Capítulo 15
Bella había llegado a su casa totalmente agotada apenas tres horas después de abandonar a escondidas y sin carabina su casa.
Cuando llegó, nadie pareció advertir que se había marchado, lo cual, le pareció sospechoso cuanto menos.
Pero, su nivel de plenitud no le permitió seguir con esa línea de pensamiento pues conforme desmontaba a Estrella para dejarla en las caballerizas encontró que su zona íntima dolía ahora más que cuando había salido de casa de James.
Sin duda, empeñarse en regresar a caballo no había sido una gran idea, pero era, mucho mejor que hacerlo en la calesa del caballero.
En la intimidad de su habitación, Isabella Cavendish se sentó en la silla frente a su tocador para comprobar el estado en el que se encontraba.
Se miró a sí misma y no pudo sino reírse por la situación.
Se había marchado de su casa con la esperanza de obtener una declaración de compromiso y aunque no la había logrado sí que regresaba con una confesión de amor y sin su virtud.
Ella lo tenía claro y el encuentro entre ambos solo podía ratificar lo que su corazón y su cuerpo le gritaban desde hacía días: amaba al gobernador.
Un amor tan intenso y alocado que le había llevado a presentarse en su casa sin compañía y entregarse a él.
Puede que no tuviera esa petición formal que tanto ansiaba desde que había descubierto la auténtica naturaleza de sus sentimientos pero estaba convencida de que llegaría antes del término de la temporada.
Puede que James fuera un provocador nato, pero, le había demostrado que era un caballero de fiar, noble y atento.
Sus sentimientos eran auténticos. Él también le amaba.
Y sentada en ese tocador comenzó a visualizar una vida que siempre había visto lejana. Matrimonio, residencia propia, hijos… Una estampa casi tan idílica como la ensoñación que recubría su corazón.
Se castigó a sí misma por la ironía de su situación.
Ella había encontrado su caballero ideal en un gobernador que residía a miles de millas de distancia, que poseía un título igual al de su padre y que parecía empeñado en sacarla de quicio.
Desde luego, Isabella pensó que Dios era, cuanto menos, curioso en su ideario de un escenario de perfecto amor.
Ella jamás había pensado que ese hombre al que detestó desde su primera conversación en el puerto hacía más de un año fuera el dueño de su corazón y de cada uno de sus pensamientos. Y si Dios mediaba, sería su esposo.
Y fue precisamente felicidad lo que Bella irradiaba cada día desde entonces. Algo que no pasó inadvertido para su padre, los miembros del servicio y cualquiera de las personas con las que la joven interactuó en los siguientes días al encuentro.
Por supuesto, en los dos siguientes eventos, ella le buscó de manera más abierta y él, también a ella.
Pero no lo suficiente como para llamar la atención de los demás.
Él no quería que su relación no formalizada fuera motivo de habladurías.
Estaba tratando de encontrar el momento preciso para hablar con ella, pero siempre había algo o alguien dispuesto a interponerse.
Sin embargo, sabía que se acercaba el final de la temporada y que el propósito de la joven era encontrar un esposo válido.
No quería que su falta de coraje impulsara a la joven a escoger desposarse con otro caballero.
¿Dónde había quedado la valentía de la que siempre hacía alarde cuando trataba de provocarle?
Sin embargo, una inesperada invitación a tomar el té en casa de lady Ambroise sorprendió a Isabella quien no podía negarse a acudir pues, según la carta, su propia hermana también asistiría.
Aquella tarde, con ocho mujeres como compañeras, un salón recién amueblado y varios conjuntos de té en las mesas, Bella encontró sentido a la apresurada invitación de su anfitriona.
No deseaba organizar una reunión social, solo generar una oportunidad de que el resto de las damas de la sociedad fueran testigos de la inversión realizada en esa habitación de la casa.
―Debo reconocer que siento gran envidia cada vez que le escucho hablar de uno de sus viajes, señorita Emerald ―comentó lady Margaret adulando a la joven que parecía atraer todas las miradas con su atuendo y su magnética personalidad―.
Mi marido considera que desplazarse hasta Bath ya genera demasiados inconvenientes que podrían asemejarse a una aventura por el Amazonas más que a una visita trivial y necesaria a las termas.
Emerald sonrió complacida mientras removía el té. Era evidente que todas esperaban que hablase.
―Confieso que soy afortunada pues gracias a los negocios de mi padre hemos podido viajar por muchos países y conocer otras culturas.
Aunque esas palabras bien podrían esconder prepotencia y orgullo, Bella no pudo odiarla pues la joven lo había dicho con total humildad.
―¿Dónde residieron exactamente?
―En Francia pasamos varios años durante mi infancia, tengo grandes recuerdos de la zona, pero también residimos en Ámsterdam, Berlín, Florencia y un año en Venecia.
Pero nunca permanecíamos en el mismo lugar así que supongo que no siento ese apego tan arraigado por Inglaterra.
