La irresistible Lady Isabella (Cavendish nº 5) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Trató de mirar a Emerald al mismo tiempo que reprimía su enfado y frustración pues, sin poder compartir con ellas su dicha, todas parecían aplaudir y felicitar la futura unión entre la señorita y el gobernador.

Una pareja que, según comentarios, parecía bendecida por Dios para ser incorruptible.

Pero, lo que más pareció molestar a la joven Cavendish fue la ligera insinuación de que el enlace entre ellos ya parecía apalabrado desde su infancia.

Desafortunadamente, esa terrible sesión de té fue el germen de algo que Isabella Cavendish guardaba con recelo en el fondo de su corazón: sus inseguridades.

Era evidente que ella no poseía ninguna de las cualidades dignas de una dama de la alta sociedad. Durante años se había empeñado en no cultivarlas para evitar ser como sus hermanas. No quería ser la esposa perfecta. La baza elegible por todos. La mujer sumisa y complaciente.

Ella quería brillar por ser diferente y llamar la atención y en esos momentos, la ausencia de habilidades la convertía en una dama menos válida a ojos de todos.

Nunca le había preocupado hasta que, en esa misma sala, ninguna la consideró digna de ser esposa del gobernador.

Pero ¿cómo iba a serlo ella si Emerald parecía hecha para ello?

Ella había viajado, vivido fuera, comprendía las necesidades del gobernador, sus familias compartían años de amistad y, ante todo, ellos tenían cercanía. ¿Cómo superar aquello?

¿Qué podía aportar ella a esa unión? Apenas tenía la paciencia para leer varias páginas sin perder la concentración, no sabía mantener una conversación social sin ponerse en evidencia, no había salido jamás del pueblo y del condado y, por si fuera poco, aunque encontrara gratificante los eventos sociales odiaba sonreír de manera superficial a otros para hacerles sentirse superiores a ella.

Pero, ante todo, un duro golpe impactó en su corazón al reconocer que la estancia del gobernador era algo temporal.

Que siempre lo había sido. Su intención al llegar a la isla era pasar la temporada social, posiblemente encontrar una esposa y retornar a sus obligaciones en Bahamas.

Si el destino ponía en su camino una propuesta de matrimonio ella tendría que dejar atrás su tierra de nacimiento, el hogar en el que había crecido, a la familia que le había criado y apoyado y todo cuanto había conocido. ¿Estaría dispuesta a ello?

El dolor comenzó a crecer dentro de ella y los sentimientos, que luchaban entre sí, la confundían todavía más opacando su ánimo.

Ella sabía que James la amaba profundamente y no podía negarse que se comprendían a la perfección pero en ese instante aceptó dos verdades muy desgarradoras: quizá James no la consideraba la mujer adecuada para acompañarle en la vida que le esperaba en Bahamas y puede que ella tampoco estuviera dispuesta a abandonar la suya para seguirlo.

El trayecto de camino a casa habría resultado demasiado breve si Isabella no hubiera tenido que poner en orden tantos pensamientos y emociones contradictorias.

Aquel evento no encerraba nada que no hubiera presenciado en otras ocasiones: mujeres de la alta sociedad realizando pronósticos sobre futuros enlaces de la temporada social.

Sin embargo, James había protagonizado sus comentarios y su futuro enlace con la señorita Emerald parecía agradar a todas las presentes.

Pero ella no tenía razón alguna para desconfiar de él, James le había dicho que le amaba y Emerald también había declarado que no había interés romántico entre ellos.

No obstante, aunque nada de eso debería preocuparle había generado algo devastador: la idea de que quizá el amor no solucionaba los problemas.

Cuando el carruaje se detuvo en su residencia familiar, Bella descendió con cuidado y sin apenas prestar atención.

Sentía una pesadez en el corazón y en su cuerpo y estaba haciendo acopio de toda su fuerza para no llorar en público.

Quería esperar a la intimidad de su habitación para descargar lo que sentía.

―Su padre se encuentra en su despacho, señorita ―anunció el mayordomo cuando ella entró.

―Gracias. Dígale que he regresado de tomar el té y que me reuniré con él a la hora de cenar.

―De acuerdo. Me gustaría añadir que el gobernador Johnson está con él.

El corazón se detuvo. Antes de partir a esa ridícula velada esa noticia habría resultado maravillosa y excitante. Sin embargo, en esos momentos, su primer impulso fue huir. Y así lo hizo.

―No moleste entonces al conde.

Se dio la vuelta y con rapidez se aproximó a la escalera principal. No había llegado a alcanzar el primer escalón cuando escuchó que la puerta del despacho se abría un poco más adelante.

―Señorita Cavendish ―dijo una voz que habría reconocido hasta en el fin del mundo. Ella trató de fingir que no la había escuchado y subió los siguiente dos peldaños hasta que pudo escuchar el eco de unas fuertes pisadas aproximarse antes de colocarse a su lado.

Su padre permanecía en el interior del despacho y desde allí pudo ver que estaba ligeramente malhumorado ordenando unos papeles, aunque Bella apenas quiso reparar en él. Necesitaba entrar en su habitación antes de llorar.

La expresión de James cambió en el momento en que sus ojos se posaron en los de ella. La sonrisa divertida que tanto caracterizaba la joven se había ido; la bravura de su mirada se había apagado y por alguna razón que no comprendía, James sintió frío.

Ella giró el rostro para evitar su mirada. Necesitaba aclarar sus emociones, ponerles nombre. Evitar pensar en Emerald, en un futuro compromiso, en su propia ineptitud…

―Gobernador ―saludó ella con formalidad, algo que captó de inmediato la atención del caballero. James trató de achacarlo a la necesidad de mantenerlas formas, pero, en el fondo, sabía que había algo más.

―¿Ha ocurrido algo que desee compartir? ―preguntó él con tremenda curiosidad. Había visto antes a la joven enojada, frustrada, emocionada y nervios pero jamás, tan triste como en ese preciso momento.

―No, solo estoy algo cansada, gobernador. Nada que una noche no pueda arreglar.

―No parece cansada, Isabella. Parece triste.

―¿Y desde cuándo se ha convertido en un experto en mis estados de ánimo? ―preguntó ella entre susurros con enojo. ¿Acaso no percibía que necesitaba irse de allí?

―Desde que solo soy capaz de pensar en ti ―respondió él con el corazón abierto.

―No seas tan presuntuoso.

Sabía que él pretendía animarla y darle cariño con sus palabras pero no era el momento ni se sentía receptiva a ellas.

―¿Tiene que ver conmigo? ¿He hecho algo mal?

―No.

La respuesta, tan simple como contundente, desestabilizó al gobernador llegando como un puñal al lugar más débil de su corazón.

No comprendía por qué estaba triste pero era más que evidente que no deseaba compartir sus sentimientos con él.

¿Era por falta de confianza o porque él formaba parte de ello?

Repasó con rapidez sus últimas interacciones tratando de encontrar un resquicio, una posibilidad de haberla herido, pero no daba con nada.

Así que, hizo lo único que su sentido común le decía: dejarla marchar.

―De acuerdo, señorita Cavendish ―dijo tragándose su orgullo y sus ganas de abrazarla. Necesitaba darle espacio así que regresó a ese tono formal propio de sus interacciones públicas y la dejó marchar―. No deseo entretenerla por más tiempo. Suba a descansar y yo regresaré junto a su padre.

―Adiós, gobernador.

―Adiós, Isabella.