Capítulo 16 #2
Allí Bella buscó a sus hermanas con la mirada.
Heather no se encontraba y su hermana Susan se había excusado ante todos por su ausencia debido a unas repentinas fiebres.
Bella sabía que realmente su hermana no estaba enferma, sino que no deseaba sonreír complacida ante el egocentrismo de la señorita Whitmore, la hija menor del matrimonio, con quien nunca había tenido buena relación.
No obstante, Charlotte sí que se encontraba allí junto al marqués.
―Espero que pueda reservarme el primer baile.
―Por supuesto, gobernador.
Dijeron ambos con gran formalidad ante la inconveniente presencia de un conde que parecía observar receloso a las dos personas que tenía al lado. En realidad, Bella quería decirle que sus bailes serían todos y cada día para él.
Ambos sonrieron felices pues solo sus miradas brillantes eran capaces de traducir lo que sus palabras eran incapaces de desvelar por cortesía.
Era evidente que su entrada, sumada a la aprobación del conde de esa relación y a la complicidad de sus miradas ofrecía material interesante a las damas para conversar durante toda la velada.
Después de lo vivido en los últimos días, Bella se obligó a ignorar cada comentario para centrarse en lo único que importaba: vivir y disfruta con James.
―Parece que has logrado capturar todas las miradas esta noche, Isabella. Casi me siento celoso.
―No digas tonterías.
Se dirigieron hacia una zona donde había bebidas.
El gobernador le ofreció una y ella sintió una descarga a través de los guantes al tomar la copa.
Se colocaron lo suficientemente alejados como para hablar con franqueza, pero lo justamente integrados como para no llamar la atención.
Una habilidad para ubicarse que las damas debían comprender.
―Todos te miran porque eres la mujer más hermosa de la sala. El hijo del señor Ambroise se ha intentado acercar para solicitar un baile, pero creo que mi compañía le ha disuadido.
Ambos miraron al frente donde el caballero parecía afligido mirando a Isabella. Él le saludó con la mirada y luego la retiró avergonzado.
―No sabía que la crueldad pudiera estar dentro de tu repertorio, gobernador ―criticó ella con severidad e ingenio.
Deseaba golpear su pecho para reprocharle sus palabras viles hacia el pobre pretendiente, pero determinó que era una acción hipócrita por su parte pues ella también había sido cruel al rechazar su última propuesta matrimonial con apenas dos palabras.
James sabía que ella utilizaba su título para provocarlo. Y a él no le importaba, al contrario, le excitaba.
―No es crueldad, al contrario, es posible que sienta lástima por su intento. Sus pasos de la última vez no fueron muy habilidosos.
―Estaba en lo cierto después de todo.
―¿A qué te refieres?
―A que me viste bailar con él hace algunas semanas.
―Jamás me he sentido tan enfadado en mi vida, Isabella.
Al gobernador le costaba contenerse. Aquella joven, tan hermosa como ninguna, parecía dispuesta a recriminarle, provocarle y enojarle con su sola mirada.
―Entonces, corrijamos ese desliz por mi parte con un baile.
―Me parece una sabia elección.
La joven pareja se acercó hasta el centro de la sala robando varias miradas que parecían fingir atención a sus conversaciones.
Las damas y sus madres, los caballeros e incluso, miembros del servicio se percataron de la hermosa pareja que parecían hacer el gobernador y la señorita Cavendish.
Los rumores sobre Emerald parecieron dispersarse.
Sin embargo, esas mismas miradas curiosas fueron las que iniciaron un murmullo que sostuvo un tono por debajo de la interpretación de los músicos.
Los dos se saludaron con cortesía y cuando las primeras notas resonaron en la sala, ellos comenzaron su baile.
―Mi padre parece especialmente satisfecho esta noche.
James giró el rostro rápidamente para buscar al conde en la sala quien conversaba de manera animada con varios caballeros. Era cierto que el humor del conde había mejorado desde hacía dos meses y eso, mejoraba la convivencia en casa.
―El conde es un hombre muy sosegado y apacible. Creo que mi compañía le complace. Aunque también es un hombre con determinación y carácter. Un hombre con fuertes convicciones.
A Isabella le pareció curiosa la elección de palabras que había empleado su amado para describir a su padre pues nunca, hasta el momento, el conde había demostrado carácter delante del gobernador.
―Precisamente es ese detalle lo que comienza a inquietarme. Durante años ha invertido una extraordinaria cantidad de esfuerzos para encontrar un hombre con el que pudiera casarme y, de pronto, parece más interesado en cazar pichones.
James alzó la ceja y rio.
―Quizá haya comprendido que el problema no fue encontrar candidatos aptos para casarse contigo.
―Desde luego. No negaré que varios hombres han estado dispuestos a desposarse conmigo.
―Ocho, si mi memoria no me falla.
―Ocho que mi padre consideró más que adecuados para la figura de esposo, pero debo decir que yo no compartí su entusiasmo.
―Eso quedó bastante claro.
Ambos dejaron que la música les meciera y facilitara sus movimientos por la sala tratando de ocultar que sus manos deseaban tocarse, que sus cuerpos necesitaban se deseaban y que sus miradas anhelaban reencontrarse.
Aquella intensidad, solo conocida por la pareja, estaba provocando dos cosas demasiado peligrosas.
Por un lado, que la temperatura de sus cuerpos y que el deseo contenido aumentara por segundos.
Y segundo, parecían adentrarse en un tema de conversación que, hasta el momento, se había evitado.