Capítulo 14
Los eventos sociales continuaban y los encuentros clandestinos entre James y Bella también.
Ambos habían compartido cartas, mensajes cómplices, carreras a caballo, encuentros esporádicos en zonas oscuras y decenas de besos que quedarían grabados a fuego en sus corazones.
Sin ninguna duda, la pasión había quedado marcada en algunos de los pasillos, jardines y salas de las casas más importantes del condado.
Y a pesar de toda la censura que eso pudiera acarrear, la pareja no parecía interesada en ella.
Pero algo más que el tiempo y la pasión comenzó a crecer entre ellos. Algo mucho más profundo y significativo. El amor. Una palabra tan rotunda que resultó imposible ser discutida cuando Bella despertó un día deseando que él fuera su compañero de vida.
¿Cuándo había pasado eso exactamente? ¿Cuándo había dejado de verlo un rival a ser un digno esposo?
No quería que fuera un pretendiente. Quería que fuera el pretendiente.
El único e indiscutible. No podía negarlo: estaba totalmente enamorada de James Johnson.
Y al igual que su cuerpo había experimentado una nueva dimensión con él, ahora era su corazón el que también parecía pertenecerle.
Por primera vez en su vida, Isabella ponía en duda su postura sobre el matrimonio.
Durante el último año había renunciado a ocho caballeros y ahora, era ella la que no terminaba de ser escogida por el único hombre que a ella le interesaba.
Dios debía tener un pésimo sentido del humor para dejar que eso ocurriera.
¿Acaso lo que estaba ocurriendo no era suficiente como para solicitar su mano? ¿qué ocurría? Ella había renunciado desde hacía semanas a prestar atención a otros caballeros. Bailaba con ellos para no levantar sospechas, aunque era más que evidente, que solo le interesaba él.
Apenas quedaban unas semanas para el fin de la temporada y ella necesitaba saber si las esperanzas que parecía estar anhelando podrían materializarse o si, por el contrario, ella solo era un divertimento para un gobernador que había decidido llegar a tierra para disfrutar de la temporada social.
Porque, en este segundo caso, ella sabía que se podía encontrar en un serio aprieto.
Había perdido su virtud, puesto en riesgo su reputación y ahuyentado a nobles válidos en las últimas semanas.
¿Qué iba a ser de ella si James no pedía su mano?
Apenas quedaban unos días para el baile en casa de Lady Harcourt y no estaba dispuesta a esperar al mismo para plantear esa pregunta al caballero así que avisó a su doncella de que visitaría el pueblo para recoger unos pedidos, montó a escondidas a Estrella y sin llevar carabina salió al galope hacia casa del gobernador.
Estrella y ella cabalgaban con la efusividad del momento, con la intensidad de la pregunta que bullía nerviosa en los labios de la joven y con la determinación de una mujer que necesitaba una respuesta.
Todavía no podía dar crédito al generoso regalo que James le había hecho.
Estrella. Una yegua tan impetuosa como ella le estaba llevando directamente a un momento crucial en su vida y por ello, disfrutó de los instantes de libertad que le ofrecía pues no sabía si, al llegar a él, su corazón quedaría intacto o destrozado.
Al llegar a los terrenos del gobernador se dirigió a las caballerizas que tan bien parecía conocer Estrella y la desmontó para dejarla dentro de su cubículo instantes después.
Se arregló el vestido que había quedado ligeramente arrugado y se dispuso a entrar en la casa.
La puerta la abrió el mayordomo al que había conocido por anteriores visitas con su padre y, muy sorprendido por la llegada de la joven sin carabina, la hizo pasar hasta una pequeña sala de estar donde el gobernador prefería que las visitas esperasen.
La sorpresa en el rostro de James cruzó su rostro un instante cuando la vio entrar en la sala. Él estaba sentado en un gran escritorio respondiendo a su correspondencia habitual y poniendo algunos asuntos al corriente de la propiedad cuando la joven entró.
―¿Isabella?
Había pronunciado su nombre con demasiada intimidad las últimas semanas y, sin embargo, aquella pregunta le resultó extraña en su boca.
―Gobernador.
―No esperaba verla ―declaró con una sinceridad que a Bella le molestó. ¿Acaso no se alegraba de tenerla allí? Esa pregunta alimentó todavía más los nervios que estaba experimentando. Empezó a mirar a todos lados intentando encontrar una justificación lógica a su presencia allí.
―¿Ha ocurrido algo? ¿su padre se encuentra bien?
―No, no, todos estamos bien. Estaba cabalgando y he pensado que podría acercarme a saludar. Estrella necesitaba ejercicio y hace un día demasiado hermoso como para regresar directamente a casa.
Bella se criticó mentalmente por la más pobre de las excusas. Tenía pensadas más de tres alternativas dependiendo de la pregunta del gobernador y había terminado por decir la menos convincente de todas.
