estaba cumplida.