La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

Con el vestido todavía subido, su cuerpo ardiendo por la pasión, con los labios palpitantes, la respiración entrecortada y el pelo, seguramente desajustado, Isabella recibió su novena petición de matrimonio bajo el cobijo de unos setos.

Se quedó paralizada. No sabía si era la sorpresa, el mensaje o lo que verdaderamente encerraba esa propuesta. Fuera lo que fuese, James Johnson estaba esperando una respuesta.

Por mucho que tratara de sorprenderse, Bella había obtenido su más ansiada propuesta de matrimonio.

Por un instante, esas dudas que había sentido por culpa de las señoras malhabladas de la comunidad se disiparon.

James Johnson, el gobernador, la había elegido a ella.

Había oído hablar de hombres que habían robado la virtud de una mujer para después desaparecer como la niebla en la despedida del otoño.

De hombres que llegaban a un puerto, seducían a las jóvenes y se marchaban con la primera marea de la mañana.

Pero James no era ese tipo de caballeros.

Él era un hombre de fuertes convicciones y talentos, responsable, honorable y con sentimientos claros. Unos sentimientos que estaban enfocados en ella y Bella lo sabía. Así que le miró con ternura de quien sabe que está a punto de decir las palabras más deseadas para una dama y respondió.

―Por supuesto, James.

―Dios, pensaba que me dirías que no ―respondió aliviado mientras le daba varios besos llenos de felicidad ―. Ha sido apenas un instante, pero lo has convertido en un suplicio.

―¡Qué sería de mi reputación si me hubiera deshecho en tus brazos al recibir esta propuesta!

―No habrías sido mi Isabella, eso desde luego.

Y justo después, se besaron.

Dejaron que los minutos pasaran entre ternura, caricias, promesas y anhelos apenas conscientes de que, en el interior, todo seguía su curso y de que la gente parecía más entretenida con otros temas como para darse cuenta de que el gobernador y la señorita Cavendish se encontraban en un momento íntimo en el jardín.

Sin embargo, apreciaron la ausencia de uno.

Y la ausencia del otro. Pero no lo relacionaron.

Pero por mucho que desearan alargar ese momento, ambos sabían que lo correcto era regresar al interior y que ya habría tiempo para que sus sentimientos explotasen de aquella forma.

Ella entró primero caminando apresurada por los pasillos hasta que encontró a un grupo de damas. Ellas, sorprendidas de encontrarla al final del pasillo le preguntaron y ella se excusó, con mucha naturalidad, diciendo que había tenido una urgencia propia de mujeres.

Unos minutos después, un pletórico James Johnson hizo su entrada.

Se dirigió directamente a la sala para conversar de nuevo con los caballeros, pero, contrario a la profesionalidad que siempre destilaba como gobernador, apenas pudo prestar atención a nada pues su mente solo regresaba, una y otra vez, a la respuesta de Isabella.

Había aceptado ser su esposa y no podía estar más feliz y, al mismo tiempo, asustado por ello.

Era todo cuanto había deseado, pero, al mismo tiempo, algo que había retenido proponer durante semanas por mucho que su corazón se lo pidiera.

Estaba seguro de que amaba de manera incondicional y sin reservas a esa mujer que tan loco lo volvía sin embargo sabía que esa propuesta podría destruir su relación.

Así que, en lugar de disfrutar de una feliz velada como futuro hombre casado sintió el peso de una soga en su cuello y la intuición de que el amor podría no estar reservado para él.

Si alguien le hubiera dicho a Isabella Cavendish que la propuesta de matrimonio definitiva llegaría en una velada en la residencia de Lady Ambroise no habría dado crédito.

Pero así ocurrió. James le había pedido matrimonio y si todo seguía su cauce, sería una mujer casada antes de navidad.

No habían puesto fecha ni hablado de detalles mas dada la intimidad compartida en los últimos meses y ante la perspectiva de poder estar embarazada necesitaban apresurar las cosas.

Dado su rango de conde y gobernador no sería complicado conseguir un permiso especial para celebrar el enlace.

¿Cuánto antes? Isabella saltó emocionada en la cama pues jamás se había imaginado como una mujer casada.

Por supuesto que quería casarse, eso era el sueño de cualquier dama, sin embargo, no esperaba hacerlo con un hombre que desde el principio le había parecido odioso, pretencioso y un bravucón.

Sin embargo, habían sido sus encuentros inesperados, sus tensas conversaciones, sus provocaciones constantes, sus detalles genuinos y su forma de mirarla lo que le habían desarmado.

Ella nunca había experimentado tal intensidad de emociones en su vida y como una principiante, se sentía extasiada por todas ellas.

Durante muchos años creyó tener claras las virtudes o capacidades de su futuro marido.

Más allá del título, fortuna o propiedades que debía ser algo inherente al matrimonio al ser hija de un conde, ella buscaba mucho más.

