Capítulo 14 #2
―Entonces creo que estamos en serio aprieto, señorita Cavendish, porque yo estoy irremediablemente enamorado de usted.
No hicieron falta más palabras pues los labios de ambos encontraron rápido el camino de regreso al otro.
Él la atrajo con fuerza hacia él sosteniendo su cuerpo entre sus brazos y ella, con miedo de perder el equilibro, se agarró a su chaqueta.
Un beso llevó a otro y sin darse cuenta, ambos alimentaban la pasión creciente que había decidido dejarse llevar.
―Llevo media vida esperando este momento, Isabella.
―Llámame así siempre.
Bella se reía mientras su cuerpo caía rendido ante los besos atrevidos de él. Su cuello, su nuca, su pecho. Pronto encontró su objetivo. James parecía interesado en rendir homenaje a la mujer que había tenido el arrojo que él llevaba meses tratando de aunar. Esa mujer se merecía el cielo.
Él quería amarla. Dar el último paso. Afianzar todavía más el amor que ambos habían confesado tener el uno por el otro.
Pero ese gran paso requería de una conversación mucho más profunda pues las implicaciones eran inconmensurables.
Él jamás dejaría marchar a Isabella Cavendish en caso de que aceptara.
Pero fue precisamente la forma tan tentadora y sensual en que ella le acarició la oreja lo que terminó por arrancarle de la zona de seguridad.
Los besos de James se propagaron como un terremoto sin cese por el cuerpo de la joven que, borracha por la satisfacción de ser correspondida, solo quería que él tomara más de ella.
Así que, con cuidado y decisión, comenzó a desabrochar la camisa del caballero.
Necesitaba verle más de cerca. Necesitaba sentirle.
Necesitaba verle. Amarlo. Poseerlo de la misma forma que él había hecho tantas veces.
Un pecho quedó expuesto y como si tuviera dueña, ella reclamó lo que es suyo.
Jugueteó con esos rizos mientras él afianzaba mucho más sus besos.
Esa iniciativa excitó a James demasiado y pronto notó que su entrepierna tenía el mismo plan que sus intenciones.
Ella lo percibió. Ambos se separaron. Se miraron.
Se tentaron. Sus respiraciones jugueteaban.
―Dígame que está segura, Isabella.
―No hay vuelta atrás, James.
La absoluta seguridad de ella rompió cualquier pretexto de decencia para romper ese momento y James, entregado a demostrarle cuánto la amaba, se había propuesto enseñarle el placer que ambos podían alcanzar juntos.
La tomó entre sus brazos sin abandonar sus labios y con fuerza la llevó al otro extremo de la habitación.
Allí la dejó caer y le susurró que subieran con cuidado las escaleras hacia el piso superior.
Las paredes tenían oídos, pero lo que Bella no sabía es que todas las personas que trabajaban para el gobernador habían recibido la orden directa de abandonar la casa si ella llegaba.
Por ello, y con la confianza de quien confían en su gente y el trato económico para los que necesitaban un respaldo, Bella y James se dirigieron a la planta superior de la casa.
Nada más subir ella volvió a elevarse entre los brazos del caballero y le besó con una necesidad que apenas conocía hasta el momento.
Algo le estaba devorando por dentro y necesitaba saciarla.
Los pasos del gobernador le llevaron hasta el dormitorio principal donde, con gran habilidad, dejó a la joven cerca de la cama.
Ella, que era desconocedora de los entresijos del amor carnal, se sentía envalentonada por la naturaleza de sus últimos encuentros y sabía, que ese encuentro tendría un desenlace muy especial para ambos así que poniéndose en pie frente a él comenzó a desatar su vestido hasta que cayó al suelo.
Él, borracho por la belleza de la joven, acompañó sus movimientos como si fuera un espejo.
Dejó caer su chaqueta y la camisa. El único propósito de James era glorificar el cuerpo de su joven amada que ahora lucía en ropa interior frente a él.
Fue ese instante lo que terminó con su última oportunidad para reprimirse.
James era consciente de que seguir adelante tendría serias implicaciones para ambos.
Hasta el momento, sus encuentros, aunque íntimos, no habían comprometido a la joven en ningún momento, pero aquello podía cambiarlo todo.
Él, que había amado a la joven Isabella Cavendish desde hacía meses no podía dejarla escapar.
Pero lo más importante para él es que no había sido él quien le había buscado, ella había venido libremente a confesar sus sentimientos y eso, por encima de todas las cosas, era lo que había anhelado desde que comenzó la temporada.
Bella advirtió que él parecía tener la cabeza en otro lugar y se sintió ligeramente vulnerable.
―¿No le gusta lo que ve, gobernador?
―Es todo cuanto deseo, Isabella. Todo cuanto amo y todo cuanto amaré por siempre.
Con la torpeza propia de los amantes que se conocen por primera vez, ambos terminaron de retirar las escasas prendas que cubrían sus cuerpos para descubrirse el uno frente al otro completamente desnudos.
Él se acercó con lentitud a ella y con besos cálidos y dulces le tomó en sus brazos y la dejó sobre la cama.
Durante lo que pareció una eternidad, ambos comenzaron a explorar sus cuerpos desde la curiosidad, el respeto y el cariño.
Esa experiencia tan terrenal despertó algo en Bella que jamás había conocido: la lujuria.
En el momento en el que los labios de él se dirigieron a saborear el seno que tanto había adorado, ella sintió un cosquilleo renacer en su fuero interno.
Una necesidad que le trastornaba. Una emoción que el impulsaba.
Y se atrevió a tocar. A tocarle a él. Completamente desnudo, deseable y erecto sobre ella.
Justo en ese momento, él avanzó y su miembro se detuvo ante la entrada de ella.
Le miró a los ojos y con total seriedad le preguntó por última vez.
Ella le respondió con pillería y con cuidado, se introdujo dentro de ella.
Bella se contrajo por la resistencia que su cuerpo parecía haber demostrado ante ese avance.
Determinó que no le había dolido, simplemente, había quedado sorprendida así que cuando él dejó caer con vehemencia decenas de besos en sus labios, el cuerpo de la joven se relajó y él pudo notarlo.
El siguiente avance fue diferente, más fácil y con él, los siguientes.
Los cuerpos de ambos comenzaron a danzar y entre gemido y gemido, ella no pudo evitar morder el hombro de su compañero.
Él, que ya había aprendido a amar ese detalle en ella, encontró mayor placer que nunca en que lo hiciera.
Los jadeos de uno envalentonaban al otro a seguir respondiendo y juntos llegaron a un clímax que solo se reserva a los amantes más consagrados.
Derrotado pero exultante, James Johnson se dejó caer al lado de la joven. Ella, bocarriba y algo molesta en su entrepierna, trató de recuperar la respiración. Él giró el rostro para verla.
―¿Cómo te encuentras?
Bella apreció el ligero cambio en su forma de hablar. Los formalismos habían caído y la familiaridad en el trato había vencido con el avance de la intimidad.
―No sabría definirlo.
―Necesito saber que estás bien. ¿Te duele?
―Creo que me dolería menos si me volvieras a besar, James.
Y eso fue suficiente para que, bajo el abrigo de esa habitación principal, los jóvenes amantes volvieran a amarse por segunda vez.