James, lo percibió. La joven estaba tan nerviosa como la noche en que su hermana se puso de parto. No paraba de moverse y su mirada parecía mirar a todas partes menos a él.
James respiró con fuerza y decidió no prolongar más la agonía de la joven. No dejaba de asombrarle como alguien con tanta determinación y fuerza podía deshacerse de una forma tan abrupta por los nervios.
―¿Ha venido sola a mi casa, Isabella?
El tono de James destilaba preocupación y asombro. James no sabía cómo sentirse: contrariado por verla, preocupado por su sola presencia, excitado por su belleza, emocionado por sus nervios… ¡Qué locura era el amor!
―No he podido evitarlo. Necesitaba verle.
Durante el trayecto había ensayado una y otra vez distintas fórmulas, planteamientos, conversaciones ficticias y un sinfín de maneras de plantear lo que deseaba saber.
Consideraba que mencionar las últimas semanas, señalar que la situación entre ambos era prolongada en el tiempo para que James pudiera sacar sus conclusiones liberándola, esperaba, de la presión de tener que llegar hasta el final de su consulta.
Sin embargo, James caminó con paso firme hasta ella y atrapó sus labios en un beso cargado de deseo. Un beso que desmoronó por completo la razón de la joven y que, para su mala suerte, casi le hizo olvidarse del motivo de su visita.
James, que no había parado de pensar en la joven, estaba no solo sorprendido de su llegada sino extasiado por verla acalorada y sin duda, enfadada.
Algo preocupaba a la joven o al menos, le estaba dando vueltas en la cabeza.
Pero apenas había bastado una pregunta para transformar esos nervios en enfado.
En esencia, esa era la fiera indomable que le había seducido.
―No haga eso ―pidió Bella cuando sus labios se separaron tratando de recuperar el aliento.
―Isabella, su presencia aquí es bastante… complicada de explicar. No puede pedirme que evite besarla cuando es lo único en lo que puedo pensar.
―Lo comprendo perfectamente, gobernador. Pero la empresa que me trae aquí merece el riesgo. Si me besa de nuevo no seré capaz de conseguir preguntarle lo que deseo saber.
―Entonces prometo comportarme como un caballero y mantener las distancias hasta que su curiosidad quede saciada, señorita Cavendish ― dijo mientras daba un paso atrás y recolocaba su chaqueta. Carraspeó, se aflojó ligeramente el pañuelo del cuello pues sentía que le asfixiaba, y trató de serenarse.
―James… debo confesar que no sé cuándo ocurrió.
Créame que he intentado averiguar el momento exacto para maldecirlo o alabarlo al mismo tiempo.
Al principio todo era sencillo. Usted me irritaba, yo sabía cómo responderle y parecía encontrar un placer absurdo pero intenso en provocarnos cada vez que coincidíamos en un evento.
Incluso, después de que comenzaran a pasar cosas entre nosotros mi mente trataba de convencerme de que sería algo pasajero.
James no la interrumpió. Se quedó en silencio, observándola, sintiendo cada palabra que la joven le estaba confesando con el gozo en el pecho de saber hacia dónde conducían sus palabras. Se prometió a sí mismo esperar.
―En estos momentos siento compasión por los ochos caballeros que tuvieron la valentía de pararse frente a mí para confesar sus sentimientos pues encuentro que no es una tarea sencilla.
―Isabella, ¿qué…?
―Pero sé que si no confieso aquello que siento aquí dentro ―dijo Bella llevándose una mano al pecho ― no podré ser fiel a mí misma. Siempre me creí inmune a todas estas cosas. Que jamás encontraría nada que me hiciera desear… que yo podría…
Bella guardó silencio. No podía seguir. Su corazón cabalgaba más rápido que Estrella.
Sentía que su cabeza iba a explotar. Jamás había estado tan nerviosa e impaciente.
Estaba tan insegura que podría salir corriendo dejando atrás al caballero que tenía delante con tal de aliviar la presión.
Pero no. No había ido allí a ser una cobarde.
No cuando la verdad podía estar cerca de llegar a ella si tenía el valor de afrontar la situación. Así que respiró y continuó.
―Creo que me he enamorado de usted, James Johnson.
Esas palabras salieron nerviosas de su boca, aunque tan pronto como fueron dichas sintió una liberación absoluta.
Su pecho comenzó a latir más tranquilo y sosegado, la presión dejó de asfixiar su corazón, pero algo diferente creció en ese silencio.
Ante la atenta mirada de un James conmocionado y perplejo se encontró un gran silencio.
Un silencio que resultó incómodo e inconveniente para la reciente confesión de una joven que había tratado de ser valiente.
La sola posibilidad de que él se quedara en silencio le partía el corazón. No quería pensar en ello. Pero los apenas instantes que duró aquel silencio estaban generando incertidumbre en ella.
Ella esperó lo que parecía una eternidad hasta que James dio un paso al frente, tomó sus manos entre las suyas y las acercó a sus labios para poder besarlas.