La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Aquellas palabras borraron la sonrisa de Isabella. No sabía por qué, pero, en ese instante, supo que no debería estar escuchando.

―Johnson…

―Antes de que nuestro compromiso sea anunciado debemos decírselo.

―Isabella aceptó casarse con usted. El problema está resuelto y eso es lo importante. Las circunstancias no han cambiado.

―Han cambiado para mí, conde. Isabella confía en mí.

―Y seguirá haciéndolo.

―Anoche aceptó mi propuesta sin embargo no estoy dispuesto a comenzar nuestro matrimonio sin que ella conozca toda la verdad.

El corazón de Bella latía acelerado. Demasiado. El aire comenzó a faltarle.

La verdad.

Dos palabras.

―Este tema había quedado cerrado, gobernador ―replicó el conde con dureza.

―Lo acepté porque consideré que sería algo temporal. Que bastaría con que ella comenzara a contemplar el matrimonio como una posibilidad real y que después, tendríamos la oportunidad de explicárselo.

―Y funcionó, gobernador. A las mil maravillas.

―No diga eso, por favor.

Sintió dolor. Una punzada. Grande. Confusión.

―Es la verdad. Isabella se negó durante años a aceptar propuestas de matrimonio y habría continuado haciéndolo. Necesitaba creer que…

Bella se apoyó en la pared totalmente desorientada. No daba crédito a las palabras entre su padre y James. Trató de excusarlos. Pensó que estaba soñando. Que era su mente tratando de destruir sus ilusiones. Que sus inseguridades estaban aflorando. Pero no, no lo eran.

―No puedo continuar con esto, milord.

―No dramatice, gobernador. Las cosas han resultado mucho mejor de lo que esperábamos.

Bella no pudo seguir escuchando. Apenas podía pensar con claridad porque su corazón se había partido en mil pedazos y no sabía cómo podía seguir latiendo.

Pensó en abrir aquella maldita puerta, en enfrentarles y escuchar de sus labios esa verdad que le habían ocultado, pero no pudo.

No podía. No podía verlos ni enfrentarles. Dolía. Mucho.

Dio varios pasos atrás con la mano en el lugar donde antes tenía un corazón palpitante y salió al exterior.

Necesitaba correr. Huir. Gritar. Llorar.

Necesitaba, por todos los medios, no haber escuchado eso.

Regresar a esa mañana en la que se había levantado pletórica por tener un pretendiente enamorado y a recordar la explosión de emoción que sentía.

Sus pasos le llevaron acelerada hasta las caballerizas donde no esperó a que el mozo ensillara a Estrella.

Abrió la puerta de su recinto, la sacó fuera, la montó y le azuzó con fuerza para perderse por el campo.

Y así lo hizo. Isabella cabalgó sin destino, sin rumbo, sin deseo, sin sentir, sin pensar.

No quería llegar a ningún sitio. No deseaba estar en ningún lugar.

Solo quería dejar de sentir. De notar que algo se había roto irremediablemente.

Que su corazón, el que creía que amaba incondicionalmente, se había marchitado hasta dejar de ser el mismo.

Llegó hasta las lindes de la propiedad de su padre y, por un instante, sintió que todo le resultaba indiferente y al mismo tiempo, que todo parecía doler demasiado.

Ningún pensamiento era coherente hasta que, apareció ante ella un claro.

Un claro lleno de lavanda. Un claro que parecía destinado a acogerla.

Se acercó con rapidez y desmontó a Estrella. Caminó unos pasos y se dejó caer.

Lloró, lloró con amargura. Lloró hasta que apenas le quedaron fuerzas y cuando sus ojos ya no podían retener más dolor, comenzó a ver las cosas con claridad y a sacar conclusiones.

Las propuestas de matrimonio rechazadas, la reputación en duda, la situación económica en crisis, las visitas constantes del gobernador, la agradable relación que el conde parecía tener con James, la falta de insistencia de su padre de que aprobara a otros candidatos desde el momento en que él llegó, la facilidad con la que aceptó que un hombre le hubiera regalado un caballo, las veces en que su padre les había dejado a solas para que se conocieran…

Todos los ingredientes de una pócima perfectamente diseñada para confundirla, encandilarla y enamorarla con el fin de aceptar un matrimonio, dejar de ser un estorbo familiar y recuperar la bonanza en las arcas.

Por supuesto, un matrimonio con un gobernador y conde era más jugoso que con un conde normal y, al mismo tiempo, las obligaciones de él la llevarían lejos. Ya no sería un problema.

Pero más allá de eso. Habían jugado con ella, le habían mentido.

Todo había sido ideado por ellos. Se sentía horrible.

Una idiota que no había sido capaz de reconocer la verdad.

No había conocido a James por casualidad para después enamorarse él.

Su padre y él lo había orquestado todo para que terminara eligiéndolo.

Y en ese momento, se sintió todavía más hundida pues no había sido su corazón quien le había escogido, sino que ellos lo habían hecho por ella.

Sin que Bella se diera cuenta las horas pasaron en ese funesto día pero ella permanecía sentada entre el particular aroma de la lavanda pensando.