Es el lugar en el que nací, pero no me siento hija de ningún territorio por el momento.
―Definitivamente yo no podría, señorita Emerald. Resulta muy valiente.
―Cualquier lugar puede ser un hogar. Todas sabemos que las personas son las que construyen esos pilares.
Bella no sabía qué comentar ante aquello. Su comportamiento infantil habría quedado censurado ante la madurez de las palabras de una joven que tenía su misma edad. Era evidente que la señorita Emerald era una mujer más centrada, formal y cuidadosa que ella. ¿Cómo podría odiarla por ello?
―Puede que tenga razón ―concedió la condesa―, aunque creo que resulta más sencillo afirmarlo cuando una ha nacido dentro de esa forma de vida. Para la mayoría de nosotras, semejantes destinos son impensables.
―Mi madre pensaba igual, señora ―respondió Emerald apaciguando a la señora―. Padre dice que lloró durante todo el trayecto la primera vez que tuvieron que trasladarse a París.
―¿Y terminó acostumbrándose?
―No del todo, sinceramente, pero al menos ahora protesta cada vez que tenemos que desplazarnos a otro lugar.
―Entonces debe ser una cualidad que se adquiere con el tiempo. Yo apenas he abandonado este pueblo. Dudo que pueda poseerla jamás.
―Tampoco ha tenido necesidad ―señaló la condesa―. Hay mujeres que no están en disposición de escoger. Pues todas sabemos que nuestro lugar de residencia dependerá, en gran manera, de nuestros maridos. Lo mismo ocurre con los caballeros cuyas obligaciones permanecen ancladas a lugares.
―Los militares, por ejemplo ―completó la señora Whitmore cuyo hijo menor se encontraba en una campaña militar.
―O el gobernador Johnson ―añadió lady Margaret.
Bella alzó los ojos al escuchar su nombre. Había permanecido en silencio durante toda la conversación ensimismada en sus propios pensamientos.
―Es cierto ― continuó la condesa satisfecha de que alguien hubiera sacado el tema de conversación que todas anhelaban tratar―. Lleva tantas semanas con nosotros que una casi olvida que pronto tendrá que regresar a Bahamas.
Bella lo sintió. Silencioso. Veloz. Doloroso. Esas palabras despertaron algo en ella. Abrieron una herida.
―Y si encuentra esposa en esta comunidad, ella también deberá marcharse ―consideró la señora Whitmore.
―Desde luego, pero no cualquier mujer podría ocupar esa posición, querida amiga. Sería una mujer dispuesta a vivir lejos de su familia, de emprender un viaje en otro país, nueva cultura y tradiciones, acompañarlo en compromisos y adaptarse a una realidad muy diferente.
―Necesitaría una gran capacidad para adaptarse, sin duda ―dijo Emerald triunfante dando un sorbo a su taza de té.
Bella no podía dejar de mirarla. La joven era hermosa, segura de sí misma, tenía porte, inteligencia y habilidad para los encuentros sociales. Parecía una dama muy instruida, correcta y en todos los sentidos, perfecta.
―No creo que sea tan terrible como parece, señoras ―añadió para el deleite de todas― Cada lugar puede resultar emocionante si se sabe disfrutar de él.
―Es bastante curioso pero la señorita Emerald parece encarnar todas las cualidades que el gobernador necesitaría en una esposa. De hecho, conforme hablábamos de la situación del caballero solo podía imaginar a la señorita Emerald a su lado.
―Por supuesto, además, sus familias se conocen desde hace años y el gobernador parece disfrutar de su compañía, querida.
―Nuestros padres eran viejos conocidos y mantenían una estrecha relación de amistad desde antes de nuestros nacimientos. Sin duda, se emocionaron el día que nos hicimos amigos.
¿Amigos? Eso no era extraño, pensó Bella. Él mismo le había reconocido desde la infancia pero que nada más que esa inocencia les unía. Entonces, ¿por qué estaban doliendo tanto aquellas insinuaciones?
―Oh, vamos, señorita Emerald, han coincidido en múltiples eventos esta temporada y eso ha generado conjeturas sobre su posible unión.
―Cualquier afirmación que pueda decirse en los salones son meras especulaciones pero me gustaría decir que el gobernador es un hombre recto y nunca daría esperanzas a una dama de no tener interés en una relación formal.
Él nunca haría una propuesta de matrimonio si no creyera fervientemente en ella.
―Entonces es posible que encuentre una propuesta al finalizar la temporada, señorita Emerald. Sería maravilloso para usted.
Todas las mujeres sonrieron encantadas mientras sus ojos se posaban en la futura señora Johnson.
La perfecta y aventurera esposa del gobernador parecía perfecta para el puesto, algo que se encargaron de recalcar en varias ocasiones más durante toda la velada.
Esta insistencia no pasó inadvertida para Bella Cavendish quien había encontrado demoledor el tema de conversación y, por primera vez en su vida, había sido incapaz de hablar.