Quería un hombre que la retara y que le permitiera ser ella.

Y James Johnson, al contrario que otros hombres que le habían propuesto matrimonio o que incluso, había conocido, no habían censurado su comportamiento osado ni su rebeldía.

No le había tildado de caprichosa, de arrogante o de infantil.

Al contrario, le habían valorado como mujer, le habían apoyado como persona y le había amado como un caballero.

¿Acaso era merecedora de tal fortuna? Esperaba que sí.

Esperaba que Dios tuviera aguardado para ellos un final tan feliz y dichoso como el que ella imaginaba en sueños desde hacía semanas.

Nunca se había imaginado enamorada de un gobernador que le había sacado de quicio desde su primer encuentro, pero después, con la cabeza apoyada en la almohada pensó que no había nada más excitante que eso.

Y en medio de aquella vorágine de emociones algo saltó a la mente de Bella: James pronto debía partir a Bahamas.

Ese era el pensamiento que había tratado de acallar en los últimos días pues la sola idea de verle marchar le parecía insoportable.

Pero allí, mismo, en la soledad de su dormitorio, se sorprendió reconociendo que no tendría que verle partir porque ella estaba dispuesta a marchar con él.

Era cierto que era una joven apegada de su familia y de su hogar sin embargo había encontrado en James un hombre que la respetaba, la amaba y que quería construir una vida con ella.

Y ella estaba dispuesta a dejar todo por él.

Pero por mucho que Isabella tratara de conciliar el sueño aquella noche todos y cada uno de sus pensamientos estaban centrados en los numerosos bailes que habían compartido, en sus besos y caricias y en la destacable y excitante propuesta de matrimonio que cambiaría su vida para siempre.

Como era de esperar, Bella se levantó muy tarde a la mañana siguiente.

A pesar de no haber dormido prácticamente nada, se encontraba rebosante de energía y vitalidad.

Su corazón estaba pletórico y solo deseaba que llegase el momento de la visita de James para poder hablar con su padre.

Era evidente que la propuesta había llegado tras su particular conversación durante el baile y tras su fogoso encuentro en el jardín, por lo tanto, esperaba una carta de James solicitando formalmente hablar con el conde.

Ella se arregló y se recogió el pelo sin ayuda y bajó acelerada hacia el piso interior. En el comedor, la doncella había dejado un plato con pastas porque sospechaba que la joven se levantaría tarde después de una velada fuera de casa y ella se sentó para desayunar.

Era tarde así que estaba segura que su padre se encontraría en la propiedad resolviendo algún problema con el administrador, en casa de algún otro caballero resolviendo temas de negocios o cazando en la propiedad.

No le importó, ella sabía que, llegado el momento, Dios pondría a todos en su lugar para que el anuncio de su matrimonio llegara a las personas interesadas.

Apenas pudo probar bocado. Tenía demasiada energía y el estómago en un puño de los nervios así que se levantó y se dispuso a salir a cabalgar para liberar la ansiedad cuando escuchó una voz conocida al final del pasillo.

Era James.

Se detuvo emocionada. Su voz provenía del despacho de su padre.

Pensó que no era apropiado escuchar conversaciones ajenas, pero, en este caso, esa le implicaba a ella y se sintió el en humilde derecho de hacerlo así que se colocó junto a la puerta.

La sorpresa por la visita de James dio paso a unos nervios desmedidos.

Había llegado sin avisarla para hablar con su padre de la propuesta.

Estaba muy inquieta. Naturalmente que había venido, se dijo a sí misma.

―Debo reconocer que no esperaba verlo tan pronto, gobernador ―dijo el conde con tono de sorpresa.

―Un tema de extraordinaria urgencia me trae aquí, conde.

―¿Debo felicitarlo entonces, gobernador? ¿por fin se lo ha propuesto?

―Preferiría que felicitara a su hija ―dijo James.

¿Su padre ya sabía acerca de la propuesta de James?

―Lo haré, desde luego, gobernador. Pero antes tendré que fingir una sorpresa que, dadas las circunstancias, no estoy seguro de representar a la perfección.

¿Dadas las circunstancias?

Bella no le dio importancia. Era evidente que las atenciones hacia ella por parte del gobernador o las visitas constantes no habían pasado inadvertidas para su padre y los numerosos bailes que ambos compartieron anoche solo clausuraban una esperada noticia.

Su padre era diestro en los negocios y tales evidencias serían claras para él.

―Precisamente de eso quería hablar con usted antes de que Isabella sepa que he venido.

―¿Ha cambiado de opinión? ―se apresuró a preguntar el padre de Isabella.

―No respecto al matrimonio, conde.

La respuesta fue tan rotunda e inmediata que Bella sintió orgullo y felicidad.

―Entonces no comprendo cuál es el problema, caballero.

―Tenemos que decírselo.