Tratando de pensar cómo podría seguir viviendo si su corazón ya no estaba.

Si su propio corazón era una mentira que habían decidido pisotear.

Obligándose a dejar de sentir hasta que escuchó un caballo relinchar.

―Isabella, por Dios, ¿dónde has estado? ¿por qué no avisaste a alguien de que te marchabas? Hemos estado todo el día buscándote ― preguntó James nervioso mientras desmontaba del caballo.

Bella alzó la mirada y todo cambió. Más allá de que la noche había atrapado al día y de que el viento ahora se mecía con más fuerza, lo que rompió el encuentro fueron los ojos de Bella. Su mirada. Rota. Sus ojos. Secos.

James lo apreció. Algo había ocurrido. Él trató de acercarse y tomar sus brazos sin embargo ella le rehuyó. Dio varios pasos atrás. Él se volvió a acercar. Ella le rechazó. Algo grave estaba ocurriendo y él no sabía que era.

―¿Desde cuándo?

James permaneció quieto y como si un ángel revelara en él la verdad, lo comprendió. Él había sido. Ellos, el conde y él.

―Isabella, yo… ―comenzó a disculparse siendo testigo de la ruptura tan profunda que existía entre ellos.

―Necesito saber cuánto tiempo llevo haciendo el ridículo. Cuánto tiempo hace que mi padre y tú jugáis conmigo.

―Nunca hemos jugado contigo, Bella.

―¡No quiero más mentiras, James! ―gritó ella llena de rabia, pero sin que las lágrimas acudieran a ella. Ya no le quedaban. No había más―. Quiero la verdad.

James no podía soportarlo. El temido día había llegado de la peor manera posible. A él le hubiera gustado contarle con tranquilidad toda la cadena de acontecimientos que le llevaron hasta ese momento, pero ella se había enterado antes. Así que comenzó a revelarle todo aquello que había guardado.

―Fue hace un año.

―¿Cómo?

―Hace un año conocí a una dama malhumorada, vanidosa y arrogante que me respondió con seguridad en un puerto mientras contemplaba cómo su hermana se marchaba con su nuevo esposo.

En ese instante, quedé prendado de ella.

Durante meses, lo único en cuanto pude pensar fue en ella.

Así que cuando se presentó la oportunidad, tomé un barco y me presenté en Inglaterra.

Ella no quería interrumpir sin embargo no quería mostrar que sus palabras le estaban sorprendiendo. Sabía lo encantador que podía resultar y quería mantenerse firme.

―Lo primero que hice, mucho antes de tomar posesión de mi casa, fue acercarme a ver a su padre y en ese momento le pedí su mano.

―No lo comprendo, ¿cuándo? ―preguntó ella negando con la cabeza incapaz de comprender la cronología.

―Al inicio de la temporada social, mucho antes de que usted y yo nos reencontráramos, solicité formalmente a su padre poder cortejarla. Él me habló de sus reticencias ante el matrimonio, de su reacción ante las propuestas y de su comportamiento rebelde.

―No puedo creerlo…

―Su padre y yo llegamos a un acuerdo. Él me permitiría cortejarla en público, pero guardando las distancias para que nadie lo supiera hasta que usted estuviera lista.

―¿Lista?

James sostuvo su mirada. No había forma de suavizar la verdad y por primera vez en su vida, le costó encontrar las palabras para expresarse pues sabía, con total seguridad, que ella le odiaría y que el daño ya estaba hecho.

―No quería que te casaras conmigo por obligación o porque el conde no estuviera dispuesto a aceptar otra negativa. Necesitaba que me amases a mí, como hombre.

―Por eso me mentisteis ―afirmó ella dejando caer sus hombros.

―Sí ―respondió él con vergüenza. Ella dio un paso atrás mientras en su mente terminaban de encajar las últimas piezas ―.

Pero no quiero que pienses, ni por un instante, que nada de lo que vivimos fue fingido.

Al contrario, jamás he vivido algo con más seguridad que los sentimientos que comencé a sentir por ti hace más de un año y que se han reforzado en las últimas semanas.

Bella cerró los ojos un instante. Le creía y eso solo hacía que todo fuera más doloroso.

―¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Tras el matrimonio?

―No, esta misma mañana ―respondió el rápido y sin vacilar― Vine a hablar con tu padre para comunicarle que me habías aceptado y que deseaba revelarte la verdad. Entiendo que estés furiosa conmigo sin embargo…

―No me habéis dejado elegir.

James calló.

―Desde el principio todo estuvo diseñado para embaucarme. Yo creía que lo había elegido.

―Me elegiste. Anoche y los días anteriores, me elegiste.

―Sí, te elegí, James. Pero, ahora, no sé qué parte de todo esto habría ocurrido de la misma manera si hubiera conocido la verdad desde el principio.

―¿Qué quieres decir?

Bella apartó la mirada. No podía ver reflejada la súplica en sus ojos. Quería abandonar el calor que su cercanía le provocaba. La confusión que se había generado en su mente. El cruce de emociones tan intensas.

― Que necesito tiempo para pensar.