La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 16
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Capítulo 16

Durante los dos días siguientes, Bella Cavendish, apenas abandonó su habitación.

Las dudas continuaban presentes y entretejiéndose las unas con las otras generando escenarios que no parecían prometedores para su felicidad.

Pero después de mucho pensar y de tratar de encontrar sentido a todos sus pensamientos por fin puso sobre la mesa sus conclusiones.

En primer lugar, se sentía avergonzada por la poca atención que había prestado a sus institutrices, a su propia madre y a sus hermanas para convertirse en una dama de provecho.

En segundo lugar, se sentía triste por no disponer de cualidades válidas para una futura gobernadora.

En tercer lugar, sentía celos de las inexistentes atenciones de James a Emerald y de la alta opinión que todas tenían de ella.

En cuarto lugar, había descubierto que detrás de esa fuerza e independencia que trataba de demostrar a todos existía una Bella insegura y con el corazón blando.

Y por último y la más determinante de todas: que había descargado en James una culpa que no le correspondía.

Él no había estado presente en la conversación con las señoras y no había dado esperanzas públicas a la joven Emerald de un posible matrimonio.

Él no había conversado ni bailado con ninguna dama salvo con ella en toda la temporada a excepción de su conversación con Emerald que ya fue comentada entre ambos.

Él había le había confesado su amor a ella entregándole el cariño de su intimidad más absoluta y había estado atento a sus situaciones familiares más que a cualquier otra cosa.

Le había regalado a Estrella desprendiéndose de una yegua de incalculable valor.

Entonces ¿por qué había descargado su frustración con él? No era justo.

Debía disculparse con él. Disipar cualquier malentendido o situación que su comportamiento arisco del otro día pudiera haber causado. Necesitaba distancia para poner en orden sus emociones y, logrado su objetivo, esperaba que no fuera demasiado tarde.

Necesitaba verlo.

El destino obró su golpe de efecto al cabo de unas horas pues el gobernador llegó a caballo a media tarde para cazar con el conde y su cuñado.

Isabella encontró la oportunidad absolutamente conveniente así que esperó en el pasillo a que ambos regresaran, pero los miembros del servicio la observaban así que comenzó a fingir que admiraba los mismos cuadros una y otra vez.

Salió al exterior tan pronto como divisó que el conde y el gobernador se acercaban a pie acompañados por varios lacayos y sus presas. Ellos parecían conversar de forma animada lo que apaciguó de alguna manera los nervios de Bella.

―Isabella, querida. Me alegra verte de nuevo. El gobernador y yo hemos compartido una fructífera y estimulante tarde de caza. ¿Sabes que el gobernador es un diestro cazador?

―No lo sabía ―respondió ella mirando con timidez al hombre que tenía enfrente. Parecía tan fuerte y varonil que quedó intimidada. En ese momento se sintió pequeña. Una ridícula niña incapaz de afrontar que había faltado el respeto y debía disculparse.

―Pues posee una habilidad innata. Me avergüenza decir que he perdido mi don. La edad afecta a mi vista, sin duda.

―No diga eso, padre. Usted todavía es muy joven. Seguro que ha dejado ganar al gobernador para que regrese otro día a hacerle compañía. Es una treta muy común en usted.

―¡Bobadas! El señor Johnson ha ganado limpiamente. Ahora si me disculpáis, debo hablar con la cocinera para que prepare esos pichones para la cena. Están deliciosos.

Y sin dar más importancia a la escena, el conde hizo un gesto a sus ayudantes para que le acompañasen y dejó a solas a la pareja. Ambos estaban nerviosos. Era más que evidente, pero ella había esperado esa oportunidad y no estaba dispuesta a perderla.

―Gracias por acompañar a mi padre ―comenzó a decir dejando el silencio relegado al olvido. Decidió que ya había tenido suficiente durante los últimos días y que ahora era el momento de demostrar su valentía.

―No hay que darlas, Isab… señorita Cavendish.

La confusión con su nombre le hirió. Era evidente que él se sentía confuso con el estado actual de su relación.

Le había dolido que ella no confiara en él lo suficiente como para confiarle sus sentimientos, pero tampoco podía culparla por querer mantener su privacidad.

Ser humano era vivir con constantes contradicciones y James Johnson estaba experimentando todas las posibles desde que la joven dama se cruzó en su camino un año atrás.

No quería presionarla, pero le inquietaba mucho la situación.

―Espero que hayas disfrutado con mi padre ―Bella necesitaba demostrarle su cariño y pedirle perdón. Dio un paso al frente mientras decía, con cercanía y calidez, sus palabras.

―Sí, aunque me alegro más de verte a ti ―añadió con rapidez llamando la atención de la joven y atrapando de nuevo su mirada con la suya―. No estaba seguro de que tuviera ocasión de hacerlo antes de marcharme.

Ella le hizo un gesto para que regresaran juntos a la casa y aunque apenas unos metros les separaban de ella pareció el camino más largo de su vida.

―En realidad, yo estaba esperando que terminaras de cazar con mi padre.

James se sorprendió.

―Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento del otro día ―confesó Bella con vacilación ―. No me siento orgullosa cómo te hablé. Fui ruda y maleducada. Estaba molesta y no fui justa con mi tono. Siento profundamente si te herí.

James estaba inquieto por la confianza en el trato de Isabella. Era cierto que su intimidad en el lecho había permitido esa cercanía y lo agradecía profundamente pues se sentía un paso más cerca de su corazón.

―Isabella, no tienes que…

―Sí, por supuesto que tengo que hacerlo ―comenzó mientras ambos cruzaban el umbral de la residencia y sus pasos los llevaron poco a poco por uno de los pasillos ― Aquella tarde escuché ciertas cosas que me hirieron y que me hicieron pensar.

No ocurrió nada grave, no me malinterpretes, nadie hizo nada contra mí, pero regresé contrariada y dejé que eso afectara a mi forma de hablarte.

Se que solo tratabas de consolarme y yo te aparté de manera abrupta. Lo siento.

―Sentirse triste es normal, pero te pido que, la próxima vez, compartas el peso que tus sentimientos cargan sobre tu corazón para que, juntos, podamos sobrellevarlo.

James abrió la puerta que tenían frente a ellos y entraron prestos en la pequeña sala de música de la familia. No habían reparado en si alguien los miraba. En si alguien los había visto entrar allí solos. No les importaba nada. Salvo la verdad que retumbaba resplandeciente en sus corazones.

―¿Deseas ahora compartir tu pesar conmigo? ―preguntó él con ligera picardía al ver que el malentendido entre ellos se había arreglado.

―James… ¿crees que soy una mujer válida para el matrimonio?

La pregunta le dejó boquiabierto. ¿En qué momento de su vida le había dado a entender a la joven Cavendish que ella no era perfecta para la vida conyugal?

―Puedo decir, sin ápice de duda, que no hay mujer comparable en todo el mundo. Apenas una vida no alcanzaría para conocerte, Isabella.

―James… ―suspiró ella mientras James se colocaba junto a ella―. ¿Acaso crees que serás capaz de soportarme por tanto tiempo, gobernador?

Él no pudo resistirlo y colocó sus labios en la oreja de ella. Eso provocó un estremecimiento en Bella. Cerró los ojos y se dijo que había echado de menos ese calor. Esa provocación. Esa necesidad de tenerlo cerca.

―¿Acaso hay un pretendiente mejor o más apto para hacerlo?

―La temporada social todavía no ha terminado ―declaró ella con picardía, pero sin retirar la mirada de unos ojos que transmitían devoción absoluta más allá del tono de provocación.

―Jamás podría enfadarme contigo, Isabella.

No puedes llegar a comprender lo profundos que son mis sentimientos por ti ―confesó con sinceridad absoluta mientras retiraba varios mechones de su pelo de la cara.

Era un ángel divino ―. Podría esperarte mil vidas, sobrevivir a la más dura de nuestras discusiones y, aun así, nada se compararía con volver a ver tu sonrisa.

―Yo…

―No importa lo que otros dijeran, lo que comenten o lo que susurren en esos salones pues solo nosotros conocemos la verdad acerca de lo que sentimos.

―¿Acaso soy merecedora de un hombre así?

―Si lo deseas puedo volver a ser el hombre arrogante que te conquistó.

―Oh, cállate, James.

Y lo besó. Aunque todavía había dudas en su mente achacables a su valía como mujer y como dama de la alta sociedad, Isabella Cavendish tenía algo claro: no había mentira alguna en los sentimientos de James. Ambos se amaban.

Alivio. Eso es lo que sintió la joven mientras se disponía a prepararse para la siguiente velada de la temporada.

No podía negar que su humor había atravesado varias etapas en los últimos días.

Tristeza, rabia, frustración, dolor, inseguridad…

Pero, ante todo, avergonzada por haber permitido que las especulaciones de unas damas aburridas afectaran a su relación con James.

Ellas no eran conocedoras ni comprendían la profundidad de su relación y les había entregado un poder que la empequeñecía.

Pero allí, sentada en su tocador y vistiendo uno de los mejores vestidos de la temporada recitó su frase favorita: soy Isabella Cavendish y nadie podrá dominarme.

Esa frase le acompañó cada segundo de su viaje en el carruaje junto a su padre hacia la residencia Whitmore.

Estaba deseosa de asistir después de su renovada relación con James.

Él, que esperaba complaciente, la llegada de su amada se quedó sin respiración al admirar a un ángel descender resplandeciente del carruaje.

―Luce realmente hermosa, señorita Cavendish ―declaró el gobernador delante de la joven y del conde sin darse cuenta de que había quedado embaucado con la belleza de la dama. Este detalle no pasó inadvertido por el conde quien parecía más que encantado con la situación.

James ofreció su brazo y juntos entraron juntos.